Yolanda Martínez Urbina
Hay santos que se invocan en voz baja, casi a escondidas, como si pedir fuera ya pedir demasiado. Santa Rita de Casia, abogada de lo imposible, escucha desde su nicho el murmullo de las que ya no creen en milagros pero siguen rezando, por si acaso. Dicen que reparte favores a quienes nadie atendería: a los enfermos sin diagnóstico, a las causas perdidas, a las familias rotas, a las hijas que sueñan con un ideal. Yo siempre he pensado que Santa Rita debe estar muy cansada. Y que su despacho —el de las causas imposibles— huele al polvo de los caminos secundarios de Cuenca.
Porque hay pocas causas que parezcan más imposibles, en este país que olvida deprisa, que devolver la vida a un pueblo de menos de cien habitantes.
El mapa que duele
La provincia de Cuenca tiene 238 municipios. Más de setenta no llegan a cien vecinos. Setenta nombres que aparecen en el INE con cifras de un solo o dos dígitos, como si fuesen restos arqueológicos del siglo XX, como si la estadística hubiese decidido ser piadosa y no escribir cero todavía.
Permítanme leerlos en voz alta, porque nombrar es la primera forma de no dejar morir. Arandilla del Arroyo, catorce vecinos —el doble que en 2019, lo que aquí ya es un boletín extraordinario—. Vindel, dieciséis almas en el extremo norte, donde la provincia se asoma a Guadalajara. Olmeda de la Cuesta, dieciséis. Cueva del Hierro, veintisiete. Campillos-Sierra, veintiocho. Monreal del Llano, alrededor de cuarenta y cinco, en plena Mancha Alta del Záncara. Laguna del Marquesado, cincuenta y cuatro vecinos a 1.318 metros de altitud. Y, junto a ellos, Algarra, Arrancacepas, Alcohujate, Bascuñana de San Pedro, Buciegas, Castillo-Albaráñez, Casas de Garcimolina, Fresneda de Altarejos, Fresneda de la Sierra, La Cierva, Mota de Altarejos, Narboneta, Piqueras del Castillo, Portalrubio de Guadamejud, El Pozuelo, Saceda-Trasierra, Salmeroncillos, San Martín de Boniches, Solera de Gabaldón, Torrubia del Castillo, Valdemeca, Valhermoso de la Fuente, Villar del Infantado, Beamud, Lagunaseca, Masegosa, Valsalobre, Garaballa, Fuertescusa, Pajarón, Pajaroncillo…
Podría seguir. Setenta veces podría seguir. Cada nombre es una iglesia con una llave que custodia una vecina, un cementerio al que se va sumando un vecino de siempre, un calendario de fiestas patronales que se celebran un fin de semana al año porque entonces vuelven los hijos del pueblo.
Lo que no se ve en las cifras
Y, sin embargo, hay algo que el INE no sabe contar, y que es donde Santa Rita podría empezar a trabajar.
En Vindel, dieciséis vecinos celebran cada verano la Noche de las Velas: hasta 8.000 velitas colocadas a mano por los vindaleros desde la plaza hasta la iglesia, en frascos de yogur reciclados. Empezaron en 2018 con mil y no han parado de crecer. Lo cuento porque conviene recordar que entre los siglos XVI y XIX Vindel albergó una de las fábricas de vidrio más importantes de la Castilla interior —documentada desde 1555, reflejada en el Catastro de Ensenada de 1752—, y sus arrieros llevaban el vidrio blanco hasta los puertos de Bilbao por la llamada ruta de los vidrieros. De allí salieron incluso maestros vidrieros para la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso. Hoy fabrican luz con cera. No es poca cosa: convertir la oscuridad en oficio, dos veces, en el mismo pueblo.
En Olmeda de la Cuesta, dieciséis vecinos hoy, el ayuntamiento sacó a subasta sus solares desde 600 euros para quien quisiera levantar una casa. Recibieron más de mil cuatrocientas consultas. Lo cuento despacio: mil cuatrocientas personas escribieron preguntando cómo se hace para empezar de nuevo en un pueblo de la Alcarria conquense. Que nadie diga que no hay demanda de raíces; lo que faltan son cauces.
