“No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, pronunció hace casi 2.000 años un centurión romano a Jesucristo. La Cuenca del Lunes Santo ofrece no una, sino un blíster de Siete Palabras de eficaces efectos curativos en su procesión penitencial de la Vera Cruz. Una terapia que en este 2026 ha podido aplicarse con la posología exacta, sin que la distorsionaran interacciones como la lluvia que hace dos años recluyó el desfile al interior del templo o la que obligó a un final apresurado el año pasado. Las temperaturas se contuvieron en los nueve grados y la noche se mostró suave, salvo cuando el viento asomaba intermitentemente con su gélida molestia. Pero el aire ya no era la bestia impetuosa del Domingo de Ramos: domada y embridada, se tuvo que conformar con dar sus últimos coletazos.
Las sacudidas movieron a ratos estandartes, banderas o los faroles de los Arcos del Ayuntamiento, regalando inéditos juegos de luces. No apagaron sin embargo el fuego de los hachones del Santísimo Cristo —otro éxito del del ingenio y la técnica de Armando Martorell, ‘manitas’ de esta y otras cofradías—ni alteraron la serenidad contagiosa de una noche de mutismos y latines enlutados.
La procesión se inició por las naves de la Catedral tras una misa oficiada por el obispo de Cuenca, José María Yanguas, a la sazón pregonero, quien recibió una medalla de la hermandad en conmemoración de sus dos décadas predicando sobre la Primera Palabra entre las pronunciadas por Cristo en la Cruz: “Padres, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Volvió a hacerlo en torno a las 21:35 horas a las puertas del templo, donde el Coro Alonso Lobo cantó el motete Crux Domini creado por su director, Luis Carlos Ortiz, y que se había estrenado en el concierto benéfico organizado por la cofradía. “La víctima ora por sus verdugos”, destacó el mitrado, quien dijo que “esa fue la hora de la redención, del rescate, del gran perdón”. Y también del ejemplo porque “nadie como él ha recibido más crueles agravios y lo ha perdonado todo a todos”. Y a partir de ahí empezaron las interpelaciones, las primeras de muchas que habrían de venir. “¿Podremos entonces nosotros decir que no podemos perdonar? Podemos que es costoso, que el sentimiento se rebela, lo sabemos por experiencia; que el mal que nos han hecho deja huella, lo querramos o no; pero no podemos permitir que ese mal siga vivo manteniendo abierta la herida causada”, manifestó Yanguas. El testimonio del Mesías, advirtió, “no es minusvalorar el mal causado, es simplemente el triunfo del bien sobre el mal” por lo que lanzó su demanda al Cristo de la Vera Cruz: “Ayúdanos a perdonar”.
Las percepciones pueden ser tramposas, pero no lo tozudez de los datos. Como una grabadora registrando los sonidos en la Plaza Mayor: el dibujo de las formas de onda eran una línea casi plana, sin apenas oscilaciones. Un silencio abrumador que solo sufría algunas vías de escape por murmullos de vías paralelas como Pilares o en las bifurcaciones de callejas. Con él cohabitaron simbióticamente la campana y los tambores roncos, esta vez tres -no uno- y tocados por los hermanos Alejandro Pernías, Darío Martínez y Pablo Mosén. Y el gregoriano del Coro Alonso Lobo, traduciendo al latín el misterio para que todos lo entendieran. En ese recto sonograma avanzó entre tímidos golpes de horquilla el agonizante crucificado del siglo XVIII al que movieron con austera elegancia sus banceros. Una rosa roja en su base en recuerdo a la difunta hermana Amparo Muñoz. Y un exorno de cardos, esa flor que únicamente crece en la desolación.
Segunda Palabra
Hasta la iglesia de Esclavas del Santísimo Sacramento ‘Las Blancas’, en la Anteplaza, se deslizó procedente del cercano Seminario Conciliar la retórica teológica, empática, contemporánea y atemporal. Álvaro Rozalén, hermano y seminarista, predicó sobre la Segunda Palabra: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. También él formuló preguntas: “Pregúntate hermano y cada uno de los que nos acompañáis en esta procesión: ¿Me he olvidado de Dios? e incluso ¿culpo a Dios de todos mis males y de los males del mundo?”.
