Revistas literarias en Cuenca: una historia de pasión, precariedad y resistencia cultural (1975‑2010)

Hilario Priego Sánchez-Morate

La historia cultural reciente de Cuenca no puede entenderse sin atender al papel decisivo que han desempeñado sus revistas literarias. Desde la Transición hasta los albores del siglo XXI, estas publicaciones han sido mucho más que simples contenedores de textos: han funcionado como espacios de encuentro, laboratorios de creación, plataformas de visibilidad y, sobre todo, como un termómetro de la vitalidad intelectual de la ciudad. En un territorio sin una industria editorial consolidada, las revistas han permitido que generaciones de escritores conquenses —y otros muchos llegados de fuera— encontraran un cauce para compartir su obra y dialogar con su tiempo.

Ya en la posguerra, Cuenca había conocido una intensa vida literaria articulada en torno a tertulias como la del café Colón, donde coincidieron figuras como Federico Muelas y González‑Ruano. Aquella tradición cristalizó en 1955 en El Molino de Papel, antecedente remoto de las publicaciones que, desde 1975, poblarían el panorama cultural conquense. La efervescencia literaria de aquellos años no parece haber perdido fuerza en la etapa democrática, y de hecho se multiplicaron las iniciativas editoriales, casi siempre nacidas del entusiasmo y la voluntad de grupos locales más que de apoyos institucionales estables.

Carpeta: el entusiasmo como punto de partida

Una de las primeras revistas de la nueva etapa fue Carpeta, nacida en agosto de 1981. Su número 0 se presentaba como un acto de fe: “demasiadas veces los deseos se nos mueren a flor de labios… Carpeta nace hoy para probarse a sí misma que puede hacerlo”. Aquella declaración de intenciones resume bien el espíritu de muchas publicaciones conquenses: ilusión, riesgo y una confianza casi utópica en la respuesta de los lectores.

Carpeta aunó creación, crítica y ensayo, abrió sus páginas a autores locales y foráneos —incluido un poema inédito de Vicente Aleixandre— y mantuvo un diseño cuidado. Pero, como tantas otras, sucumbió a las dificultades económicas y a la irregularidad de su periodicidad. Solo aparecieron cuatro números entre 1981 y 1982, suficientes, sin embargo, para dejar una huella significativa.

Moaxaja: el colectivo como forma de vida

A finales de los setenta surgió Moaxaja, editada por un grupo generacionalmente homogéneo que se reunía cada jueves en el Mesón de las Casas Colgadas. Su carácter colectivo, abierto y participativo la convirtió en un espacio de debate y experimentación. Entre 1979 y 1981 publicó siete números, financiados exclusivamente por la venta directa, sin subvenciones ni suscriptores. Su vida fue breve, pero intensa: un ejemplo perfecto de cómo la precariedad convivía con una enorme energía creativa.

Diálogo de la Lengua: la ambición intelectual

En 1992 apareció Diálogo de la Lengua, quizá la revista conquense de mayor proyección nacional. La sacaron adelante Diego Jesús Jiménez y José Luis Muñoz; nació con una ambición explícita: situar a Cuenca en el mapa literario del país con el mismo prestigio que ya tenía en la pintura o la música. Su comité de honor —Ayala, Caballero Bonald, Hierro, Umbral, García de la Concha— da idea de su alcance.

A lo largo de sus once números, Diálogo de la Lengua combinó creación, crítica y reflexión, acogió antologías de nueva poesía española y mantuvo una línea editorial rigurosa y exigente. Su trayectoria, aunque intermitente, es la más prolongada del periodo estudiado y constituye un referente imprescindible.

Menú: la vanguardia como territorio natural

Si Diálogo de la Lengua representó la solidez intelectual, Menú encarnó la libertad creativa. Fundada en 1986 por Juan Carlos Valera, fue mucho más que una revista: un proyecto estético total. Independiente, experimental y abierta a todas las formas de poesía —visual, sonora, concreta, objetual—, Menú se convirtió en un puente entre Cuenca y las vanguardias europeas.

Por sus páginas pasaron Arrabal, Brossa, Alberti o Antonio Pérez, y gracias a ella se difundió en España la obra de los surrealistas portugueses. Con el tiempo, Menú derivó hacia la edición artesanal de libros‑objeto, convirtiéndose en un auténtico laboratorio de bibliofilia contemporánea.

Papeles del Huécar y otras iniciativas institucionales

A comienzos del siglo XXI surgieron proyectos vinculados a instituciones locales. Papeles del Huécar, dirigida por Raúl Torres y editada por la Asociación Amigos del Huécar, alcanzó veinte números entre 2002 y 2005, convirtiéndose en una de las revistas más estables. Su periodicidad, su atención a la actualidad cultural y su vocación divulgativa la hicieron especialmente cercana al público.

También la Diputación Provincial impulsó Cuadernos del Sargal, que publicó dos números dedicados a Camilo José Cela y Wifredo Lam. Su corta vida ilustra, una vez más, la fragilidad económica de estas iniciativas.

En Tarancón, el Ayuntamiento promovió Hilos de Araña, una revista que aspiraba a ser “una ventana abierta al mundo y desde el mundo”. Solo publicó cuatro entregas, pero supuso un esfuerzo notable en tiempos de crisis.

Un fenómeno cultural de largo aliento

El conjunto de estas revistas —y otras menores o efímeras— dibuja un paisaje cultural sorprendentemente rico para una ciudad de tamaño medio y sin industria editorial. Todas comparten rasgos comunes: entusiasmo, precariedad, irregularidad y una profunda vocación de servicio cultural. Estas revistas vinieron a satisfacer la necesidad que todos los escritores tenían de compartir su pasión por la letra impresa, y esa necesidad ha sido el motor que mantuvo viva la tradición.

Cuenca, ciudad de arte y silencio, ha encontrado en sus revistas literarias un modo de afirmarse como espacio de creación. Aunque muchas de ellas tuvieron vidas breves, su legado permanece: fueron semilleros de autores, plataformas de diálogo y testigos privilegiados de la evolución cultural de la provincia entre 1975 y 2010. Su historia es, en definitiva, la historia de una comunidad que, pese a las dificultades, nunca renunció a la palabra.