En Cuenca llamamos bolos a unas piezas de madera que se derriban con una bola en un juego tradicional castellano. En Toledo, desde hace siglos, llaman bolos a los toledanos. Lo que sigue no trata exactamente del deporte. O quizá sí.
Antonio Melero Pita
En Cuenca existe un deporte tradicional que forma parte de nuestra cultura popular: el juego de los bolos castellanos. Todavía hoy se conserva un campo reglamentario en el Recreo Peral donde algunos aficionados mantienen viva una costumbre heredada de generaciones anteriores.
Es un juego sencillo. Hay una bola, hay unos bolos y alguien decide hacia dónde dirigir el lanzamiento.
Cada vez que se aprueba el calendario laboral de Castilla-La Mancha vuelvo a acordarme de los bolos toledanos.
La Junta acaba de confirmar las fiestas autonómicas para 2027 y, una vez más, el Corpus Christi será festivo en toda la región. Una vez más, la principal celebración de Toledo adquiere categoría de símbolo común para las cinco provincias.
Resulta inevitable pensar que, desde hace más de cuarenta años, en Castilla-La Mancha seguimos jugando la misma partida.
Castilla-La Mancha tiene cinco provincias, cinco capitales y decenas de tradiciones centenarias. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir un símbolo festivo común, la imaginación institucional suele detenerse en la Puerta de la Bisagra.
Que nadie me malinterprete. No cuestiono la importancia religiosa del Corpus. Como creyente, la respeto profundamente. Tampoco discuto el valor histórico y patrimonial de una celebración que convierte a Toledo en referencia nacional.
Lo que cuestiono es otra cosa: en teoría vivimos en una comunidad autónoma de cinco provincias. En la práctica, a veces parece una comunidad uniprovincial con cuatro delegaciones territoriales.
¿Por qué una fiesta tan estrechamente vinculada a una ciudad concreta acaba representando a toda la región mientras las demás provincias permanecen siempre en la grada?
Si el criterio para elegir una fiesta autonómica es la importancia histórica, cultural y popular de una celebración local, entonces habría que abrir el abanico. El Corpus de Toledo merece todo el respeto del mundo, exactamente igual que la Feria de Albacete, las Fiestas de la Virgen del Prado de Ciudad Real, las celebraciones de la Virgen de la Antigua en Guadalajara o San Mateo y la Virgen de la Luz en Cuenca. Lo que resulta difícil de entender es por qué una de ellas representa periódicamente a toda la región mientras las demás parecen condenadas a representar únicamente a sus vecinos.
La respuesta parece encontrarse donde casi siempre se encuentran las respuestas en esta comunidad autónoma: en Toledo.
No deja de tener mérito. Castilla-La Mancha nació para integrar cinco provincias y, sin embargo, ha conseguido que muchas veces parezca una prolongación administrativa de la provincia de Toledo con sucursales repartidas por el resto del territorio.
Conviene recordar que la actual comunidad autónoma nació en 1982 como un proyecto político llamado a vertebrar un territorio diverso. Cuenca entró en aquella aventura con la esperanza de ocupar una posición central dentro de la nueva región. Hubo quien imaginó una comunidad policéntrica, capaz de repartir instituciones y oportunidades entre sus provincias. Incluso se llegó a especular con la posibilidad de que Cuenca albergara parte de las nuevas estructuras regionales.
Cuatro décadas después, la realidad es bien distinta. La capitalidad se consolidó en Toledo y, con ella, buena parte del peso político, administrativo y simbólico de la comunidad.
Cuenca no sólo vio cómo las grandes instituciones regionales se instalaban lejos de sus límites provinciales. También asistió, con resignación, a la desaparición o absorción de algunas de las pocas herramientas propias que habían contribuido durante décadas a sostener la economía y la vida social de la provincia.
La antigua Caja de Ahorros de Cuenca, que durante generaciones actuó como uno de los principales motores financieros y sociales del territorio, acabó diluyéndose en procesos de integración que alejaron aún más los centros de decisión de los intereses conquenses. Ni siquiera conservamos ya algunas de las instituciones que habían nacido y crecido en nuestra propia tierra.
Después de más de cuatro décadas de autonomía, muchos conquenses seguimos teniendo la sensación de que Castilla-La Mancha es una región donde el equilibrio territorial se proclama con entusiasmo, pero se practica con bastante menos convicción.
La historia de esta comunidad autónoma está llena de promesas para Cuenca. Algunas llegaron tarde. Otras nunca llegaron. Otras se quedaron directamente en los discursos.
Se nos habló de vertebración territorial mientras desaparecía el tren convencional. Se nos habló de cohesión mientras la despoblación vaciaba pueblos enteros. Se nos habló de igualdad mientras las grandes decisiones, los grandes presupuestos y los grandes símbolos apuntaban siempre hacia el mismo lugar.
Durante todo ese tiempo, los conquenses aprendimos a convivir con cierto aire de condescendencia. Los más veteranos recordarán cómo, cuando se viajaba a Toledo, algunos nos llamaban marmolillos, un apelativo que pretendía retratarnos como provincianos ingenuos llegados desde la periferia.
A los toledanos, por su parte, siempre se les conoció popularmente como bolos.
Puede que ambos nombres no fueran más que motes heredados de viejas rivalidades provinciales. Lo curioso es que, cuarenta años después, unos siguen poniendo las fiestas y otros seguimos celebrándolas.
Los marmolillos seguimos esperando inversiones, infraestructuras y oportunidades, mientras los bolos continúan acumulando capitalidad, administración, influencia y hasta la capacidad de convertir sus fiestas locales en fiestas regionales. Puede que todo sea una simple coincidencia. Puede que la fiesta autonómica vuelva a coincidir con la gran fiesta de Toledo por pura casualidad.
Puede que también sea casualidad que los principales símbolos regionales continúen apuntando en la misma dirección y que muchos conquenses sigan sintiéndose espectadores de una partida en la que rara vez se les permite lanzar.
Cada lector extraerá sus propias conclusiones. Lo que resulta indiscutible es que en el juego de los bolos castellanos todos los jugadores lanzan por turno. En Castilla-La Mancha, por el contrario, algunos llevamos décadas haciendo de bolo mientras otros llevan décadas tirando la bola.
CODA:
Y ya que hablamos de bolos, de provincias y de viejas partidas, permítaseme terminar con una coplilla castellana:
Si Castilla la Nueva
con Madrid siguiera,
otro gallo cantaría
a Cuenca y a España entera.
Y la vieja Castilla,
sin tanta división,
sería más fuerte unida
que partida en dos.













