José Antonio Silva Herranz
Desde hace ya unos días, se viene desarrollando el programa Actuando en patrimonio, una iniciativa de la Diputación de Cuenca que en los últimos años, según sus impulsores, ha logrado convertir el verano conquense en una cita cultural de referencia llevando espectáculos de primer nivel a escenarios históricos repartidos por la provincia. La fórmula, al parecer, funciona: los conciertos llenan, los artistas responden y el patrimonio se convierte en un atractivo que suma turismo y dinamiza la economía local. Sin embargo, el éxito del programa convive con una preocupación creciente entre muchos ciudadanos: ¿estamos cuidando adecuadamente los lugares donde se celebran las actuaciones?; ¿qué ocurre, sobre todo, en Segóbriga, el yacimiento más relevante de la provincia y escenario principal del ciclo?
El uso cultural contemporáneo de bienes patrimoniales como el teatro de Segóbriga no es aceptado por todo el mundo, aunque parece existir una cierta opinión mayoritaria que lo admite siempre que se respeten estrictamente las condiciones técnicas que garanticen su conservación; en general, se considera positivo mantener la función escénica original de esos espacios, pues refuerza el vínculo social con el monumento, pero se exige que el uso esté estrictamente regulado. En otras palabras: se acepta el uso cultural, pero nunca a costa de la integridad del patrimonio.
Segóbriga es uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de la Meseta, y su teatro romano es una joya patrimonial que atrae cada año a miles de turistas. A la afluencia ordinaria de visitantes se suma en verano la de los asistentes a los espectáculos del programa Actuamos en patrimonio, que en su última edición fueron más de 21.000. Segóbriga acogió la mayoría de los llenos absolutos, con artistas de gran tirón mediático y miles de espectadores en cada cita. En consecuencia, el teatro romano es expuesto a una presión considerable que obliga a preguntarse si está preparado para ello.
La Diputación de Cuenca destaca el impacto positivo del programa: turismo, actividad económica, visibilidad del patrimonio… Pero en la información pública disponible —al menos en la que yo he podido consultar— hay un silencio llamativo: no se mencionan medidas específicas de protección para el yacimiento durante los conciertos. De hecho, no he encontrado ninguna referencia a cuestiones tan importantes como aforo máximo permitido en el teatro romano, estudios de impacto arqueológico, protocolos de conservación preventiva, controles de vibraciones, limitaciones de tránsito por zonas sensibles, criterios para decidir cuántos eventos se celebran al año o medidas técnicas durante el montaje y desmontaje de escenarios, por ejemplo. Puede que todo eso exista, y puede también que los técnicos del parque arqueológico supervisen cada actuación; pero, si es así, o no he sido capaz de encontrar los datos correspondientes o, simplemente, no se comunica nada al respecto. Si se trata de esto último, convendrá recordar que, cuando hablamos de un patrimonio tan excepcional como el de Segóbriga, la transparencia debería formar parte de su protección.
En otros lugares en los que se utilizan teatros romanos para grandes eventos, la información es abundante. En Mérida, por ejemplo, donde se realiza anualmente un prestigioso Festival Internacional de Teatro Clásico que remonta sus orígenes hasta 1933, las medidas de protección y las normas sobre el uso del monumento son bien conocidas y se difunden mediante comunicados oficiales y noticias en los medios de comunicación. Allí los espectáculos se montan cada año mediante un equipamiento técnico temporal diseñado específicamente para respetar el yacimiento; se aplican, además, protocolos arqueológicos estrictos, se supervisan los montajes y desmontajes, se controlan las cargas y vibraciones, y se limita el tipo de espectáculos que pueden celebrarse.
¿Se hace algo parecido en Segóbriga? Si, como me temo, no es así, la experiencia extremeña debería marcar nuestro camino, pues demuestra que existen modelos consolidados de actuación para hacer compatible cultura y conservación. Actuamos en Patrimonio es, seguramente, una iniciativa valiosa: acerca cierto tipo de espectáculos a lugares donde antes no llegaban, puede contribuir a dinamizar zonas deprimidas a las que no se les ofrecen otras posibilidades de desarrollo y pone en valor enclaves históricos que merecen ser conocidos; pero el patrimonio arqueológico es frágil y no se puede reconstruir ni sustituir. Cuando un teatro romano de dos mil años recibe afluencias masivas, como está sucediendo en Segóbriga, es razonable que los ciudadanos queramos saber si se está actuando con la prudencia necesaria.
La preocupación no nace del alarmismo, sino del sentido común. Y las preguntas son muchas: ¿cuál es el aforo máximo seguro del teatro romano de Segóbriga?; ¿qué estudios avalan que los conciertos no afectan a la estructura del yacimiento?; ¿qué medidas se toman para proteger el subsuelo y las gradas durante los eventos?; ¿se controla el tránsito del público por zonas arqueológicas sensibles?; ¿existe un protocolo público de conservación preventiva?; ¿se evalúa el impacto acumulado de varios conciertos al año? Y algo más: ¿por qué no se informa de estas medidas, si es que existen?
Son preguntas razonables, planteadas desde la preocupación ciudadana. La cultura es esencial; el turismo, importante; la dinamización del territorio, necesaria. Pero el patrimonio es delicado e irreemplazable. Segóbriga no puede convertirse en un escenario más ni en un espacio donde el éxito se mida sólo por los llenos que se consiguen. La Diputación debería explicar con claridad qué medidas se toman para proteger el yacimiento, qué límites se aplican y cómo se garantiza que el uso cultural del teatro romano es compatible con su conservación a largo plazo. La transparencia no restaría valor al programa; al contrario: lo fortalecería. Porque la pregunta de fondo es, en realidad, muy simple: ¿queremos que Segóbriga sea un escenario para unos cuantos veranos o un legado para las generaciones futuras?










