El REBI Cuenca ha arrancado este sábado un empate a 31 en su partido en El Sargal contra el Cangas. Un punto que puede dar por bueno porque los gallegos mandaron en el marcador durante gran parte del encuentro y a falta de diez minutos para el final tenían una diferencia favorable de tres goles que se antojaba muy difícil de voltear por su dominio de los tiempos y su eficaz rendimiento.
Y eso que la escuadra local, como ya nos ha acostumbrado, empezó fuerte e intensa, sin concederse treguas ni aplazamientos a la concentración, especialmente en defensa. Casi cuatro minutos y medio tardaron los gallegos en marcar su primer gol (2-1) y lo hicieron tras una exclusión de un Mosquera otra vez sobreactuado, que rompió la buena racha inicial y propició otra vez el empate, pero solo momentáneamente. Los de Cuenca reaccionaron tras la inferioridad y pronto siguieron cumpliendo el memorizado guión -abajo y arriba y arriba y abajo, como si fuera un coreografía folklórica- y en el minuto ocho ya mandaba por un 6-3 en los luminosos. Fueron uno de los periodos más inspirados de los locales, no ya por el rendimiento y el resultado sino sobre todo porque desplegaron un balonmano de esos que ponen los entrenadores como ejemplo: coral, trenzando jugadas, ganando posiciones, asegurando tiros.
Pero el Cangas no había venido a Cuenca a recibir lecciones sino más bien a impartir las suyas así que, muy trabajosamente y con altibajos, fue acercándose en el marcador. El cuadro conquense resistió el empuje todavía unos tiempo más, pero cambiando de método pedagógico; con menos fluidez de ideas en ataque y una defensa menos férrea, tuvo que recurrir a individualidades tan intermitentes como brillantes de Tavares, Lima y Torth y a alguna parada esporádica, demasiado esporádica, de Tonicher.
Cambio de tendencia
En las filas del Cangas empezó suceder lo contrario. En la portería Ivan Panjan inició un recital (hasta nueve paradas sumó en todo el partido) a la vez que ponían al rival al borde del pasivo y arriba apabullaban con gente como Martín Gayo y Antino. Así que el empate acabó llegando en el 22 con un 10-10 y tras una falta en ataque conquense. No tardó en ponerse por arriba y consiguió llegar al descanso con un 13-14 que pocos vislumbraban en el arranque del encuentro. Tonicher incluso se quedó pensando y despilfarró los pocos segundos que había tenido el Cuenca para lograr un empate antes de la interrupción.
El Cuenca salió con Arguillas de guardameta y empató rápido tras la reanudación, pero siguió sin encontrarse. Demasiadas precipitaciones y pérdidas de balón marcaron un ritmo de partido más de correcalle con los que los de Lidio Jiménez no suelen encontrarse cómodos, sobre todo cuando asoma el cansancio físico y mental. Así que el Cangas, fiel a los méritos que traía de la mitad anterior puso pronto tierra de por media y en el minuto 36 mandaba ya por un preocupante 14-17 que obligó a un tiempo muerto local.
Nada más acabarlo, el Cuenca reaccionó con más soltura en los ataques a pesar de que el Cangas no regaló nada y se inventó nuevas maneras de complicar la vida, pero muchos de los ataques gallegos siguieron traduciéndose en goles no excesivamente difíciles, o eso parecía, por bonitos que fueran. No se olía ese aroma que transmiten las remontadas contundentes en sus albores y la percepción era que algo se había mejorado, en forma y fondo, pero no demasiado. La diferencia no se iba de madre o incluso coyunturalmente se acortaba a dos goles o uno, pero el empate se resistía e incluso en el minuto 43 otra vez se volvió a los tres goles de brecha con un 20-23.
El cronómetro iba esta vez a la contra, demasiado rápido. Más que nunca era una cuenta atrás. La presión provocó tiros más precipitados como los de Lima y a pesar de los esfuerzos del público y de un alentador Arguillas, que encadenó un par de valiosas paradas, no se conseguía frenar a los pontevedreses, muy crecidos.
El Cuenca, es superfluo escribirlo para el que siga a este equipo, no se borró ni se quiso borrar del choque y ya fuera con las defensas aguerridas de Torth, el rendimiento de Álvaro en los seis metros o las contras de Pizarro intentaba no perder de vista a su rival… pero los minutos avanzaban y ese control a distancia cada vez era más insuficiente. A falta de diez minutos para el final y haciendo bueno el aforismo lampedusiano, todo había cambiado para que todo siguiera igual, con un 25-28 de tanteo.
Volvió a salir Tonicher más entonado, el Cuenca llevó al borde del pasivo a su rival a pesar de unos árbitros demasiado laxos en advertirlo y en dl minuto 52 se excluyó al visitante Rivero. Con esa combinación de factores, bien ponderada, el equipo castellano no tardó en ponerse a uno. Tras una ocasión desaprovechada y en el rechace de un 7 metros, Toth volvió a empatar el partido (29-29) en el minuto 56.
Parecía que iba a ser otro final para comerse las uñas o disparar las pulsaciones. Y hasta qué punto. Tras una suma de hallazgos y de olvidos, como escribió Cela para hablar del Casco Antiguo de Cuenca, el Rebi llegó a los 25 segundos finales con un 30-31 y el Rebi con el balón para lograr el empate. Y lo lo logró desde el extremo, tan eficaz como un detergente de anuncio de la tele, Nacho Pizarro.
Sobraban diez segundos… Enrique Domínguez pidió tiempo muerto y su equipo pudo acercarse para forzar un tiro final ya con el tiempo cumplido. Aunque el balón disparado por Pérez se coló entre la barrera, pero se quedó en las piernas de Tonicher. 31-31.













