No hacía falta estar bendecido con el don paranormal de la clarividencia, eso que los anglosajones llaman psychic, para adelantar que el de 2026 iba a ser un Martes Santo masivo. No solo porque El Perdón sea sinónimo de procesión populosa por naturaleza, ni por las previsibles ansias tras dos años de suspensiones por la lluvia. Bastaba darse una vuelta por Cuenca en la mañana y observar el trasiego de tulipas, guardar cola en las mercerías por las urgencias del último arreglo o poner la oreja en las barras para cazar unos cuantos “Hoy no fallo”. Asunto distinto y más difícil era calibrar las magnitudes de ese carácter multitudinario, que han alcanzado cifras de récord según los datos facilitados por la Junta de Cofradías (JdC) a partir del reparto de velas de las hermandades. Cojan la calculadora si se les da mal el cálculo mental: 2.600 en Jesús de Medinaceli, con 300 penitentes y doblando filas; unos 1.300 en la Esperanza y 1.400 en San Juan Bautista; 1.100 con Santa María Magdalena y un millar largo en El Bautismo. Unas 7.500 personas que no tenían nada mejor que hacer —y no es una frase hecha, sino una aseveración consciente— que ponerse el hábito nazareno. “Ni después de la pandemia se vivió algo igual”, ponderaban esas mismas fuentes nazarenas.
Todo haz tiene su envés, claro, y semejantes números han influido junto a otros factores en una procesión muy extensa, tanto en longitud sobre el mapa urbano como en duración. Más de una hora y media tardó el cortejo en pasar íntegro por la zona más alta de la calle Alfonso VIII con un ritmo compacto y calmado. Los horarios se retrasaron respecto a las ediciones precedentes. A medianoche, justo cuando la hoja del almanaque pasó de marzo a abril, la cabecera alcanzaba el cruce de Carretería con Sánchez Vera. Más o menos una hora más tarde que en 2023. Sobre las 2:55 de la madrugada se recogían el último paso, el Medinaceli, según la crónica publicada en la web de la JdC. Las filas se resintieron, pero resistieron la nocturnidad. No tanto el público: si en Calderón de la Barca y la Plaza de la Constitución las aceras aguantaron, desde la mitad de Carretería hasta bien entrada la calle Las Torres apenas hubo espectadores contemplando la procesión, lo que contrastó con el antecedente de 2023 y con otros lugares y momentos de aforos desbordados.
Especialmente en las salidas y la Plaza Mayor. “Hay unas fiestas en septiembre en las que montan aquí una verbena y es impresionante cómo se pone de gente. Más que hoy. Bueno, más no, igual, que no entra ni uno más”, le comentaba un conquense que hacía las veces de cicerone a un amigo recién llegado.
Gran parte del retraso se arrastraba desde la salida. Hubo que aguardar por alguna atención sanitaria, pero, sobre todo, costó ajustar el Tetris del gentío y las cofradías en el intrincado itinerario. Jesús de Medinaceli estaba en la calle desde las siete menos cuarto (la hora de salida oficial eran las 19:00) pero el himno de España no sonó para él hasta media hora más tarde, cuando sus banceros se lo pusieron al hombre. La figura de El Bautista estuvo un largo rato detenida en la calle de El Peso. Y el último hermano de la Virgen, que salió sobre las 20:00 horas, abandonaba la citada vía más de 40 minutos después.
Y no se pudo tomar la curva corta en la Plaza de la Hispanidad, la antigua parada de los taxis, con la que se hubiera ganado algo de tiempo. Se descartó la trayectoria porque los toldos de una terraza anclados al suelo eran un obstáculo insalvable, así que tocó tomar la curva larga.
Realidades que no caben en un Excel
Pero, siendo todo esto necesario para entender lo que pasó, sería miope escudriñar el Martes Santo solo con los cronómetros o los ábacos, que no todo es cuestión de números. Hay realidades tan grandes que no caben en un Excel. Y esta edición de El Perdón lo fue, estuvo a la altura para honrar el 75 aniversario de la creación de este desfile.
75 años, sí. Igual que los nietos se sorprenden al encontrar el retrato de una abuela lozana y contentísima, habrá quien dude de que esta cita imprescindible más que consolidada fue en su día una innovación tan intuitiva como incierta. Era 1951: la reconstrucción de la Semana Santa tras la Guerra Civil no era aún tarea terminada, sí muy avanzada. Y los que regían los destinos de la celebración entendieron que debían ir más allá, no solo en los días del calendario. Como acertaron los responsables de aquel empeño: nadie entiende Cuenca sin esta forma de vivir el Martes Santo. Quien más, quien menos, evoca a un abuelo, a un tío, a un amigo o a un mentor vestido con alguno de los hábitos de esta tarde de cromáticas devociones. Quien más, quien menos, saborea en su paladar las proustrianas meriendas del descanso. Y quien más, quien menos, se agarra a las estampas de sus imágenes cuando vienen mal dadas o hay que devolver las alegrías. Aquel feliz invento que se nutrió de devociones endógenas y exógenas, recientes y seculares, es hoy una factoría de consuelos y recuerdos. ¿A quién no le va a gustar perdonar y ser perdonado?
La más andaluza de las Dolorosas castellanas
Por eso, aunque haya quien gesticulara para disimularlo, no hubo que mirar mucho para ver ojos humedecidos cuando La Esperanza salió de San Andrés mientras el Coro de la Catedral canta para ella el Stabat Mater de Kodály, como antes dentro del templo había cantado Ave María de Javier Busto. Después iría acompañada de los pentagramas de la Asociación Musical Moteña y siempre bien protegida por la Policía Nacional. Algún miembro de la escolta cambió uniforme por capuz en el descenso.
