Jesús Saiz Huedo
El concierto de ayer en el Auditorio nos regaló una tarde de auténtico atractivo artístico a través del oratorio Santa Elena en el Calvario, de Marianne von Martinez (1744-1812). El hecho de que la obra programada fuese de una compositora del siglo XVIII, acrecentó su interés por razones obvias. Que la cultura haya ocultado la participación activa de la mujer en general y su representación en la historia nos dice que, mirando al pasado, lo que se ha perdido en el camino es demasiado y, de cara al futuro, es nuestra obligación revertirlo, cueste lo que cueste en cuanto al tiempo y esfuerzo colectivo necesarios. Por ello, la decisión de Andoni Sierra, director de la SMR, de acometer él mismo la tarea de incluir en esta edición la recuperación de un oratorio compuesto por una compositora y olvidado durante más de dos siglos es loable y, una vez escuchada la obra, creemos que merece un gran elogio. La premura de tiempo para llevar a cabo el proyecto, tan reciente, según hemos leído, no le resta un ápice de mérito al estreno. Todo el proceso de localización, estudio, preparación, edición crítica e interpretación supone un gran logro, que merece continuidad, la más inmediata sería que este oratorio entrara a formar parte del repertorio estandarizado y se pusiera en circulación con nuevos recorridos por delante.
Se sabe que Marianne von Martinez se movió en los mismos círculos musicales vieneses de Haydn y Porpora, de quienes fue discípula, y de Mozart, con quien compartió escenario en veladas musicales, o Metastasio, autor del libreto de este y al menos otro oratorio suyo, con quien ya su padre mantuvo una estrecha relación de amistad y de quien, junto a sus hermanas, fue incluso heredera. Los referentes con los que la acabo de contextualizar son masculinos, claro, pero los valores de esta obra no necesitan el apoyo de tales referentes; es más, resultan indispensables para definir su entorno y su momento histórico, aun desde el reducido y menoscabado ámbito femenino. La SMR, a través del concierto de ayer y todo el trabajo que ha habido detrás, contribuye así a relacionar la música de la Viena de finales del XVIII de manera más justa y veraz con el nombre de una mujer que ojalá ya nunca más se disocie de los Porpora, Haydn o Mozart mencionados.
Santa Elena en el Calvario es un oratorio católico del estilo galante propio de los primeros años del Clasicismo vienés. El libreto de Metastasio trata el tema de cómo la emperatriz romana Santa Elena llega al Gólgota, localiza la tumba de Cristo y, en ella, las reliquias de los clavos y la cruz. Con cinco personajes y un sexto asignado colectivamente al coro, se desarrolla a través de treinta y cuatro números repartidos bastante simétricamente en dos partes, cada una con una sinfonía instrumental (la del inicio en tres movimientos) y dieciséis números entre recitativos, arias, coros, un duetto, etc. Las características propias del estilo galante vienés (elegancia, simplicidad, simetría, melodías claras y cantábiles, desarrollos armónicos sencillos) son modélicas en este oratorio, lo cual invita a la reflexión de cómo el enaltecimiento por parte de la historiografía de los denominados genios del Clasicismo (Haydn y Mozart, entre otros) ha eclipsado el rico contexto musical, no solo masculino, en el que se desenvolvieron y Marianne von Martinez también representa. Los Solistas, Coro y Orquesta de la SMR de Cuenca resaltaron estas características a través de una interpretación un tanto tímida y no del todo segura (o no por todos), pero fluida y eficaz. Andoni Sierra dirigió con gesto sutil y preciso en perfecta coherencia con el estilo y supo, por un lado, darle unidad a la interpretación y, por otro, extraer momentos de gran belleza. A través de un cuidadoso control de los brevísimos tiempos de transición entre los números, consiguió un gran efecto de continuidad y mantuvo la atención del público con gran eficacia hacia el contenido de cada pieza que comenzaba. Este control incluía por supuesto cada cadencia final, siempre bellísimamente indicada y obtenida, y el ligero o gran contraste que venía a continuación, así como otros numerosos detalles, como los cambios carácter del modo mayor al menor o las breves pausas para afianzar el fraseo, ya estuvieran en la partitura o las añadiera él como silencios de articulación.
