Antonio Melero Pita
Reflexión sobre el incivismo y la degradación silenciosa del espacio público
Existe una conocida teoría urbana formulada en 1982 por los criminólogos estadounidenses James Q. Wilson y George L. Kelling llamada “la teoría de las ventanas rotas”.
La idea era aparentemente sencilla: si en un edificio aparece una ventana rota y nadie la repara, pronto terminarán rompiéndose muchas más. No por casualidad, sino porque el deterioro visible transmite un mensaje silencioso pero poderoso: aquí nadie cuida esto, aquí todo vale.
Con el tiempo, aquella teoría terminó aplicándose al urbanismo, al vandalismo y a la convivencia en las ciudades. Una pintada que permanece meses sobre una pared invita a otra. Un banco destrozado que nadie arregla acaba acompañado de más desperfectos. Y una sola lata abandonada en un parque parece legitimar la siguiente.
Quizá por eso resulta imposible no pensar en aquella teoría durante los paseos matinales por el Vivero.
Especialmente estos días de primavera lluviosa, cuando Cuenca luce una belleza extraordinaria. Los árboles rebosan verde, los jardines han recuperado vida, el aire de primera hora aún conserva frescura y caminar bajo la sombra del parque vuelve a convertirse en uno de esos pequeños placeres sencillos que todavía conserva la ciudad.
Muchos hacemos ese paseo con nuestros hijos o con nuestros nietos. Y precisamente por eso duele más encontrarse cada mañana el mismo escenario repetido: bancos rodeados de latas y botellas, bolsas abandonadas, papeles esparcidos, colillas, restos de comida y pintadas absurdas sobre el suelo, las farolas o el mobiliario urbano.

Lo más preocupante no es siquiera la suciedad.
Lo verdaderamente inquietante es la normalidad con la que empezamos a contemplarla.
Porque el incivismo funciona exactamente igual que la ventana rota: se extiende cuando permanece, cuando no genera reproche social y cuando todos acabamos aceptando el deterioro como una parte inevitable del paisaje.
Y no, el problema no es únicamente la falta de limpieza municipal ni el número de papeleras.
El problema es mucho más profundo.
Quien abandona una botella en un parque sabe perfectamente lo que hace. Quien pinta un banco o una farola no está ejerciendo ninguna forma artística de rebeldía; simplemente está degradando algo que pertenece a todos. Y quien deja tras una noche de juerga un espacio convertido en vertedero demuestra una absoluta indiferencia hacia los demás.
Tal vez ahí esté el verdadero deterioro de una sociedad: no cuando aparecen las primeras latas, sino cuando dejamos de sentir vergüenza al verlas.
Hace años existía una cierta presión moral colectiva. Tirar basura al suelo, vandalizar espacios públicos o destrozar mobiliario urbano provocaba rechazo social inmediato. Hoy, demasiadas veces, el resto simplemente baja la mirada y continúa caminando.
Mientras tanto, la naturaleza sigue haciendo su trabajo admirablemente. La primavera embellece Cuenca, reverdece el Vivero y devuelve vida a los paseos.
Somos nosotros quienes muchas veces no estamos a la altura de esa belleza.
Porque una ciudad no se define solo por sus monumentos ni por sus paisajes.
También se define por cómo trata aquello que es de todos.
Y a veces basta observar la primera lata abandonada sobre un banco para comprender que el verdadero problema nunca fue la lata.












