‘La Palma al Viento’, la marcha que escribieron Sergio J. Mateo y José Mencías para San Juan Evangelista, volvió a escucharse este Domingo de Ramos por Carretería y esta vez no fue solo una melódica y evocadora oración: su título se convirtió en el resumen, involuntariamente irónico, de una procesión del Hosanna a la que las rachas apenas concedieron tregua. Tocó luchar contra los elementos, sobre todo contra uno, pero el cortejo inaugural de la Semana Santa de Cuenca demostró su temple creciéndose ante unas dificultades que no menoscabaron la compostura, solemnidad y belleza de una mañana en la que, pese a todo, siguió siendo primavera.
El bipartito de relojes y termómetros se hizo notar, pero sin mermar demasiado la presencia de público en la salida desde San Andrés. Ni la desabrida situación meteorológica —con una sensación térmica que aplicaciones como El Tiempo de Apple cifraron en tres grados negativos— ni el cambio de hora bastaron para disuadir a los más precoces espectadores.
Cayó incluso una pelusa en forma de timidísima aguanieve —cuya procedencia generó especulaciones ante un cielo azul y limpio— antes de que el hermano mayor de ‘Jesús Entrando en Jerusalén y la Virgen de la Esperanza’ y concejal Juan Manuel Martínez Melero diese los tres aldabonazos a las puertas de la desacralizada iglesia. Abrieron ipso facto recién pasadas las 9:30 horas —de hoy, no de ayer— para que todo recomenzara.
Para recibir el paso de La Borriquilla, los tambores de la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías (JdC) atronaron el angosto auditorio urbano de la calle del Peso, que esparció por media ciudad sus ecos. 20 años abriendo procesión cumple la agrupación, que para recordarlo llevaba un estandarte conmemorativo portado por uno de sus miembros ataviado con el uniforme rojo de los tiempos fundacionales.
Burócratas de Bruselas vs Banceros y músicos de Cuenca
La AM Virgen de la Luz-Banda de Música de Cuenca, pegada este año al templo, interpretó a la salida de Nuestra Señora de la Esperanza la marcha ‘Siempre La Esperanza’, compuesta por JJ Espinosa de los Monteros para otra imagen de la misma advocación, la de Triana. Los confines de la Tierra de María Santísima no se trazan ni en el sevillano puente de Isabel II ni en Despeñaperros, tampoco en Cabrejas o La Tórdiga.
Los burócratas de Bruselas que legislan sobre los husos horarios son meros aficionados en eso de manipular el tiempo si se les compara con los músicos de la banda conquense y los banceros de este Domingo. Sonó, emergiendo de un silencio ácrono, el solo de saxofón, las tallas se mecieron y se quebraron todos los minuteros y segunderos por los siglos de los siglos. No había pasado ni un cuarto de hora de la Semana Santa de 2026 y ya había regalado uno de esos momentos que se cuentan a los nietos.
“En la arena / he dejado mi barca./Junto a ti/buscaré otro mar”. Con ‘Pescador de Hombres’ cruzó el río Huécar la Banda de la JdC tras un descenso ágil por Solera, El Salvador, San Vicente y Alonso de Ojeda. Otra música litúrgica y devocional aguardaba a la procesión en la Puerta de Valencia. En la puerta de su convento, las Monjas Concepcionistas, cantaron ‘Madre de la Esperanza’ de Lucian Deiss y ‘Shalom’ de Barber.
Recibieron como recompensa el cariño renovado de la cofradía y un regalo floral que esperaba en las andas de la Virgen. La talla mariana estrenó este 29 de marzo una saya diseñada por su vestidor, Eduardo Ladrón de Guevara, y ejecutada por el Taller de Bordados Joaquín Salcedo. Elaborada en tisú de plata rosa, la prenda parte de una capa pluvial enriquecida con nuevos elementos. Su iconografía, presidida por un pelícano, remite a un motivo reiterado en el arte sacro conquense —de la Catedral a la Capilla del Jesús de El Salvador, pasando por el callejón de la calle Madre de Dios—: el ave que se hiere para alimentar a sus crías, imagen eucarística de Cristo, que entrega su sangre en la Pasión.
El exorno floral lo firmaba “Pasión y Arte Floral Martorell Celada’. Concebido con una nueva distribución de los jarrones más alta y cilíndrica para que estos se viesen mejor, se basaba en el blanco y estaba configurado por paniculata, claveles, alstroemeria, alhelíes, palma y olivo. El de Jesús, de la misma autoría y en rojo, llevaba paniculata, alstroemeria y clavel con palmito.
Adornos vegetales que, salvo alguna excepción, resistieron razonablemente bien los embates de un viento omnipresente en casi todo el itinerario. Antes de la reforma del Concilio Vaticano II, el Domingo de Ramos era conocido como el Domingo de Pasión y esa antigua denominación resultó pintiparada para los participantes que sufrieron las consecuencias del fenómeno atmosférico. Que se lo digan a los portadores de los estandartes, especialmente del guion: hubo que buscar nuevas colocaciones y refuerzos en un anticipado Vía Crucis que exigió esfuerzos propios de un disciplinante del siglo XVI. A pesar de eso la presencia en las filas apenas se resintió, con mucho niño incluso. Las túnicas se pegaron más que nunca a los cuerpos y menudo servicio dieron en esta ocasión los verdugos, bien amortizados.
Inclemencias y ramas que se movían solas
Tampoco se libraron de las inclemencias autoridades y músicos. Los de la banda de trompetas y tambores, de vez en cuando debían sostener sus gorras (hubo una que voló en la Plaza Mayor) o alguna de las palmas de los hermanos, fracturadas violentamente.
