Una Fallera Mayor posa vestida con la indumentaria tradicional frente a la catedral de Cuenca. Una imagen que a priori puede parecer una promoción turística es la prueba de que las tradiciones también viajan, se adaptan y se sostienen desde lejos. Sonia Cerdán Muñoz y su hija Abril de la Torre son las protagonistas de esa imagen, madre e hija, ambas vecinas de Cuenca y con el corazón «dividido» entre la provincia conquense y la Cullera natal de Cerdán. Madre e hija compartieron en 2025 la máxima responsabilidad como Fallera Mayor y Fallera Mayor Infantil de la Falla El Canet de Cullera, un cargo que este año la niña vuelve a ocupar al tratarse de una comisión «muy pequeñita», explican. Ambas han ostentado estos cargos viviendo a más de 200 kilómetros de distancia, demostrando que la identidad no siempre depende del lugar en el que se reside, sino del compromiso con lo que se ama.
Una tradición elegida
Aunque Sonia vive en Cuenca nació en Cullera y no tenía una tradición especialmente arraigada a las Fallas. Suele decirse que las pasiones que perduran son aquellas que mantienen su candor con el paso de los años, aquellas que se construyen a fuego lento. Este ha sido el caso de Cerdán, pues fue enamorándose poco a poco de la festividad. El paso definitivo lo dio con la llegada de su primer hijo, «tuve claro que lo quería vestir de fallero», relata, y aunque entonces fue con un traje comprado para aquel primer momento, fue el inicio de algo más. Con la llegada de su hija fue su cuñada quien le propuso vestir a la niña y sacarla en la ofrenda. También en aquel momento Sonia y su familia hicieron los preparativos contrarreloj, como una premonición de ese esfuerzo extra que vendría años después.
Hace cuatro años, cuando sus hijos fueron lo suficientemente mayores para decidir consciente del esfuerzo económico que supone pagar la cuota de la falla, Cerdán se adentró con sus hijos en el corazón de las fiestas «para probar y que vieran si les gustaba», en aquel momento pagaron la cuota infantil, «más asequible que la de adultos». Al acabar las Fallas aquel año sus hijos tuvieron claro que querían repetir y entones fue ella quien pasó a formar parte de la comisión, ya no colaboradora, sino como fallera de pleno derecho. Poco después sería su marido, a quien describe como «un parrillano de pura cepa» quien se integrara en el casal. Sonia detalla que toda la familia, incluido su marido, son ya parte de la familia de El Canet a pesar de que cuando llegaron solo conocían a su familia porque «las Fallas abrazan a quien viene y hacen familia», señala.

Fallera Mayor ‘extranjera’, cumplir con el deber sin importar la distancia
Sonia vive en Cuenca su día a día, pero sus raíces huelen a mar y pólvora sitiadas en Cullera, donde late la tradición familiar. Para cumplir con su papel de Fallera Mayor el pasado 2025, los viajes se convirtieron en rutina entre fines de semana exprés, actos oficiales y ceremonias que no podían faltar. «No es solo ponerse el traje», explica, «es estar, cumplir y representar» pues cada acto requiere concentración, saber estar, cumplir el protocolo y viajar con la maleta llena de ilusión y logística. La organización detrás de cada aparición es constante y exige esfuerzo añadido para quienes como Sonia se encuentran lejos de la Comunidad Valenciana, pero también genera un vínculo profundo con la comunidad fallera.
La familia no solo ha demostrado que el sentimiento fallero no depende de residir en Valencia, pues la familia se siente un poco de todas partes pero han elegido una y otra vez estar presentes en su casal. Aunque Sonia reconoce que al principio había ciertas reservas con que su hija y ella tuvieran tanta responsabilidad, reconoce como han demostrado con su implicación que el amor por la tradición no está condicionado por donde se resida. Además, han hecho de su particularidad una seña de identidad, pues gracias a la creatividad, visión y buen hacer de su fotógrafa Virginia Ruiz, las fotos de falleras mayores de ambas son únicas, con Cuenca como escenario.
