El obispo Yanguas zarandea conciencias con un pregón repleto de fogonazos visuales

El prelado de la Diócesis conquense abre la Semana Santa de 2026 con un texto valiente, reflexivo y espiritual

Era la primera vez que un obispo de Cuenca en ejercicio —José Guerra Campos lo hizo ya como emérito— pregonaba la Semana Santa conquense y José María Yanguas ha ofrecido en este Viernes de Dolores una alocución digna de esa condición episcopal activa. El pregón de 2026 no pasará a la historia nazarena como un texto de virguerías literarias, exaltaciones territoriales o efectismos sentimentales, sino como el de un pastor que quiso sacudir conciencias, dirigir las miradas hacia lo esencial y llamar a la conversión. Fue el discurso de un doctor en Teología que no sucumbió a la tentación del academicismo pero tampoco a la del simplismo populista. Nada de formularios tipo intercambiables a cualquier otro atril o geografía, fue un discurso específico para Cuenca y desde Cuenca: tan universal en su mensaje como localizado en su forma de manifestarlo. Y en ese contexto se permitió incluso algunas tímidas dosis de recuerdos y sensaciones propias que humanizaron la oratoria y al orador. La retórica estuvo, pero no se notó, como los buenos árbitros.

En algo menos de 45 minutos —una duración que desbarató más de un prejuicio— Yanguas desgranó con voz tranquila y ritmo rápido una intervención ahormada con su buen castellano de La Rioja. Fue valiente y nada acomodaticia: diciendo con misericordiosa firmeza verdades que no cotizan al alza en el mundo. Y lo hizo ante un Auditorio de Cuenca que estaba bien nutrido en sus butacas aunque no tanto como en otras ediciones: no se alcanzó ni se rozó el lleno que hubiese sido acorde con la importancia de la cita y de su protagonista.

Comenzó el mitrado dedicando sus «pobres palabras al Señor de la Cruz» y «a ella, Madre muy amada de los Dolores» para «sin más preámbulos» iniciar un recorrido que siguió el orden cronológico de las procesiones conquenses con alguna licencia a modo de flashbacks y flashforwards. Y tan pronto contó a fogonazos de frases cortas, casi telegráficas como postales visuales, el desfile del Hosanna que le puso un examen los presentes. «Con demasiada frecuencia, queridos hermanos, nos dejamos impresionar por la opinión ajena que nos intimida hasta el punto de inducirnos a traiciones vergonzosas, cobardes. Miedos al qué dirán, a parecer ‘demasiado cristianos’: excusas con la fácil evasiva del conocido ‘así hacen todas’. Cristianos débiles, veletas, sin criterio, por más que de él presuman, que cambian actitud y comportamiento, que varían el tono y el contenido de su discurso según sople el viento, incapaces de sentirlo de frente». Así, sin anestesia y sin salir de Domingo de Ramos.

El pregón estuvo repleto de zarandeos espirituales similares, íntimos y colectivos. Sirva de ejemplo su reflexión al hablar del Cristo de la Vera Cruz y su Palabra encomendando el espíritu a las manos del Padre. «Dónde mejor respuesta a las preguntas, a los tantos porqués que querrían rasgar la obscuridad para encontrar una respuesta que dé algo de luz: luz para la muerte, para el dolor, para los sufrimientos de los cuerpos y de las almas,  para la injusticia, para los niños condenados a muerte antes de nacer, para los ancianos que no madurarán con la muerte natural, para las mujeres humilladas, para los jóvenes rotos por la droga y la pornografía, para la libertad que busca horizontes de vida y que muere ahogada en el mar de las muchas esclavitudes que nos amenazan», señaló. Un teletipo impreso en papel Biblia.