Ese tiempo dejó una Carretería llena de abrigos tapando los livianos estrenos primaverales —si es que no se habían quedado en los armarios— con una incorporación del pueblo fiel en San Esteban reducida a menos de una decena de personas.
Los espectadores se agruparon buscando el sol en Calderón de la Barca dejando vacías las áreas en sombra, toda una metáfora casi evangélica, mientras que el inicio de Palafox tuvo más gente incluso que en ediciones anteriores por los que bajaban desde las Curvas de la Audiencia buscando una templanza y un refugio esquivos. Allí, en esa vía, sonó en homenaje a una hermana ‘Mi Amargura’ de Víctor M. Ferrer.
Pero, a pesar de todo, los banceros de uno y otro paso hicieron buen uso de las nuevas horquillas donadas y elaboradas por la familia Redondo (oro para Jesús, plata para María) y trazaron el ascenso con la misma maestría con la que sonó para el trance Costalero. Qué juego de planos y de volúmenes, qué manera de aprovechar la topografía. Este año la imagen mariana sumaba experimentalmente dos banceros (hasta los 32), una cantidad que ya probó en la procesión Magna de Las Angustias de octubre.
Al inicio de la cuesta la Policía Local intervino porque el repostero colocado en el convento de las Esclavas Carmelitas de la Sagrada Familia se había desprendido parcialmente. Casi al paso de la procesión pudo ser retirado. También en las inmediaciones hubo que quitar coyunturalmente por el movimiento huracanado las gualdrapas traseras de la Virgen, flamantes y diseñadas también por Ladrón de Guevara. Y poco más arriba, el alcalde, Darío Dolz, se retiraba fugazmente de la presidencia civil de la procesión para asomarse a ver las labores de retirada de las placas del templete del Parque del Huécar que en ese mismo momento ejecutaban los Bomberos Municipales. Al paso por el Puente de la Trinidad del cortejo también había un rastro de ramas caídas.
Tanto contratiempo acabó afectando al ritmo de la procesión, que llegó a la iglesia de San Felipe Neri algo más tarde de lo previsto y de lo acostumbrado, sobre las 12:44 horas. Allí, el obispo de Cuenca, José María Yanguas, bendijo ramas y olivos, que esta vez nadie tuvo que esforzarse en agitar —el esfuerzo era sostener—porque ya lo agitaba por él un viento que también zarandeaba la hiedra y los reposteros igual que las palabras del prelado zarandearon las conciencias en su pregón del Viernes de Dolores. El Evangelio lo leyó el consiliario de la corporación y cartelista, Pedro José Ruiz Soria, quien llevaba también soportando el frío desde el comienzo.
El sol lo intentó, pero solo consiguió subir algún grado y dejar sus caricias en los intervalos de remanso, que fueron pocos y breves. La Banda de Cuenca se colocó desde la bendición entre ambos pasos y en ese punto también se incorporó casi al completo la Corporación Municipal (hubo presencia de todos los grupos menos de Cuenca en Marcha). El obispo, que portaba la palma regalada por la hermandad de San Juan Evangelista, también se unió junto al canónigo Declan Huerta y a nuevo deán de la Catedral, Gonzalo Marín. Los que ya estaban desde el inicio eran, además de Dolz, el presidente de la Junta de Cofradías, Jorge Sánchez Albendea, y los miembros de la Comisión Ejecutiva y la Junta de Diputación de la institución nazarena.
Recuperación
El último ascenso permitió recuperar algo del retraso alcanzado sin que se notase en el saber estar en la calle. Nunca es fácil ; hoy era muy difícil. A veces uno también se santifica con la logística. No se erosionó la buena organización ni el buen comportamiento generalizado en el que siempre hay alguna mácula individual, como ‘paseantes’ de paisano por la calzada demasiado cerca de la cruz parroquial en varios trampos del recorrido.
Antes de llegar la procesión a la Plaza Mayor se habían desestabilizado algunas tejas en un edificio muy próximo al Ayuntamiento, por lo que se desalojó la zona inmediata y se acotó más el aforo que otras veces. Lo mismo sucedió en la otra acera, junto a la calle Severo Catalina (Pilares): había una ventana abierta dando golpe y se retiraron de allí espectadores por si caían cristales u otros elementos. Hubo también limitaciones adicionales bajo los Arcos del Ayuntamiento porque los grandes faroles de hierro se estaban moviendo más de la cuenta y se quiso evitar que una hipotética caída, que no se produjo, pillase a nadie debajo.
La entrada al gran espacio urbano fue vibrante en todas las acepciones del vocablo y ocurrió con ‘Jerusalén’ de Vélez como banda sonora. Hubo mucho público, aunque sin alcanzar los récords recientes: uno podía moverse con más facilidad y con algo menos de agobio. La imagen de Jesús Triunfante accedió ante un silencio sorprendentemente súbito y recibió desde el balcón consistorial una lluvia de hojas de olivo. La Virgen, pétalos que el viento poco tardaría en despejar de sus andas. Las hermanas Cayetana, Bea, Blanca, Isabel y dos Elenas tuvieron el honor de derramar la precipitación floral.
Con el himno de España compitiendo con las corrientes se despidió de la muchedumbre La Borriquilla para resguardarse, en sentido literal, en la Catedral de Cuenca. Su Madre lo hizo sobre las 13:40 horas y entre la Marcha de Infantes, según lo acostumbrado, con el último cansancio de sus portadores que seguro que no se olvidarán jamás de una jornada que más parecía una trampa. Bendita trampa, bendito huracán de emociones y esfuerzos.
GALERÍA FOTOGRÁFICA DE LA PROCESIÓN














