SPQR

Antonio Melero Pita

Senatus Populusque Quencanus Reciclat

En un artículo publicado aquí hace unos días hablaba de la teoría de la ventana rota: el deterioro visible acaba generando todavía más deterioro. Una bolsa abandonada junto a un contenedor termina legitimando la siguiente. Basta observar algunas calles de Cuenca para comprobar hasta qué punto aquella teoría sigue plenamente vigente.

Resulta inevitable recordar aquella idea al leer los anuncios sobre la implantación de contenedores inteligentes con códigos QR y sistemas electrónicos de control de residuos. El proyecto se presenta como un avance tecnológico hacia una gestión más eficiente de la basura doméstica. Basta recorrer muchas calles de Cuenca para encontrarse con una realidad bastante menos sofisticada: contenedores deteriorados, cartones acumulados, pintadas y bolsas abandonadas sobre la acera.

El contraste resulta evidente. No hemos conseguido mantener limpio el contenedor tradicional y ya nos disponemos a inaugurar el contenedor imperial electrónico. SPQR. El viejo símbolo romano del orden convertido ahora en burocracia tecnológica aplicada a la basura doméstica.

El problema no parece tecnológico. La cuestión de fondo sigue siendo mucho más elemental: civismo, mantenimiento y gestión cotidiana. Ningún código QR impedirá que alguien abandone una bolsa fuera del contenedor si sabe que no ocurrirá absolutamente nada.

Existe además otra contradicción llamativa. Cuenca es una de las provincias más envejecidas y despobladas de España, con una densidad demográfica apenas superior a los once habitantes por kilómetro cuadrado. Muchos vecinos siguen utilizando teléfonos básicos o apenas manejan aplicaciones imprescindibles. Ahora descubrirán que para tirar la basura necesitarán tarjetas electrónicas, aplicaciones móviles o códigos digitales.

La paradoja es evidente: una provincia castigada por la despoblación y el envejecimiento convierte un gesto cotidiano y elemental en un pequeño trámite tecnológico.

Todo ello mediante sistemas cuyo coste multiplica varias veces el de un contenedor convencional. Un contenedor tradicional ronda aproximadamente el millar de euros, mientras que los llamados contenedores inteligentes pueden superar fácilmente los cinco o seis mil euros por unidad.

Y ahí aparece una sensación cada vez más frecuente en Cuenca: avanzamos hacia una provincia llena de parques eólicos, extensiones de paneles solares, plantas de biometano, macrogranjas o macrovertederos, mientras los grandes proyectos industriales capaces de generar empleo estable y fijar población continúan sin llegar. Los jóvenes preparados siguen marchándose y la modernización acaba muchas veces reducida a tecnología superficial sin un verdadero proyecto económico detrás.

Roma construía infraestructuras para sostener ciudades vivas.

Nosotros corremos el riesgo de terminar llenando territorios vacíos de tecnología, residuos e instalaciones molestas.

Y esa sí podría acabar siendo nuestra verdadera ventana rota.