También hubo pasajes más líricos y con evocaciones autobiográficas, como el dedicado a la Virgen de la Esperanza del Martes Santo. «La mecen, casi la acunan, con respeto infinito ‘los hombres sin rostro’. Y no podemos apartar ya los ojos de los suyos que lloran por el Dios hecho hombre y por nosotros. Los ‘hombres sin rostro’ hacen un medio giro con paso seguro, para embocar la entrada del zaguán de palacio donde, revestido de pontifical, la espero para recibirla en casa y cobijarla durante unos minutos mientras los fieles descansan. Me iré de Cuenca cuando Dios quiera, pero ese momento vendrá conmigo. Después, cuando reemprende la procesión, la acompaño hasta los arcos: que no es cosa fácil arrancarse de ella», proclamó en uno de los momentos que más rostros cómplices provocó entre los espectadores, que no interrumpieron el discurso con aplausos intermedios y le tributaron un silencio absoluto, reverencial.

El Miércoles Santo fue territorio fértil para desgranar y meditar sobre la narración evangélica que Cuenca hace imaginería y procesión. Fue, por unos momentos, el director espiritual de decenas de personas. Especial énfasis dedicó al hablar de la Santa Cena para advertir que «La Eucaristía no es un banquete cualquiera, ni un acto solidario más, ni algo protocolario, ni una comida de amigos, ni un acto simplemente social. La participación en ella es acto saludable, pero también letal si no se recibe limpio de los propios pecados». Y, fijando el foco en ese Ecce Homo de San Miguel que antaño presidía los pregones, preguntó a todos y a cada uno: «¿Seguiremos tomando el pecado por algo sin importancia, por un error sin mayores consecuencias, por la transgresión sin más de una ley?». Para añadir: «Ponte, te invito, ante esta sagrada imagen y pregúntate, si tienes coraje para ello».

Reflexiones

Definió el Jueves Santo de Cuenca como una «tarde larga como una sombra cuando el sol palidece y está para dormirse tras el horizonte». Y, talla a talla, hermandad a hermandad, siguió ayudando a recorrer el misterio. Y dejó otras frases para el mármol, por ejemplo, al hablar de Jesús Amarrado. «El amor no se impone. Es libre y libremente se da. Nada tiene que ver con el capricho, con la sinrazón, con el antojo o con el simple gusto. Libertad se opone a esclavitud; es dominio, señorío sobre uno mismo y sobre los propios actos: rey en la propia casa. El amor no es egoísmo, amor falso; es don, entrega, con frecuencia sacrificio y siempre regalo, don a los demás. Por eso amor y libertad van juntos. Pecado y esclavitud también», manifestó. Y cuando se refirió al Ecce Homo de San Gil tuvo las únicas palabras que reservó para los imagineros: «Aunque no fuera el Hijo amado del Padre, nadie dudaría de que su oración será acogida. Lo dice esa mirada tan llena de contenido como imposible de descifrar por entero. Solo por esa mirada, Luis Marco Pérez merecería un monumento como uno de los grandes. ¡Yo se lo levanto en mi memoria y en mi oración!».

El pregonero sintetizó forma y fondo de Camino del Calvario con una colección bien compactada de sentencias felices y lapidarias. «Dolor, crespones negros, sonidos desabridos que no alcanzan a acallar el drama que no se quiere ver. La noche, perezosa, se niega a dar paso a la luz. Tampoco la noche quiere ver», describió. Y la poesía no permitió huir de la llamada a la autoexigencia. «Una vez tirada la primera piedra, es fácil sumarse al linchamiento. Es la valentía de los cobardes, el coraje de los pusilánimes. Cuánta traición por el terror a ir contracorriente, a dar la cara, a que se cierren puertas de ascenso en la escala social o profesional, económica, académica o política. Miedo a quedarse solo. Mejor ocultarse al calor de la multitud», continuó.

La Cruz, «el escándalo del Bien para quien no lo merece», fue su hilo conductor al hablar de la segunda procesión del Viernes Santo, En El Calvario. «Difícil, imposible de entender para quien no ama de verdad. El sufrimiento, el dolor, las heridas corporales y espirituales no quedan fuera del foco de luz que irradia la Cruz», manifestó.

