Un cartel para quien cree

Antonio Melero Pita

No he estado presente en la presentación oficial del cartel de la Semana Santa de Cuenca 2026 ni he escuchado la explicación del artista. Lo que sigue no pretende ser una interpretación autorizada ni definitiva. Es, sencillamente, una lectura personal, quizá incluso equivocada, hecha desde la condición de nazareno de Cuenca con muchos años de camino, y basada únicamente en la contemplación del cartel recibido por medios digitales.

Desde esa mirada, el cartel no parece querer limitarse a una función informativa o promocional. Su propósito parece más hondo: anunciar aquello que creemos los cristianos que participamos en la Semana Santa de Cuenca.

Porque un cartel de Semana Santa no es solo una invitación a un acontecimiento cultural o a una celebración de interés turístico. Puede invitar a compartirla, sin duda, pero no puede quedarse solo ahí. Antes que nada, debe anunciar el misterio que se celebra, el núcleo de la fe que da sentido a procesiones, túnicas, silencios y madrugadas.

En el centro del cartel aparece la Eucaristía. No una hostia abstracta, sino una hostia formada por los rostros de nuestros Cristos, nuestras Vírgenes y nuestros santos, los mismos que recorren cada año las calles de Cuenca. Es una imagen de comunión: la comunidad creyente, encarnada en sus pasos, reunida en un solo cuerpo.

Sobre esa forma sagrada se impone la corona de espinas, signo inequívoco de la Pasión. No como adorno, sino como recordatorio de que no hay Resurrección sin entrega. Y bajo ella, un círculo dorado que, en esta lectura personal, puede entenderse como el cáliz que recoge la sangre de Cristo, destacado sobre un fondo rojo que remite con claridad al sacrificio.

Las expresiones latinas no parecen elegidas al azar. Son palabras esenciales, tomadas del corazón del Evangelio, que recorren todo el itinerario cristiano: Ecce Homo, la entrega humillada; Non mea voluntas sed tua fiat, la obediencia confiada; Consummatum est, el cumplimiento total; Surrexit, non est hic, la victoria sobre la muerte.

Nada sobra. Todo conduce al mismo centro: el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Pero la Semana Santa de Cuenca es también tradición viva, memoria compartida. En cada procesión caminamos acompañados por quienes estuvieron antes que nosotros: padres, abuelos, cofrades que ya no están y que aprendieron a rezar andando estas mismas calles. Su ausencia se hace presencia en el recuerdo, en un gesto repetido, en un silencio heredado.

Y junto a esa memoria, la emoción serena de ver a quienes hoy caminan a nuestro lado: hijos, nietos, nuevas generaciones que toman el relevo sin ruido, con la misma cera en las manos y la misma mirada asombrada. Ahí se entiende que la Semana Santa no se repite: se transmite.

Esta lectura no pretende imponerse ni cerrar el sentido del cartel. Es simplemente la mirada de quien ha vivido la Semana Santa desde dentro, desde la fila, el silencio y la espera. Un cartel que, al menos así entendido, no solo anuncia fechas o actos, sino lo que está sucediendo.

Quizá por eso, al contemplarlo, uno no piensa tanto en el cartel como en lo que vendrá después: la túnica guardada, el cirio encendido, el paso avanzando despacio, el silencio roto por un rezo apenas audible. Y entonces se entiende que todo —imagen, palabras y símbolos— no apunta a sí mismo, sino a ese momento en que, un año más, la fe vuelve a echarse a la calle.