Para quienes no están familiarizados con la fiesta, el cargo de Fallera Mayor implica mucho más que posar con el traje tradicional pues es un compromiso que se extiende desde la planificación meses antes hasta los últimos actos de la fiesta; y hacerlo a más de 200 kilómetros de distancia añade un nivel extra de exigencia. Así, los fines de semana se convierten en un calendario casi militar entre trenes, coches, horarios ajustados y maletas llenas de trajes, peinetas y complementos. Cada viaje es una carrera contrarreloj, un ejercicio de logística que combina responsabilidad y pasión. «Es agotador, pero también muy gratificante porque tú eres tu comisión en cada acto», explica Sonia.
El día a día desde lejos incluye madrugones para preparar el atuendo, ensayos de protocolo, reuniones con la comisión y participación en eventos que van desde la ofrenda floral hasta las presentaciones de otras Falleras Mayores en sus respectivos casales. Cada actividad requiere concentración y respeto, y no hay margen para improvisaciones. A pesar del cansancio físico y emocional, Sonia destaca la recompensa que supone sentir que forma parte de una comunidad como esta no tiene precio. Vivir las Fallas desde fuera no es solo un desafío logístico, es un acto de amor por la tradición, de compromiso con la comunidad y de afirmación de identidad. Sonia y su familia demuestran que la distancia no rompe los lazos, sino que los fortalece, y que las Fallas pueden sentirse en cualquier lugar si se las lleva en el corazón.

El coste de mantener la tradición, una familia conquense representando El Canet de Cullera
Ser fallera mayor no es solo vestirse con un traje espectacular y desfilar en actos oficiales; es una inversión de tiempo, dinero y energía que va mucho más allá de lo que se ve desde fuera. Sonia lo sabe bien: entre cuotas de la comisión, indumentaria, viajes de fin de semana y comidas con la familia fallera, los gastos se acumulan. De base, la cuota de adultos para pertenecer a la Falla es de 500 euros anuales según explica Cerdán.
Si uno añade a estas cuentas la inversión que se realiza como Fallera Mayor aumenta sensiblemente. Sonia pasó de tener ese traje que compró a distancia prefabricado para la primera ofrenda con su hija a tener cuatro trajes como Fallera Mayor hechos ex profeso para ella, algo habitual en quienes ostentan este cargo. Además, también tuvo que hacer un acopio de armario tradicional para su hija como Fallera Mayor Infantil, todo ello sin contar los accesorios, peinados y complementos que completan el conjunto. «Tienes un traje con manga, otro con puntilla y tienes que tener un aderezo diferente para cada uno», explica. Así, aunque hay telas económicas, «si vistes con una seda que va al metro y no al corte pues ya se sabe, cuanto más azúcar, más dulce», comenta señalando como los materiales y el modo de confeccionarlos pueden elevar los costes desde telas de liquidación por cien euros el corte, que da para hacer un traje, hasta metros seda que superan los mil euros.
A esto se suman las comidas y cenas que la comisión organiza para los miembros del casal. Eventos para vivir esos días de fiesta en grupo y de los que parte deben hacerse cargo los representantes de la falla. En este sentido, Cerdán señala como en 2025 tuvo que afrontar cuatro comidas, dos como Fallera Mayor, una como Fallera Mayor Infantil por su hija y una última por su hijo, que también fue en este mismo año Presidente Infantil de la falla. La combinación de ambos factores —el coste real de mantener la tradición y la transmisión generacional— muestra que ser fallera mayor no es un lujo superficial, sino un compromiso social y familiar. Cada traje, cada comida y cada viaje se justifica al ver cómo la historia continúa con madre e hija unidas con la misma banda.
El esfuerzo adquiere otra dimensión para Cebrián este año, que acompañará a su hija de nuevo pero no como representante, si no como madre de la Fallera Mayor Infantil. Este cambio de rol de protagonista a acompañante supondrá pasar de ser el centro de miradas y aplausos a guiar y apoyar. Ver a su hija asumir con orgullo el traje, el protocolo y la emoción de los actos hace que cada sacrificio cobre un sentido más profundo. La tradición deja de ser un gasto para convertirse en legado familiar, una herencia cultural que se transmite con tiempo, dedicación y cariño.