En Cueva del Hierro, veintisiete vecinos custodian una mina con más de dos mil seiscientos años de historia, explotada por celtíberos y romanos y cerrada en los años sesenta, hoy reabierta como museo y experiencia turística. Bajo sus pies, los pasadizos siguen brillando con vetas minerales. La riqueza, a veces, está literalmente debajo.
En Laguna del Marquesado, a 1.318 metros de altitud, cincuenta y cuatro vecinos viven al borde de una reserva natural: un humedal kárstico formado por una barrera travertínica, con flora relicta de regiones eurosiberianas y hábitat del Sparganium natans, una planta en peligro de extinción. Un pueblo entero que es la única dirección postal de una especie. Que se entienda lo que esto significa.
En Campillos-Sierra, veintiocho habitantes son temporalmente cientos cada otoño, cuando llegan los buscadores de níscalos y boletus a la Serranía. Micología, caza, miel, resinas, trufa negra y madera en los pinares que rodean Beamud y Valdemeca. La economía existe; lo que no existe muchas veces es la banda ancha, el médico de cabecera, la escuela abierta o la guardería que permita a una mujer joven plantearse quedarse.
En Buciegas, Saceda-Trasierra, Portalrubio de Guadamejud y otros pueblos del norte conquense, los colmenares de la Alcarria producen una miel amparada por la Denominación de Origen Protegida Miel de la Alcarria —una de las más antiguas y prestigiosas de España—. Romero, espliego, tomillo: la flora aromática de estos páramos margo-yesíferos sostiene una de las pocas industrias que aún convierten al territorio en marca.
Y en Monreal del Llano, apenas cuarenta y cinco vecinos en la Mancha Alta, encontramos algo improbable y precioso: una de las pocas iglesias con ábside románico que sobreviven en la provincia, la de Nuestra Señora de la Asunción, en una villa que perteneció a la Orden de Santiago y que celebra San Benito —patrón del pueblo y de Europa—.
Y en Arandilla del Arroyo —vuelvo a ella porque me obsesiona, lo confieso— catorce vecinos han duplicado en seis años una población que parecía sentencia firme. Catorce. Un aula de primaria.
La causa imposible
Cuando hablamos de despoblación, solemos hacerlo con el lenguaje de la pérdida: vaciamiento, abandono, declive, desertización demográfica. Llevo un tiempo proponiendo que cambiemos la gramática. Que llamemos a estos lugares España disponible, porque eso es lo que son: territorios con casa, con tierra, con agua, con cielo, con memoria, con oficios latentes, con una belleza terca que no se rinde. Disponibles para quien quiera y para quien sepamos —entre todos— hacer posible que pueda.
La causa no es imposible. Es deliberadamente difícil. Es lo que ocurre cuando un país decide, año tras año, presupuesto tras presupuesto, que su mapa cabe en seis ciudades y que el resto es paisaje de fondo. La despoblación no es un fenómeno meteorológico; es una política. Y como toda política, se puede revertir.
Santa Rita, abogada de lo imposible, no obra milagros: organiza la atención. Mira a quien nadie mira. Y a veces eso basta para que algo empiece a moverse. Cada vez que alguien escribe “Olmeda” en un buscador, que un urbanita pregunta cuánto cuesta una casa en Cueva del Hierro, que un apicultor joven planta colmenas en Buciegas, que catorce vecinos de Arandilla suben a quince —Santa Rita firma el expediente, sonríe y vuelve a su nicho.
El propósito de los que escribimos, de los que viven en ellos y de los que se sienten atraídos por lo pequeño, es no dejarla sola en el despacho. Porque la causa de la despoblación no es imposible: solo lleva delante, entre comillas y en minúscula, un “im” que se puede borrar con cariño.
Vecino a vecino, vela a vela, colmena a colmena, solar a solar. Como se han hecho siempre las cosas serias en estos pueblos: sin prisa, sin ruido, y sin pedir permiso.












