No todos los días un Premio Príncipe de Asturias de las Letras visita Cuenca. Leonardo Padura (La Habana, Cuba, 1955), que recibió el galardón en 2015, lo hará el próximo martes, 4 de noviembre, para participar a partir de las seis de la tarde en un encuentro con sus lectores en la sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) organizado por el club de novela negra Las Casas Ahorcadas. Unos días antes de esa cita, contesta desde su isla natal en una colección de audios las preguntas planteadas en un cuestionario escrito por este periódico. Lo hace sin prisas: preciso en sus palabras, tan directo, reflexivo y con medidas dosis de humor y melancolía.
«Decir que la novela policíaca es un género menor es algo que creo que ya casi nadie se atreve a hacer»
A Cuenca le trae un club de novela negra, un género cada vez más popular, aunque en ciertos sectores culturales sigue tachándose como mero entretenimiento o puro producto comercial. ¿Es o puede ser la novela negra o policíaca alta cultura?
Decir que la novela policíaca es un género menor es algo que creo que ya casi nadie se atreve a hacer hoy. La producción literaria de los últimos 50 o 60 años ha demostrado que incluso las más reacias academias y los circuitos literarios más elitistas han aceptado que la literatura policial es parte del mainstream de la cultura contemporánea. Una serie de autores de muchos diversos orígenes culturales, incluido el iberoamericano, como el brasileño Rubén Fonseca, han demostrado que sí que es alta cultura, que es alta literatura.
Es una discusión que no tiene sentido tener. Es cierto que hay una literatura barata y banal bajo el sello de novela policial, pero bajo los otros sellos posibles de literatura hay también banalidad y superficial. Mucha, porque estamos viviendo también un proceso de alta comercialización de la literatura y eso se observa por ejemplo en determinados premios literarios que preferencian lo comercial a lo verdaderamente cultural. Se proponen sobre todo vender por encima de una verdadera raigambre o de un sentido estético profundo.
¿Por qué al ser humano le fascinan tanto el crimen y el misterio?
A las personas les gusta el riesgo, les gusta el peligro, les gusta el misterio, les gusta lo extremo. Y muchas veces la literatura policial toca algunos de estas categorías de la realidad. Hay un lado un poco perverso en la condición humana en este sentido. No quiere decir esto que la gente lea para aprender a matar o para aprender a ser violento, sino porque también esto es un elemento que funciona con códigos muy humanos, que de alguna forma esta literatura refleja en sus contenidos.
«El escritor no tiene que correr detrás de la realidad, el periodista sí»
Antes que novelista fue periodista y el periodismo está muy presente en varias de sus novelas… ¿Qué diferencia a un periodista de un escritor?, ¿qué les asemeja?
El periodista trabaja para los periódicos, para los medios, y el novelista trabaja para los libros. Y eso implica, por supuesto, dos maneras diferentes de entender la realidad. En un caso se trata de reflejar una realidad lo más objetiva posible, opinar sobre esta realidad objetiva. Y, en la novela, se trata de una mirada subjetiva con respecto a la realidad. Cuanto haya de verosímil en una novela es lo más importante, no lo que haya de realidad en una novela. Los códigos son diferentes.
Sí que hay un elemento que los une y es la necesidad de cuidar el estilo, de cuidar las palabras, de cuidar las expresiones y de crear atmósferas. En una buena crónica periodística hay que crear una atmósfera, igual que es necesario, importantísimo, crearla en una novela. Las dos labores pueden ser concomitantes y pueden ser practicadas a la vez.
Yo lo he hecho. Fui periodista durante 15 años en revistas culturales y en periódicos vespertinos y, aunque desde 1995 me dedico fundamentalmente a la escritura literaria, no he dejado de hacer periodismo. Estuve muy vinculado con la agencia de prensa Interpress Service y he sido colaborador de otros muchos medios, Folha de São Paulo, de Brasil, por ejemplo, y ahora más recientemente del periódico El País, donde escribo una tribuna mensual en el espacio que durante tantos años ocupó el maestro Mario Vargas Llosa.
El periodismo me sirve para evacuar dudas, percepciones e interrogantes que van surgiendo de una manera muy inmediata en la realidad. No siempre uno puede esperar dos o tres años a que esa realidad se consolide para poder convertirla en literatura. El escritor no tiene que correr detrás de la realidad, el periodista sí.
¿Hasta qué punto está legitimado un escritor para fabular o ficcionar los hechos reales e históricos?
La novela es el género de la libertad y creo que eso implica también la relación del escritor con los acontecimientos históricos y los hechos reales que los rodean. Pienso que tiene toda la facultad para poder trabajar con ellos, manipularlos, estilizarlos, incluso a veces hasta transformarlos.
En mi caso yo trato de respetar mucho la esencia de los procesos sociales e históricos sobre los que escribo. No me interesa alterarlo porque lo que hay que buscar es la manera de convertirlos en una trama que se desarrolle con códigos dramáticos, que son los que necesita la novela. La realidad no siempre tiene ese sentido dramático y en la novela uno tiene que dárselo: esa es una forma de manipular la realidad: seleccionándola, escogiéndola, estilizándola para que funcione con los códigos de la novela. Pero, repito, hay toda la pertinencia para poder apropiarse de todo lo que ha ocurrido a través de la historia.
«Ha sido muy lamentable el caso de algunos grandes escritores que han seguido publicando cuando ya prácticamente no tenían nada nuevo que aportar»
¿Para quién y para qué escribe Leonardo Padura?
Escribo fundamentalmente para ser leído y pretendo ser leído por lectores muy diversos, no solamente para un lector comprometido con mi realidad como es el lector cubano, o un lector cercano a mi realidad, como puede ser uno de cualquier país de Iberoamérica, sino que trato de abrir el diapasón a ser leído por cualquiera.
