Cuenca, capital mundial del “ya si eso mañana”

Por Antonio Melero Pita

El centro de Cuenca tiene un encanto singular. No me refiero al patrimonio histórico, ni a la luz del Huécar, ni al paseo hacia la Plaza de España. Hablo de algo mucho más original: la colección de edificios perfectamente preparados para hacer nada. Es un museo del abandono contemporáneo, cuidadosamente cultivado durante años de indecisión política, donde nada se estropea del todo, pero tampoco se arregla jamás. Una ciudad en “pausa”, que ya es casi un estilo de vida.

Conviene aclarar, por cierto, que no estamos hablando de joyas arquitectónicas perdidas. El Edificio de Sindicatos, con su estética institucional franquista —sobria, rígida, de líneas severas—, no figura en ningún catálogo de delicadeza. Y el Mercado de Abastos, con su arquitectura urbana funcional, era más práctico que bello. Pero quizá por eso mismo duele más verlos abandonados: no eran monumentos, sino edificios útiles, vivos, perfectamente recuperables… siempre que hubiera voluntad.

Empecemos por el Edificio de Sindicatos, ese gigante que vive en un eterno domingo por la tarde. Desde que quedó vacío en 2023, su mayor actividad ha sido acumular telarañas conceptuales. La subdelegada del Gobierno incluso viajó a Madrid para “ver qué le sugerían” hacer con él, una muestra exquisita de la política de la espera: mucho movimiento para no mover nada. Hubo notas, fotos, libretas abiertas… y después, como siempre, no volvió a saberse nada. El edificio sigue esperando. Quizá a Godot. Quizá a otro gobierno. O quizá a que el silencio administrativo gane un premio a la trayectoria.

Unos pasos más allá encontramos el Mercado de Abastos, auténtica obra maestra de la inmovilidad urbana. No hablamos de meses: hablamos de años de proyectos anunciados sin ejecución. Concursos de ideas, declaraciones solemnes, promesas de inminencia que se repiten legislatura tras legislatura. ¿Obras? Eso sigue perteneciendo al terreno de la ciencia ficción local. Mientras tanto, el edificio se deteriora como quien perfecciona el arte de la quietud absoluta, y su actividad más notable ha sido la entrada ocasional de algún espontáneo que, por unos días, le devolvió más vida que todas las administraciones juntas.

Muy cerca, el ya derribado edificio de la Fundación Sánchez Vera completa el tríptico del inmovilismo. Años en la Lista Roja del patrimonio, advertencias repetidas, ninguna actuación eficaz. Al final, la gravedad hizo el trabajo que la administración no quiso asumir.

Y por si alguien pensaba que este patrón se limita al centro urbano, la historia se repite a mayor escala. El Hospital Virgen de la Luz cerrará definitivamente el próximo 19 de diciembre, dejando sin uso un amplio conjunto de edificios que durante más de seis décadas formaron parte esencial de la vida sanitaria de la ciudad. Ante el inevitable interrogante sobre su futuro, la subdelegada del Gobierno —médico de profesión— ha optado por la prudencia institucional: no precipitarse, no concretar, no anunciar nada todavía. La propiedad de las instalaciones, en manos de la Tesorería General de la Seguridad Social, añade otra capa de complejidad administrativa que, de momento, se traduce en incertidumbre. Otro gran complejo que pasa del servicio activo al limbo decisorio, con todos los riesgos que eso conlleva.

Cuenca parece definirse más por lo que deja sin construir que por lo que levanta. Un arte sutil: mantener una larga etapa de inactividad perfectamente uniforme.

Quizá algún día las obras arranquen de verdad. Quizá vuelvan el ruido, la luz en las ventanas, los edificios con uso y sentido. Sería un pequeño terremoto cívico.

Mientras llega ese día, la ciudad seguirá acumulando espacios vacíos, decisiones aplazadas y promesas sin fecha. Porque en Cuenca, más que gestionar, se ha perfeccionado el arte de esperar. Y mientras se espera, los edificios —y las oportunidades— envejecen.