Y no se olvidó de ese sufrimiento que es de siempre pero más que nunca signo de estos tiempos. “Qué pena que por desgracia exista tanta gente inmersa en la depresión, ansiedad, soledad, desesperanza… sumidos en la máxima oscuridad anhelando una pequeña luz que les haga salir del fondo del pozo. Ellos necesitan mirarte a los ojos y fijarse en tu mirada compasiva y tierna que les dice: no tengas miedo, estarás conmigo en el paraíso”, expresó dirigiéndose al Cristo. Mencionó a santos cercanos en el tiempo como Teresa de Calcuta y Carlo Acutis —esos que no están en los áticos de los retablos, sino que conocimos antes en las revistas o en la Wikipedia— para regalar otra de las grandes frases de la velada: “Supieron entender que el secreto de la santidad no está en hacer cosas extraordinarias, sino vivir lo ordinario de manera extraordinaria”. Fue ese eslabón el más débil de la cadena de la ausencia de ruidos, donde más jaleo hubo en las marchas, las ideas y las venidas; pero ni fue la constante ni pareció alcanzar la intensidad de otras veces.
Un Pepito Grillo vigoréxico
Los textos que se iban leyendo no estan pensados para cosechar el aplauso fácil, para regalar oídos o cebar el autoengaño. Eran más bien espejos que devolvían un reflejo incómodo. La procesión penitencial de la Vera Cruz alimenta, dopa y ejercita las conciencias. Un plan de entrenamiento intenso para distinguir el bien y el mal que convierte al Pepito Grillo de cada uno en un vigoréxico con esteroides.
En San Felipe Neri, y otra vez arropado por esos espectadores guadiana que van apareciendo y desapareciendo por el desfile, fue el turno de Juan Minaya. Este cofrade ha logrado una notable popularidad en la plataforma de vídeo TikTok por sus contenidos sobre cultura y fe católicas. Un evangelizador influencer, o viceversa, al que trajo el algoritmo de la Pasión conquense para hablar de la Tercera Palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre”.
“La cruz se convierte en el lugar donde Dios reconstruye lo que el pecado había roto: la comunión. Jesús, suspendido entre el cielo y la tierra, une a María y al discípulo, y en ellos nos une a todos”, exaltó ante una audiencia concentrada y pensativa. “La Iglesia no nace de una idea ni de una estructura, sino de una relación de amor confiada desde la cruz. María es Madre porque Cristo lo quiere así; el discípulo es hijo porque Cristo lo entrega. Todo nace de la voluntad amorosa de Jesús. Y esa voluntad es que nadie viva la fe en soledad, que todo creyente tenga una Madre y que toda maternidad espiritual nazca del sacrificio. Pero esta palabra no es solo para ser entendida, sino para ser acogida”, insistió.
No era la primera ni la última vez que se iba a hablar en ese Lunes Santo de soledades. Las microhomilías exigían, retaban, pero también confortaban. “Jesús no quiso salvarnos desde lejos; quiso salvarnos creando vínculos, tejiendo amor incluso en la hora más oscura”, añadió Minaya mientras que, en las barandillas de El Carmen, una niña de apenas siete u ocho años rogaba a su madre que se quedasen un poco más, que no se conformaba con haber visto solo en un sitio la procesión.
Sus palabras y las del resto de los predicadores llegaron esta vez nítidas y claras gracias a una megafonía eficiente. Ello contribuyó sin duda al clima de atención y recogimiento que no se quebró por más que la presencia de público fuese notable y dentro de ese público abundasen en este primer tramo adolescencia y primera juventud.
Un confesionario sin celosías
En San Andrés se escuchó la primera voz femenina de la jornada, la de la hermana Ana Mª Cueva. Cuarta Palabra: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado” poco antes de las once de la noche. En un tono lírico, su discurso fue un confesionario sin celosías. “Ahora puede que me quede rota para siempre. Te confieso que soy un desastre, algún tipo de error. Quizás simplemente esté llamada a desaparecer sin más. Pero parece que mi única salvación está en Ti”, compartió mientas la estrecha calle contribuía a generar la atmósfera de intimidad. “Puede que hoy no vea la luz, pero sé que estarás conmigo hasta el fin de los tiempos. Padre, que donde vea motivos para abandonar, halle razones para luchar”, concluyó entre la sinceridad y la esperanza.
El pueblo fiel que caminaba tras el cordón de cierre de la hermandad iba aumentando. Quizá porque el cortejo imantaba: atraía la fértil y preparatoria calma que irradiaba. Delante, en el otro extremo, la hermandad estrenaba sus nuevos faroles. Y podía ufanarse de unas filas no excesivas pero sí muy fieles. Tan fieles como los cofrades que recorrieron el itinerario con un bastón o en silla de ruedas. O los niños, cada vez más, que aguantaron con ejemplares rictus y comportamientos. Hubo hasta un penitente cargando una cruz a cuestas.
