El Jueves Santo que mudó de piel sin dejar de ser el mismo

La procesión de Jueves Santo tuvo un inicio luminoso y caluroso, con filas copiosas y aceras henchidas y pasó a la intimidad de una noche fría, rotunda en la expresión del drama

Jesús con la Caña en el Ayuntamiento. Foto: Álex M. Simón
Jesús con la Caña en el Ayuntamiento. Foto: Álex M. Simón

En Zoología se llama muda al proceso por el que un animal renueva total o parcialmente las estructuras externas de su cuerpo —el pelo, las plumas o el exoesqueleto—, casi siempre periódicamente y por razones adaptativas. Ocurre, por ejemplo, en las serpientes: bajo la piel antigua se forma una nueva capa y, llegado el momento, el animal se desprende de la vieja casi de una sola pieza. Como si fuera un guante. También la serpenteante procesión del Jueves Santo en Cuenca fue cambiando forma y piel a lo largo del recorrido. Nació soleada y calurosa, con filas copiosas y aceras henchidas. Niños, reencuentros y familias matizaron su severidad con indicios festivos. Pero, cuando iba a morir, se volvió nocturna, heladora, predominantemente íntima, conmovedora y rotunda en la expresión del drama. Sin dejar de ser ella, ya no era la misma.

El más kilométrico desfile del calendario pasionista conquense se prolongó en las calles alrededor de nueve horas, más que una jornada laboral estándar. Acabó pasada la una y media de la madrugada y había comenzado exactamente a las 16:29 horas. Una intensidad maratoniana que tensó músculos y exacerbó los cansancios que se van acumulando a estas alturas de la semana, esa forma tan conquense de dar gloria a Dios. Es más que una metáfora en una religión que proclama en el Credo la resurrección de la carne y que, en palabras de San Pablo, define los cuerpos como templos del Espíritu Santo.

El sol no llegó esta vez tarde al cortejo de Paz y Caridad y pronto se prodigó en destellos sobre las aguas del Júcar, como anticipo de las centelleantes tulipas que habrían de demarcar la espina dorsal del mapa urbano. Los alrededores de la iglesia de la Virgen de la Luz, recién rescatada de la Lista Roja del Patrimonio en Peligro, se llenaron pronto de capuces, instrumentos, capas y túnicas. Antes de la hora convenida sonaron los tambores para acallar el rumor del río, que este año, impetuoso tras el lluvioso invierno, no lo puso fácil en este duelo de decibelios.  

Canteranos e hipnosis

La Banda de la Junta de Cofradías recibió con el Himno de España —luego lo despedirían igual a las 0:12 horas— al Cristo de las Misericordias. La pequeña talla, cuyo ritmo marca la secular campana y aúna bajo sus andas a todas las hermandades de la Archicofradía de Paz y Caridad, estrenó este año capataz de banceros, Álvaro García Mora, que sumaba 22 años llevando el paso. Un perfil no muy frecuente, aunque cada vez más habitual, en una imagen que sigue siendo vivero de portadores. Es una de esas canteras que sabe jugar como los grandes: lo demostró este Jueves Santo en trances tan delicados como la salida de la calle del Peso en dirección a Andrés de Cabrera. Se comportó igual que aquel Castilla que se coló en la final de la Copa del Rey de 1980 contra el Real Madrid, a la postre el único capaz de ganar a su filial. La tarde continuó su caminar siguiendo la ruta de huellas horadadas desde mínimo el siglo XVI por la insobornable criba de la historia.

Esa consistencia secular se manifiesta en muchos detalles en todo el desfile. Como el medallón que cuelga sobre el pecho de Jesús Orando en el Huerto. Actúa como un péndulo de hipnosis que somete a propios y extraños a su criterio.

El paso no estrenó banzos, pero lo pareció por el buen trabajo de repintado. Debajo de ellos colocaron sus hombros —entre ellos por primera vez los de un joven afortunado con el sorteo del banzo joven— que supieron dar con el tono exacto en su caminar: ni muy sobrio ni muy convulso de principio a fin. Prolífico fue especialmente el ascenso con la compañía cercana de la Agrupación Musical Iniestense. Los de La Manchuela estrenaron en procesión, y cerca de Los Oblatos, la marcha ‘Luz Nazarena’, compuesta por Luis Miguel Pardo, bancero de toda la vida. Y, además del imprescindible El Huerto de Alberto Nevado con el que se cruzó el Puente de San Antón, encadenaron hits de la música cofrade como ‘Mater Mea’, ‘La Saeta’ y ‘Nuestro Padre Jesús’. Inspirado el ascenso por Andrés de Cabrera y Alfonso VIII. Y, a la llegada a la Plaza Mayor, llegó el tributo de la banda de la JdC con ‘Oración’ de José Manuel Mena.

La banda iniestense, por cierto, dedicó la marcha ‘Oremos’ del maestro Ricardo Dorado a Rodrigo Merchante, quien como coordinador de la comisión de bandas de la Junta de Cofradías tejió una gran vinculación con la entidad.