Con el Santo Entierro recurrió otra vez a la eficaz fórmula que alternó ideas cortas con sus consejos sacerdotales, sus preguntas de confesor. Y el profundo conocimiento humano del que sabe discernir sufrimientos. «En las lágrimas de esa madre, digna, con serena entereza, veo y venero el llanto de tantas madres, las lágrimas fruto del cariño no correspondido, del amor que no encuentra comprensión, de las fatigas que no reciben reconocimiento, de la vida entregada que ni siquiera demanda gratitud, del sacrificio escondido, humilde, callado que ni todo el oro del mundo podría pagar y que se contenta con una caricia, con una palabra, con una sonrisa, con una mirada», señaló en una de las citas más empáticas.

Llamó Yanguas «bienaventuradas» a las Santas Mujeres del Sábado Santo. «Bienaventuradas las almas compasivas, cuantas comparten el dolor ajeno y así lo mitigan. Obra silenciosa de finísima caridad», insistió.

Y su discurso llegó a su coherente cénit al hablar de la Resurrección. «La esperanza es cierta, el final será el encuentro. Anclados fuertemente en la esperanza, en la seguridad del final victorioso, ahora esperamos solo que nos llegue también a nosotros. Vamos a su encuentro, como María. Ella ya ha llegado; muchos de los nuestros -que sean todos pedimos en esta hora- han llegado con ella. ¡Nosotros esperamos estar con ellos, ellos esperan estar con nosotros!», proclamó para formular una despedida tan próxima como inapelable. «Nazarenos, conquenses todos, ¡feliz y devota Semana Santa 2026! Gracias».

Acto

Y, ahí sí, sonaron al fin los aplausos, mientras las palabras seguían resonando en el interior. Fue entonces el momento de los reconocimientos. Pedro José Ruiz Soria, secretario personal del obispo y cartelista de este año, recibió una escultura conmemorativa realizada por Tomás Bux a manos del vicepresidente de la Junta de Cofradías, Antonio Abarca. El presidente de la institución, Jorge Sánchez Albendea, fue el que entregó la suya a Yanguas. Fue un simpático guiño ya que reproducía al obispo con el particular estilo buxiano.

Quien recibió un ramo de flores fue Paula Latorre, jefa de prensa del Obispado y presentadora del acto. Ella, además de introducir pregón y pregonero, había dado paso en los primeros compases del acto al Coro del Conservatorio de Cuenca, que dirigido por Jesús Marcado interpretó las obras Northen lights (Ola Gjeilo) y Ubi caritas (J.Michael Trotta) así como los imprescindibles Stabat Mater de Tartini y el anónimo Miserere que desde el Martes Santo cantará en las escalinatas de San Felipe Neri.

La Banda de Música de Cuenca-AM Virgen de la Luz también actuó. Lo hizo bajo la batuta de Miriam Castellanos para compartir Crito del Perdón (José Gómez Vila), Mi Amargura (Víctor M. Ferrer), Réquiem por un músico (José López Calvo) y, faltaría más, San Juan de Nicolás Cabañas.

El acto volvió a congregar a destacadas personalidades de la política, la cultura y la sociedad conquense. Estuvieron el alcalde, Darío Dolz; el presidente de la Diputación, Álvaro Martínez Chana; el consejero de Educación y Cultura de la Junta; Amador Pastor; la subdelegada del Gobierno de España, Mari Luz Fernández; el presidente del PP de Castilla-La Mancha, Francisco Núñez; la diputada nacional y presidenta del Grupo Municipal Popular, Beatriz Jiménez; los senadores Benjamín Prieto y María Jesús Bonilla; y la delegada de la Junta en Cuenca, Marian López, entre otras autoridades. Y, por supuesto, tanto la Comisión Ejecutiva como la Junta de Diputación de la Junta de Cofradías, con representación de todas las hermandades.

El escenario, tal y como ha explicado la Junta de Cofradías, estuvo en esta ocasión presidido por una sencilla Cruz de madera, el Cartel, el Guion de la Junta de Cofradías y los colores del Vaticano, amarillo y blanco, materializados en un arreglo floral a base de lunaria (también conocida como flor o moneda del Papa) y narcisos amarillos, entremezclados como vétulas (similares a sarmientos) a modo de contraste.