El conjunto de intérpretes encargados de este estreno, Solistas, Coro y Orquesta de la SMR Cuenca, es también un proyecto de Andoni Sierra, por el que la SMR promociona una agrupación flexible capaz de abordar con libertad y solvencia determinadas obras y autores importantes para la programación del festival. Echó a andar en 2024 y, desde entonces, se viene marcando importantes retos como este. En otra ocasión comentábamos en estas mismas páginas lo deseable que sería que la SMR patrocinara proyectos comunitarios como los que en ocasiones han sido invitados a venir desde otros países de Europa. La calidad de un proyecto comunitario no tiene que competir con los grandes conjuntos corales, orquestas y solistas profesionales de renombre internacional. No es ese su cometido y, cuando la SMR ha incluido alguna de estas producciones en su programación, el éxito también lo recordamos como rotundo. Aunque el programa de ayer fue producción propia de la SMR, el trabajo no era exactamente un trabajo comunitario. Para ello se tendría que haber involucrado de manera mucho más amplia y estable a la comunidad musical conquense que, en muchos ámbitos, es de por sí excelente y tiene, en cualquier caso, un potencial enorme. Sesenta y tres ediciones han dejado una huella formativa imborrable en los músicos y la actividad musical de la ciudad, pero es un tiempo demasiado extenso como para que no se hayan desarrollado este tipo de proyectos comunitarios de tanto éxito en otros lugares.
En 1972 se creó la Asociación de Amigos de las Semanas de Música Religiosa de Cuenca ‘Maestro Pradas’, pero una auténtica Sociedad de la SMR, como marco idóneo para ofrecer la infraestructura organizativa necesaria para este tipo de proyectos, no la hemos conocido. En la actualidad la condición de “amigos de la SMR” tampoco conduce a algo así. Con esta iniciativa de Andoni Sierra quizás se esté trazando el camino y ojalá que la existencia de un proyecto comunitario orquestal, coral y de solistas de la SMR estable durante todo el año se haga realidad y llegue a convertirse en otro broche de oro identitario para la ciudad que con tanto mimo y orgullo produce este extraordinario festival. Sierra ha sentado un precedente certero a este respecto, pero un proyecto así necesitará mucho apoyo institucional, trabajo en equipo y voluntad colectiva para llevarlo a cabo. Un festival como la SMR y una ciudad como Cuenca tienen todo lo necesario para hacerlo realidad. La pregunta incómoda es la de por qué durante más de medio siglo esto no se ha materializado y todavía hoy reflexionamos sobre ello sin mucho optimismo. Pero una cosa no quita la otra y, aunque esta producción no sea estrictamente comunitaria, no por ello pierde su valor.
El desempeño de solistas, coro, orquesta y director en el concierto de ayer fue loable. Cada uno de los cinco solistas nos regaló momentos admirables. Destacó el empaste del coro, que nos hizo disfrutar especialmente de algunos momentos, como aquellos en los que su control de la dinámica tenía que producir sensación de desplazamiento del sonido de un lado a otro del escenario. La solvencia de la orquesta permitió una lectura convincente de la partitura, incluida la impecable intervención de los instrumentistas del bajo continuo que tantísima responsabilidad tuvieron en el concierto. En una obra en la que parece que hay un riesgo real de que lo narrativo perjudique a lo dramático de la interpretación, no queremos dejar de apuntar la impresionante capacidad expresiva del Jone Martínez en el papel de Santa Elena, ni la belleza de algunos números en los que intervinieron los otros solistas, María Pujades, soprano (Eustazio), Marta Infante, mezzosoprano (Eudossa), José Pizarro, tenor (San Macario) y Elías Benito-Arranz, barítono (Draciliano).
El concierto de ayer, además de por lo mucho que lo disfrutamos, creo que merece un gran aplauso por todo lo que representa, ya que puso de manifiesto la cadena de ingentes trabajos y logros previos y contribuyó una vez más a vincular desde Cuenca la investigación musicológica con el escenario. La recuperación de este oratorio (y la inherente reivindicación del protagonismo femenino en la historia de la música) es contenido idóneo y excelente para un evento cultural de primer orden como es la SMR.













