Antonio Melero Pita
He vuelto estos días a pasear por la antigua estación de Cuenca y por los terrenos ferroviarios abandonados que atraviesan el centro de la ciudad. He caminado por un lugar donde crecí, donde paseé durante años con mi perro Peyo antes de ir a trabajar y donde ahora paseo con mi nieto. Durante décadas aquí hubo movimiento, viajeros, ruido de trenes y vida.
Hoy solo quedan vallas, grafitis, suciedad, hierbas creciendo entre las vías y andenes vacíos.
Y lo más preocupante es que empezamos a verlo como algo normal.
Ese es quizá el verdadero drama de Cuenca: nos estamos acostumbrando al deterioro. Estamos empezando a aceptar que vivir entre ruinas urbanas, edificios abandonados y espacios degradados en pleno centro de la ciudad forma parte natural de nuestro paisaje cotidiano.
Porque no debemos olvidar que el cierre del tren convencional fue un auténtico expolio para Cuenca y su provincia. No afectó únicamente a la capital. Supuso aislar pueblos, romper una conexión histórica y debilitar todavía más un territorio ya castigado durante décadas por la despoblación y el abandono institucional.
Muchos seguimos esperando que algún día esa decisión pueda revisarse y corregirse. Pero mientras tanto, lo mínimo exigible es no convertir este enorme espacio ferroviario en otro símbolo permanente de decadencia.
No hablamos de un solar perdido en las afueras. Hablamos de un espacio privilegiado, amplio, abierto y lleno de posibilidades, situado en el mismo corazón de Cuenca. Un lugar que, mínimamente adecentado, podría convertirse ya en un gran espacio ciudadano: paseo, jardines, actividades culturales, zonas para jóvenes, mayores, deporte o convivencia.
Y no haría falta una inversión millonaria. Bastaría limpieza, mantenimiento, iluminación, seguridad y algo de voluntad política.
Luego ya se debatirá qué hacer definitivamente con estos terrenos. Pero mientras tanto, lo que resulta incomprensible es mantener este abandono deliberado durante años.
Porque aquí ya no hay tren. Pero tampoco hay ciudad.
Se nos habló del Plan X Cuenca como una gran oportunidad de futuro. Sin embargo, la realidad visible hoy es otra: una antigua estación magnífica abandonada, talleres cerrados, espacios vacíos y un enorme corredor urbano degradándose lentamente ante la indiferencia institucional.
Y muchos ciudadanos empiezan a sospechar que esta parálisis no es casual. Que quizá no interesa consolidar aquí un verdadero uso ciudadano porque eso dificultaría determinadas operaciones urbanísticas futuras o determinados intereses ligados a la transformación de estos terrenos.
Mientras tanto, Cuenca sigue acumulando espacios muertos: el Mercado de Abastos, el Bosque de Acero, el edificio de Sindicatos, y ahora también el entorno ferroviario.
Todo ello en una ciudad que escucha constantemente discursos sobre modernización, desarrollo y futuro.
Otras ciudades fueron capaces de transformar antiguos espacios ferroviarios o industriales en lugares de convivencia y orgullo ciudadano. Valencia convirtió el viejo cauce del Turia en uno de los grandes espacios urbanos de Europa. Aquí ni siquiera somos capaces de mantener limpia nuestra antigua estación.
Quizá el verdadero problema de Cuenca no sea solo que le quitaron el tren.
Quizá el problema sea que después aceptó convivir con el abandono como si fuera inevitable.
Y una ciudad que acepta el deterioro como paisaje cotidiano acaba deteriorándose también por dentro.
Dentro de apenas un año habrá elecciones municipales. Y quizá haya llegado el momento de que muchos ciudadanos empiecen a preguntarse si quieren seguir premiando la resignación y el abandono o si ha llegado la hora de exigir otra forma de pensar y defender Cuenca.
Porque las ciudades no se apagan de golpe. Se apagan cuando sus habitantes terminan aceptando como normal lo que jamás debería serlo.