Con esta entidad musical bajó Jesús Amarrado, que regaló en varios tramos la inapelable coreografía de sus horquillas: sencillo, clara, sin aditivos. Imprescindible y al servicio de un conjunto cuyas gualdrapas desfilaron los trabajos de recuperación acometidos por las Esclavas del Santísimo Sacramento, Las Blancas. Las religiosas, por cierto, oraban en su iglesia ante su Eucarístico Monumento —un prodigio de flores blancas y símbolos— mientras a su paz perenne llegaban los ecos de bombos, marchas y, a veces, gente. Cuenca bullía en espiritualidad fuera y dentro de los templos.

Al pasar por El Salvador, un guiño cómplice con la memoria reciente. Allí ha estado la imagen en los meses de exilio por las obras de la Virgen de la Luz, compartiendo capilla con San Juan Bautista. “Gran gesto de esa hermandad y de toda la parroquia, encabezada por su párroco, Don Gonzalo, que ha servido para fortalecer los lazos de unión entre las dos cofradías y compartir muy buenos momentos de fe”, señalaban desde la corporación nazarena.

Crespones negros

Con crespón negro en su guion procesionó la hermandad de Jesús con la Caña por el reciente fallecimiento Antonio Rubio, padre del exsecretario de la hermandad Milkel Rubio. Muy cerca de donde estaba la zapatería Calzados Rubio que regentó el difunto el paso se giró. Fue una tarde de memorias e intercesores.

La talla que refleja la majestad vilipendiada del Mesías sufrió de muy diversas maneras los atuendos del viento en su manto o en su candelería, que fue gran parte del trayecto apagada. Las miradas se dirigieron a su corona de espinas que, según sostiene la cofradía, “es de acacia negra similar a la que pudo existir en Jerusalén en época de Cristo y fue realizada durante la restauración de la imagen por Mar Brox Osma. Procede de tierras templarias, dado que la finca de donde se cortó, propiedad ahora de hermanos, corresponde a las tierras que en su día el Rey Alfonso VIII dio como pago a la Orden del Temple tras la toma de Cuenca en el año 1177”.

Subió con la Asociación Músico-Cultural Santa Cecilia de Almonacid del Marquesado que puso sonido a un avance elegante y respetuoso con el misterio.

La banda manchega bajó el Ecce Homo de San Gil, que una vez iniciada su carrera incorporó un exorno floral dominado por el rojo. La cofradía tuvo un recuerdo para José Ignacio Albentosa, pregonero de la Semana Santa de 2005 fallecido el pasado mayo, a la altura del Monumento al Nazareno. Así lo explicaba a este periódico Juan Guadalajara, quien se despedía de representante. “Voy a ponerme un polar y a aprovecha muy bien la última bajada”, comentaba a este periódico.

La música fue también aprovechada por cercanía por la hermandad de Jesús Caído y la Verónica, que procesionó guiada por las corcheas con su característico ritmo en una emoción constante. La cofradía incorporó a su patrimonio ‘Caída de silencio’, marcha compuesta por Pepe Aguilar González, hermano de la Verónica e hijo del también compositor Juan Carlos Aguilar Arias. Fue la que mejor mantuvo la participación inicial en términos porcentuales e incluso conservó penitentes y la fila infantil conforme avanzaron las horas.

Tuvo también sendos momentos de recuerdo para miembros fallecidos, en Carretería y en Los Oblatos. Un gesto similar a los crespones negros que llevaban los banceros de El Auxilio de la hermandad del Jesús del Puente.

En el paso principal de la cofradía se estrenaba de manera oficial como capataz José Manuel Alarcón Sepúlveda, quien supo mantener las señas de identidad heredadas de sus antecesores, Eusebio Jiménez Ibarra y Lorenzo Carretero Almagro: paso solemne, sutil, auténtico. Como si el Nazareno supiera transformar en livianas las culpas que iba cargando. En todo el recorrido estuvo acompañado de la banda de La Guardia (Toledo).

Capuz, Torner y el Jesús del Puente

Y al contemplar el Jesús con la Cruz a Cuestas de José Capuz venía la mente y al espíritu Gustavo Torner. El creador total que trajo a Cuenca la revolución abstracta, fallecido en septiembre a la edad de 100 años, contó en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando cómo le impresionaba esa talla. Merece la pena reproducir sus palabras: “Fue la primera escultura ‘actual’ -actual de los años cuarenta- que vi ‘al natural’ y me conmovió y me sigue conmoviendo. Era, y es, el Jesús del Puente, que talló para las procesiones de Semana Santa de Cuenca en sustitución de la perdida en la guerra, y que a todos, en aquel momento, nos produjo una profunda impresión por la innovación insólita en aquellos años, con su conseguido equilibrio entre una intensa simplificación de la figura, con tendencia a la geometría, con el resto de los trazos de gubia en la sobria túnica gris-violeta, y la extraordinaria delicadeza del modelado de la cabеza y de las manos, que hacía sorprendente su visión en medio del barroquismo algo templado de la procesión castellana. Su aparición, todavía ahora, sigue siendo profundamente seria y emocionante”, manifestó. Los caminos del Señor son inescrutables y los del arte muy caprichoso: quizá sin esa imagen no hubiese venido todo lo demás: la belleza concatena belleza, más allá de épocas y estilos.