Y lo hago por necesidad. Creo que he adquirido una responsabilidad civil al tener la posibilidad de usar la palabra y de divulgar esa palabra. Y, entonces, trato de tener una conciencia crítica con respecto a mi realidad, a mi momento, a mi tiempo. Por eso mis novelas tienen ese carácter de una especie de crónica social de lo que ha sido la vida cubana contemporánea y, a la vez, tienen un fuerte carácter existencial en el que reviso las condiciones del ser humano a través de mis personajes.
¿Y hasta cuándo?
Creo que seguiré escribiendo mientras pueda. La vejez es una condición de la cual debemos cuidarnos mucho porque el envejecimiento no es solamente físico, también puede ser mental. A diferencia de los deportistas, los escritores podemos no tener las mejores condiciones físicas si nos acompañan las mentales. Pero también debemos tener en cuenta que la vejez mental existe y ha sido muy lamentable el caso de algunos escritores -y lo hemos visto en grandes escritores contemporáneos- que han seguido escribiendo y publicando cuando ya prácticamente no tenían nada nuevo que aportar. Sus últimas obras son muy deficientes con respecto a las anteriores.
«Los exilios son muy dramáticos y los insilios muy dolorosos»
Es un escritor crítico con el régimen y la realidad cubana y sus libros son silenciados, pero que sin embargo no renuncia a vivir en La Habana. ¿Es el suyo un exilio interior? ¿Son peores los exilios internos que los externos?
Ha habido una especie de proceso de invisibilización en Cuba de mi trabajo, que implica, por ejemplo, que mis últimas cuatro novelas no se hayan publicado en el país. Me dicen que por falta de papel, creo que también por falta de voluntad, aunque algunas de ellas las hemos podido publicar en ediciones alternativas de muy pocos ejemplares fuera del ámbito institucional.
Pero eso no quiere decir que yo viva en un insilio en Cuba. Yo tengo una vida creo que normal. Sin la promoción cultural e intelectual que pudiera tener, pero hago mi vida normal. Cuba es mi territorio y el lugar en el que la realidad me alimenta como escritor. El sitio donde oír hablar a las personas es muy importante para mí, no solo por lo que dicen, sino también por cómo lo dicen. Yo trabajo y escribo en ese idioma habanero que escucho.
No sé si es mejor o peor un insilio o un exilio, la verdad. El exilio lo conozco por experiencias que he visto en otras personas, no porque lo haya vivido. Pienso que siempre los exilios son muy dramáticos y los insilios son muy dolorosos; de eso sí estoy completamente seguro.
¿Hay esperanza para Cuba o, al menos, para los cubanos?
La esperanza es uno de los bienes que más escasean hoy en Cuba. Estamos viviendo una crisis muy violenta en muchos sectores, no solamente de carácter económico, sino en muchos sectores de la vida de un país. Y eso se manifiesta también en esa falta de esperanzas con respecto a un futuro más o menos inmediato, pero creo que algo va a ocurrir en algún momento. ¿Cuándo, cómo y cuáles van a ser sus características? No lo sé, porque no pretendo ser profeta, y mucho menos el profeta en mi tierra, pero creo que algo cambiará en algún momento porque hemos llegado a una situación muy lamentable. Aunque, a veces cuando pensamos que hemos llegado al fondo, descubrimos que todavía se puede bajar mucho más.
«Cada novela es la mejor que fui capaz de escribir cuando la escribí»
¿Sería igual su personaje por excelencia, el detective Mario Conde, si tuviera que definirlo y trazarlo hoy?
Por supuesto que sería diferente porque yo soy diferente, mi visión de la realidad es diferente y el mundo también. Pudiera hacer un ejercicio de retrospectiva y ubicar este personaje en el año 1989 con las características que tenía, pero si lo ubico en un presente, ese presente haría que ese personaje fuera distinto.
Sería muy difícil para mí volver a ser el escritor que era cuando tenía 35 años. Cuando pasa el tiempo, el escritor va siendo diferente, no solo porque ha escrito novelas, sino porque el tiempo también ha pasado y su percepción del mundo debe haber evolucionado. No quiere decir que cambie por completo, pero sí que ha evolucionado.
¿Qué obra recomienda para iniciarse en su obra? ¿Y cuál es su mejor libro hasta la fecha?
Escoger una obra para iniciarse en la lectura de mi trabajo y definir cuál es la mejor sería un disparate por mi parte. Debe ser alguien que esté fuera de mí mismo el que tenga la capacidad de hacerlo.
Tal vez una manera de entrar en el mundo de Mario Conde es hacerlo cronológicamente: empezar por la novela Pasado Perfecto en la que aparece este personaje, que después va repitiendo en nueve novelas que van transcurriendo a medida que pasa el tiempo para él y para la realidad cubana.
Y, entre las novelas en las que no aparece el personaje de Mario Conde, hay varias que creo que son muy importantes. La novela de mi vida es una novela esencial en mi trabajo, igual que lo son El hombre que amaba a los perros y Como polvo en el viento. Y también la más reciente, Morir en la arena. Cada una de esas novelas es, por supuesto, la mejor novela que fui capaz de escribir cuando la escribí. Si no es mejor, es por falta de talento, pero no por falta de esfuerzo.
Varios de sus compatriotas -como Alejo Carpentier, Wifredo Lam y Chacón y Calvo-quedaron fascinados por Cuenca. ¿Qué conoce de nuestra ciudad y de la literatura que ha inspirado?
Esta última pregunta te la voy a responder después de que salga de Cuenca… (Ríe).