La Quinta Palabra, la quinta píldora del taumatúrgico blíster, aguardaba en El Salvador: “Tengo sed”. Predicó el hermano mayor Héctor Soria. Breve, conciso, rotundo y elocuente como la escenografía del cortejo que alcanzaba tres décadas. “Dios puso en cada uno de nosotros un ansia de sed dentro de nuestros corazones, una sed de felicidad, sed de vida, sed de amor, sed de existencia plena y eterna”.
En una de tantas paradojas y dualidades tan propias del ser conquense, la noche del Lunes Santo se ha convertido por diversos motivos en una noche también de diversión, donde convergen cenas de hermandades y banceros, lúdicas quedadas de amigos y hasta pseudobotellones itinerantes. Una realidad que no es paralela, como las vías del tren, con la procesión, sino que a veces coincide en tiempo y espacio. Y eso se dejó notar en un público más frecuente y algo distinto en varios puntos clave de la zona final, pero que supo hacer una tregua en sus quehaceres de diversión para respetar y respetarse sin afectar a la manifestación.
En Las Concepcionistas, ya en el territorio extramuros de la Puerta de Valencia, reflexionó Miriam Serrano. Sexta Palabra y todo está consumado. “En nuestra vida diaria, a veces nos sentimos abrumados por lo que no alcanzamos, por lo que dejamos pendiente o por la sensación de que todo es demasiado rápido. Entre el trabajo, las responsabilidades, los compromisos y los desafíos cotidianos, podemos olvidar detenernos y mirar el valor de lo que hacemos. ‘Todo está consumado’ nos recuerda que lo que realmente importa no es la perfección ni la cantidad de logros, sino la intención y el amor con que vivimos cada día”, introdujo. Y continuó con propuestas prácticas: ‘Todo está consumado’ nos invita a mirar la vida con esperanza. Así como Jesús completó su misión, nosotros podemos cumplir la nuestra día a día, en lo sencillo y en lo cotidiano. Puede ser levantarnos temprano para acompañar a alguien, escuchar sin juzgar, dedicar tiempo a quienes amamos o simplemente elegir actuar con bondad en medio de la rutina. Cada acto pequeño pero consciente forma parte de un propósito mayor”, sugirió.
La procesión pasó la frontera de la media noche y se coló hasta el Martes Santo en su caminar por Las Torres y Aguirre hasta San Esteban. Un tramo que siempre cuesta a ambos lados de la acera, pero que se hilvanó con brío en calzada y adoquines. En el templo aguardó con las puertas abiertas y la Cruz Parroquial el último predicador, Antonio Fernández Ferrero, párroco y vicario general de la Diócesis. Séptima Palabra: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.
Y habló de esas bombas que no caen tan lejos. “Es esta una palabra especialmente acogida por los cristianos de siempre, pero particularmente significativa para nosotros, los cristianos de ahora y en estas circunstancias concretas de la historia que nos está tocando vivir. Los cristianos somos herederos del Espíritu de Jesús, que es Espíritu de fortaleza y de confianza. Pero la pregunta se impone, ¿cómo vivir y transmitir hoy ese espíritu de fortaleza y confianza? ¿Qué espíritu podemos entregar nosotros, los cristianos, en estos momentos en que todos nos sentimos inseguros? Por las consecuencias que puede tener la escalada bélica en diversos lugares del mundo. ¿Cómo infundir nosotros los cristianos confianza en nuestro entorno ante la continua siembra de división que nos hace vivir en un continuo unos contra otros? ¿Cómo dar luz ante imposición de ideologías donde la muerte se presenta como la única y más fácil solución a los problemas del ser humano? ¿Cómo contagiar espíritu de vida, de fuerza, de aliento, de ánimo, a un mundo que, mientras no le falte pan y circo, está dispuesto a aguantar todo tipo de atropellos y humillaciones?”, preguntó.
«La respuesta», dijo, «está delante de nosotros, en la Cruz, en el espíritu del Crucificado, ese mismo Espíritu que entregó Jesús al Padre y que también nos lo entregó a nosotros cuando en su día recibimos las aguas bautismales y fuimos hechos hijos de Dios”.
Eran las 0:34 horas. Poquito más de tres horas de procesión habían pasado. Las túnicas se arremangaron por orden del capataz de banceros, Armando Martorell, para salvar las escaleras mientras el Coro Alonso Lobo rezó con su Miserere en arameo. Música políglota como el cartel que oscilaba sobre el madero proclamando que el moribundo era el Rey de los Judíos. Quizá había sido Una de sus Palabras, cualquiera de las Siete. La procesión de la Vera Cruz había bastado para sanar y sanarse de sus heridas recientes.
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