El fenómeno geocaching: paso a paso de una ruta del tesoro a pie para recorrer Cuenca capital

Cómo jugar a esta actividad gratuita, apta para todas las ciudades que requiere de ingenio, movimiento y disfrutar de la ciudad a partes iguales.

Cuenca es una ciudad aérea, una ciudad con la mirada siempre puesta en el cielo y que tiene el poder de igualar a vecinos y visitantes con esa sensación de sentirse pequeño. Si bien resulta complejo apartar la vista de sus magníficas paredes de roca o de sus edificios suspendidos, la ciudad no deja de reinventarse para seguir desplegando todos sus encantos y obligando a descubrir una nueva ciudad oculta, en la que se requiere de ingenio y buena vista a partes iguales. El fenómeno geocaching ha hecho de Cuenca el escenario de este juego silencioso que no deja huella visible. No hay carteles, ni rutas marcadas, ni explicaciones para el que pasa al lado. Se juega con el móvil, pero obliga a levantar la mirada y convierte Cuenca en una sucesión de pequeños destinos que no salen en los mapas.

Esta aventura, perfecta para mayores y pequeños, funciona a ras de suelo, mezclado con la vida cotidiana, y ha ido repartiendo pequeños escondites por barrios, parques y cuestas de la ciudad. Lo suficiente como para dibujar una ruta alternativa, hecha de desvíos mínimos y miradas distintas que requieren de atención. La dinámica es sencilla, una especie de caza del tesoro a la que puede jugarse solo o acompañado y en la que el premio está en el viaje.

¿Cómo se puede jugar a geocaching?

En el geocahing no hay horarios ni recorridos obligatorios, es cada persona quien decide cuándo y cómo participar. De este modo solo se necesita ropa, calzado cómodo para caminar y un teléfono móvil que, lejos de lo que pueda parecer, únicamente servirá de guía y hará que los exploradores estén más pendientes del entorno que de la pantalla. Para empezar es necesario crear una cuenta en alguna plataforma de geocaching; la más utilizada es Geocaching.com, aunque existen aplicaciones alternativas. El registro es gratuito y permite acceder a los mapas con los escondites disponibles. La aplicación tiene un formato de pago y otro gratis, por lo que recomendamos acceder desde el navegador web para una experiencia más completa sin que ello suponga un gasto extraordinario.

Una vez abierta la página, en el navegador de la propia web es necesario buscar Cuenca. Entonces en el mapa aparecerán los geocachés cercanos, identificados por tipo y dificultad. Por el momento los más habituales en ciudad son los tradicionales, un único punto con un contenedor escondido. Sin embargo existen también otro tipo de geocachés como los misteriosos, en los que el buscador debe resolver primero un enigma, rompecabezas, acertijo o desafío para obtener las coordenadas correctas del contenedor final. También se observan geocachés de recompensa virtual, que proponen un tipo especial de búsqueda sin contenedor físico, donde el objetivo es visitar coordenadas específicas para cumplir una tarea, como tomar una foto o encontrar información en el lugar o los de letterbox, que contienen un libro de registro y un sello de goma que el buscador debe estampar en el libro de registro con su sello personal así como en su propio cuaderno como recuerdo de su visita.

Con el GPS del móvil, el jugador se desplaza hasta el punto indicado. A partir de ahí comienza la parte menos tecnológica, la de observar el entorno, interpretar pistas y buscar sin llamar la atención. Una de las normas básicas del juego es no alterar el espacio, no se debe forzar, romper ni mover nada que no forme parte del escondite porque el objetivo es que el lugar quede igual que antes de la búsqueda. Al localizar el geocaché, se firma un pequeño cuaderno —el logbook— con el nombre o apodo del jugador. Después, se vuelve a esconder exactamente en el mismo lugar. El hallazgo también se registra de forma digital en la aplicación. La parte más curiosa de este juego es que no hay obligación de completar rutas ni de acumular hallazgos. Algunos jugadores buscan uno solo durante un paseo; otros enlazan varios y convierten la ciudad en un recorrido improvisado. El juego se adapta al tiempo y a la curiosidad de cada cual.

Mapa de geocaching en Cuenca. FOTO: Geocaching

Una ruta que se construye caminando

Buena parte de los geocachés de la capital se concentran en el Casco Antiguo, donde la ciudad obliga a bajar el ritmo. Calles estrechas, muros irregulares, desniveles constantes acentúan la necesidad de mirar un poco más allá. El juego avanza de manera irregular, sin seguir una lógica turística clara. No busca necesariamente los iconos más fotografiados, sino esos espacios intermedios que conectan unos con otros un descansillo, una esquina olvidada, un tramo de muralla que apenas se mira, los detalles que invitan a los conquenses a redescubrir su ciudad y a los visitantes a mirarla más allá de la guía turística.

En la zona del Castillo y los barrios altos, la búsqueda se mezcla con las vistas. Aquí el paseo es más físico y la ciudad se abre en capas. Un poco más abajo, cerca del Puente de San Pablo y los caminos que bordean la hoz, el recorrido se vuelve más pausado. El geocaching se confunde con caminar sin prisa, con detenerse donde normalmente solo se pasa. La búsqueda llega también a la zona baja de la ciudad, en el entorno del centro con búsquedas más accesibles, a menudo pensadas para quienes empiezan o para familias. Plazas y calles de paso como el Camino de la Resinera, San Esteban o Doctor Galíndez suman focos de búsqueda.

¿Cuántos geocachés hay y cómo buscarlos?

El número exacto de estos geocachés cambia con el tiempo. Algunos desaparecen, otros se reponen y cada cierto tiempo surge alguno nuevo. En conjunto, en la capital hay varias decenas activos, suficientes como para plantear recorridos distintos sin repetir siempre las mismas zonas. Además no existe una comunidad visible ni reconocible en la calle, si bien los buscadores dejan su reseña en la web. El perfil de quien juega es variado y discreto, desde personas que salen a caminar solas, hasta familias que convierten el paseo en un pequeño reto, pasando por aficionados al senderismo urbano o curiosos que descubren el juego casi por casualidad. Muchos son de Cuenca mientras otros están de paso y se llevan, sin buscarlo, una experiencia distinta de la ciudad.

El geocaching no añade nada al espacio urbano. No coloca señales ni modifica recorridos. No explica la ciudad ni la interpreta. Lo único que hace es desplazar la atención. Obliga a detenerse donde normalmente se acelera el paso, a fijarse en detalles menores, a recorrer calles sin un objetivo evidente.

Es quizá esa capacidad de construir en base a los detalles lo que hace que funcione en Cuenca, una ciudad hecha de capas, de desniveles, de espacios que no se enseñan pero están. Cuando la búsqueda termina y el objeto vuelve a su escondite, no queda rastro. Nadie sabe que allí ha pasado algo. Solo la sensación de haber recorrido una ruta que no figuraba en ningún mapa, pero que durante un rato convirtió la ciudad en algo más cercana y, también, un poco menos obvia.