In memoriam a Teresa Pérez

Un buen profesor es una brújula moral y un referente tan importante como la familia. En un momento u otro de la vida como estudiante, todo el mundo ha tenido un docente que ha marcado la diferencia. Alguien que ha sabido tender la mano en momentos complicados, alguien que ha sabido escuchar cuando no se sabía con quién hablar, alguien que ha sabido ver el conflicto allá donde otros solo veían rebeldía, alguien que ha abierto su corazón y ha convertido su aula en un hogar.

Teresa Pérez ha hecho eso y mucho más por todos aquellos afortunados que podemos decir haber sido sus alumnos. Teresa era una de esas rara avis que siempre supo ver lo mejor en todos aquellos que llegaban a su vida. Ha sido corazón y vocación a partes iguales y siendo un hogar al que volver mucho después de haber concluido la andadura por el Colegio Sagrada Familia, donde impartía clase.

La historia es, para muchos estudiantes, una asignatura obligatoria por la que no sienten sino desazón e incluso desprecio cuando no se presenta con las herramientas adecuadas. Como estudiante compartí clase con muchos compañeros a los que la historia no les emocionaba, pero Teresa siempre supo cautivar incluso al público más difícil. Su pasión trascendía esa barrera invisible que existe entre quien enseña y quien aprende y conseguía que nombres y fechas formaran una especie de intrincada novela donde, de manera magistral, enseñaba aquello que nos ha convertido en quienes somos como sociedad. Su devoción por sus alumnos despertaba un magnetismo indeleble que no pasaba inadvertido para nadie.

Siempre respetada y admirada, Teresa, con sus lecciones mucho más allá de la historia, deja un hueco enorme para quienes tuvimos la suerte de conocerla más allá del horario lectivo y que, con el tiempo, pudimos construir una amistad con ella. La muerte es, sin embargo, el juez más imparcial que existe, porque abraza a todos por igual. Tras su paso queda el recuerdo, la vida eterna en la memoria de quienes conocieron al difunto. Cuenca es hoy una colección infinita de llamadas, de horas que en este momento nos saben a poco entre los derroteros del temario, de sonrisas cómplices en los pasillos del colegio y de lágrimas que ya no son solo tristeza, sino que han construido un lugar al que volver siempre que la echemos de menos.

No puedo decir que no sienta una profunda tristeza al escribir estas líneas, y me atrevo a decir que ella ya vive para siempre en los brazos de Dios, un lugar al que pertenecía, porque alguien con su sabiduría y su bondad ha sido en parte un ángel.

Partes tranquila, con el amor incondicional de tus alumnos, un título perpetuo que ahora llevaremos con más orgullo si cabe; con el aprecio de todos los que tuvimos la fortuna de cruzarnos en tu camino y con la vida eterna que se concede a quienes no es necesario recordar porque viven para siempre en los corazones de quienes les quisieron.

Hasta siempre, Teresa. Hasta que volvamos a vernos.