La más andaluza de las Dolorosas castellanas, la más meseteña de las Esperanzas que miran al sur. Qué guapa es, qué guapa iba. Rafael Murgui, su vestidor, explicaba que, además de su manto y sayas habituales de salida, llevaba un tocado de tul en blanco. Estrenaba además un broche de San José regalado por un grupo de hermanos por el 75 aniversario de la fundación de la hermandad. Y varias medallas donadas por cofrades y que reflejaban promesas, peticiones, gracias. A lo largo del año viajará al Hospital, a la cárcel y a un asilo, pero hoy los necesitados de su cariño la visitaban a ella.
El exorno floral, concebido por Rafael Díaz Valencia, aglutinaba iris, rosas y orquídeas, entre otras especies. Y su luz, la luz de sus cirios, fue una de las grandes damnificadas de una meteorología janiforme. Del sol y calor iniciales pronto se pasó a una velada fría (5 grados al estrenarse la madrugada) donde el viento reapareció amargando la vida a los portainsignias y a las cereras. Y, sobre todo, complicando la iluminación de las tallas que, como la Esperanza, el Bautismo o la Magdalena dependen del sistema natural.
Estampas con San Juan
Menos problemas en este aspecto tuvo San Juan Bautista. La talla del Precursor no tuvo que lidiar con la excesiva oscuridad en un itinerario que regaló estampas que obligan a ampliar los teras de la memoria, algunas más evidentes y otras más discretas. Como el homenaje que la directiva saliente quiso brindar a la periodista Berta López, directora de Comunicación de la Junta de Cofradías en agradecimiento a su trabajo. En los Arcos, a la llegada a la plaza, se le concedió el honor de llamar con el cetro para que los banceros lo cargaran al hombro.
Y, sí, directiva saliente porque la junta encabezada por Eduardo Nieto como secretario dice adiós. También se marcha Mariano López, presidente ejecutivo de la procesión en su condición de representante, tras más de 30 años en tareas directivas. Dice que la nueva junta encabezada por Raúl Alcaraz y Gonzalo Sánchez Sahuquillo dará un buen impulso a la hermandad con juvenil entusiasmo. Y si lo dice será cierto, porque suele tener razón, como también es verdad que se le echará mucho de menos, porque Mariano es de esas personas que sintetizan todo lo que está bien en la buena gente de la Semana Santa.
Otra estampa saldó la deuda que la lluvia aplazó: el homenaje a las víctimas de la DANA de octubre de 2024 ante el Monumento al Nazareno. La Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías se giró hacia las esculturas e interpretó el emocionante ‘La muerte no es el final’. Y la tercera, aunque hubo más, era reincidente: la Banda de Las Mesas tocando en el tramo final para el Precursor la marcha ‘San Juan’ de Cabañas, justo en ese instante donde reaparecen las miradas y las fuerzas. Y cómo duele cuando estas fallan, como lamentaba junto al Parque del Huécar (mirador privilegiado y solitario del gran hilo de tulipas por las Curvas de la Audiencia) un bancero que había tenido que abandonar por salud. “He llorado como una Magdalena”, confesaba.
Musicales uniones
Ella, la Magdalena, iba radiante con su vestido marrón, procedente de un traje de novia y al que el viento se empeñó en mover. Contaba con una nueva cruz pectoral con broche en plata dorada con perlas y circonitad, donada por un grupo de cofrades. La hermandad del Cristo de la Luz presumió de Discípula con el tono preciso de sus banceros de horquillas mudas. Un año más la Banda de Las Mesas fue su alter ego en la subida: cómo imponía el silencio con ¡Al capataz!. Esencia y sencillez. Silencios sobre silencios de los que saben que ante el amor hecho talla es mejor no decir nada.
Y esa comunión musical se dio en el descenso entre los músicos meseños y la hermandad de El Bautismo, que desplegó una larga lista de estrenos, varios de ellos postergados. Eran los únicos que en los dos últimos años no habían puesto ni un pie en la calle y vaya si aprovecharon. El guion tuvo que ir atado y tumbado gran parte del recorrido por miedo a que lo venciesen los aires, pero sí que se vieron sin problemas los estandartes de estreno que contemplaban la cabecera. Y los bustos de los Evangelistas en los tondos de sus andas y las gualdrapas que enmarcaban su serio caminar. Sonó su motete en San Felipe Neri, fusionándose voces del Coro del Conservatorio y el instrumental e instrumentario de la banda. Trazó las curvas y las rectas mientras sonaba el Gaudeamus contenido en la marcha ‘El hijo amado de Dios’.
También estuvo a la altura musical la Banda de Cuenca-AM Virgen de la Luz, que supo alternar con Jesús de Medinaceli lo bueno de antes (El Prendimiento) y lo bueno de ahora (Jerusalén). Aquí y allá en los autores para el Esclavo cuya melena, fruto de donaciones, ondeó en pequeños vendavales que parecían el hálito divino. 75 años celebraba la esclavitud de su incorporación a la Semana Santa y, aunque prepara para octubre una salida extraordinaria, por lo pronto ya ha cumplido en marzo y un cachito de abril con una extraordinaria salida.
Regaló un corbatín a la Banda de la Junta de Cofradías, que quiso despedirla junto a la Casa de las Rejas (Posada San Julián) antes de un último trayecto ya más cercano al amanecer que al ocaso en el que la de Cuenca le regaló el himno de España otra vez. Rey de Reyes. No perdonó la oportunidad aunque perdonara todo lo demás.
GALERÍA FOTOGRÁFICA