Llegó la Soledad del Puente para consolar a todos mientras era consolada con la ya habitual adhesión masiva de tulipas: muchas y muy diversas, con aluvión de carritos de bebé concentrados en el tramo inicial en la subida. Ramo de flores por los difuntos en el Monumento al Nazareno. Tradujo su dolor en todo el trayecto la Banda de Cuenca-AM Virgen de la Luz: buen hacer y cercanía.

De nuevo rosas blancas acertadamente dispuesta por Florigrama. Saya azul marino de procesión y su manto de salida también. Ese azul que roza el luto y que el cielo de Cuenca quiso imitar poco antes de que atravesara los Arcos del Ayuntamiento a las 21:35 horas. Cuando pasó por ella no hubo absoluto silencio, pero sí que cesó al menos la algarabía y fue sustituida al menos por un coro más discreto de murmullos. Marcha de Infantes en la Banda de Trompetas y Tambores para empezar a guiarla hacia el Palacio Episcopal en uno de los fragmentos más memorables de una jornada abundante en ellos. El obispo de Cuenca, José María Yanguas, recibió a la imagen, y tuvo que pugnar con un viento que levantaba su solideo.

La llegada de la Virgen entre fervores colectivos y el reinicio casi inmediato del caminar del Cristillo, el fin del descanso, marcó la frontera del cambio de piel de la procesión, que fue más súbito que progresivo.

El luminoso inicio no estuvo huérfano de público prácticamente en ningún tramo. El propio Puente de San Antón quizá estaba algo menos densificado que otras veces, pero el Bulevar (Avenida Virgen de la Luz), Calderón de la Barca, Carretería, Aguirre y la Puerta de Valencia estuvieron más que abarrotados, con hasta dos y tres filas en algunos casos.

Turismo

Se notó que, a pesar de que en la Comunidad Valenciana era aún laborable, ya estábamos casi todos los que íbamos a estar. A los indígenas regresados y a los que guardamos la viña se sumaron muchos turistas, como evidenciaban sus planos en mano, sus grupos con los guías en los aledaños de la Plaza Mayor o conversaciones en inglés, catalán o español con acento andaluz. La nueva configuración del público trajo el aumento beneficioso de su aumento y también, además del impacto económico, ese ufano placer de observarles descubrir nuestra Pasión. Y nuestras ganas de explicarles lo que fuera. También trajo sus peajes. No tanto el ruido (hubo bastante silencio salvo en puntos estratégicos donde el jaleo llevaba denominación de origen de la tierra) pero sí que proliferaron más los cruces de paisanos por medio del desfile, un mal al que estos días previos habíamos sido prácticamente inmunes.

Y eso que en esta ocasión apenas hubo cortes entre cofradías que los propiciaran. El tiempo final del recorrido no distó mucho, pero el ritmo sí que fue más compacto y fluido. Solamente a la llegada a la Plaza Mayor se observó una separación más reseñable entre La Verónica y El Auxilio.

La escalada por el Casco Antiguo no tuvo el gentío de la zona baja, pero no fue especialmente solitario, sobre todo en puntos como El Peso y sus salidas y Alfonso VIII. La Plaza Mayor rozó en el momento de más concentración el aspecto del Martes Santo o el Domingo de Ramos, con miles de personas.

Frío

La bajada fue muy distinta. La ausencia del sol desplomó los termómetros y un aire serranamente gélido movió el anemómetro de la hiedra de la calle Alfonso VIII. Y las filas se mermaron, también por los ecos de Sirena de la Madrugada y de las procesiones de un Viernes Santo que se prevé agotador para muchos. Se notó especialmente en las cofradías numéricamente más pequeñas, como Jesús con la Caña y, sobre todo el Ecce Homo. Allí solo aguantaron unos cuantos incondicionales, al igual que en aquel primer Jueves Santo de la Historia.

También bajó notablemente la presencia de espectadores, salvo en zonas muy concretas como San Felipe Neri (donde Jesús Mercado dirigió al Coro del Conservatorio con su hábito de El Huerto) para escuchar el Miserere y el Stabat Mater y, con algo menos de énfasis, en la Audiencia.

Sí que volvieron a multiplicarse miradas y oídos desde el Puente de la Trinidad, atraídas por esos finales que siempre convierten todo en mucho más intenso (hay que apurar hasta el final la poción mágica) y por ese discurrir en paralelo del Jesús del Puente y el Auxilio por ese Bulevar de los sueños cumplidos que es la Avenida de la Virgen de la Luz. ‘La muerte no es el final’ sonó en una noche que ya había dado el salto al Viernes Santo y era decididamente trágica, pero tremendamente bella. Todo volvió al Júcar y a sus riberas, donde la primavera empieza a vestir la piel del esqueleto de los chopos.

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