Javier Madrigal, es doctor Ingeniero de Montes por la Universidad de Córdoba y desarrolla su carrera investigadora en el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA-CSIC), donde es Científico Titular en el Centro de Investigación Forestal, especializado en la defensa integrada frente a incendios forestales. El también profesor asociado en la Universidad Politécnica de Madrid ha participado en proyectos nacionales e internacionales sobre gestión del fuego y reducción de la severidad de incendios forestales y es una de las voces de referencia en el estudio y la divulgación en este campo. Madrigal es también la voz detrás de FuegoLab, un espacio donde desde el año 2013 analiza el fuego desde una perspectiva científica, crítica y accesible con numerosas entradas donde explica conceptos técnicos del fuego, su relación con la gestión forestal y retos actuales.
Madrigal ha aportado investigaciones sobre las causas estructurales de los fuegos, entre las que ha citado el abandono rural y la gestión forestal deficiente y ha realizado un trabajo propositivo de mejora a través del enfoque de gestión integrada del fuego. Con esta tesis ha participado en conferencias y debates científicos sobre la conservación de ecosistemas y recientemente ha desarrollado intervenciones en torno a los «incendios de sexta generación» o «macroincendios». El trabajo del investigador promueve enfoques preventivos y científicos frente al fuego, como quemas prescritas o “fuego amigo”, así como la necesidad de políticas de gestión a largo plazo.
Gran parte de su investigación se ha centrado en la provincia de Cuenca, ¿por qué ha decidido basar en este territorio un importante volumen de su producción científica?
Es una historia bonita y de casualidad porque se han dado en el pasado una serie de circunstancias que se han hecho que haya acabado colaborando con personas que en principio no tenía previsto. Esto comienza en 2014, cuando nosotros intentamos recuperar una línea de investigación que yo ya había desarrollado en mi Trabajo de Fin de Carrera. Dentro del laboratorio de incendios del Instituto de Ciencias Forestales la íbamos a introducir en un proyecto del Plan Nacional, y en una colaboración que teníamos ya con el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO).
Las redes sociales, que muchas veces tienen sus problemas e inconvenientes, en este caso para nosotros fueron una línea interesante de trabajo porque descubrí un blog del Centro Operativo Provincial de los Servicios Forestales de Cuenca, en el que veía que estaban haciendo quemas prescritas a bajo arbolado de una forma un poco preliminar. Entonces me decidí a llamarlos directamente y decirles si querían colaborar en esta línea porque queríamos darle aval científico a estas actuaciones forestales. A partir de ahí, primero con una colaboración con la BRIF de Cuenca y después ya directamente con el Centro Operativo de Cuenca, venimos trabajando desde hace 10 años con ellos en esta línea.
«El incendio de Boniches, que ha sido el más grande de Castilla-La Mancha y sucedió en la provincia de Cuenca o el de Poyatos nos están advirtiendo que este régimen de incendios que podría cambiar a futuro».
En estos 10 años que lleva investigando en la provincia, ¿cómo ha cambiado el fuego? ¿Había antes como una especie de ‘incendio tipo’ que fuera más habitual y que se haya modificado por diferentes circunstancias?
Son nuestros compañeros que trabajan día a día con los incendios y que tienen recogido todo el histórico de incendios de la provincia quienes conocen más el desarrollo, pero en principio no se observa una tendencia claramente diferente de hace 50 o 60 años para acá, excepto que sí que se están empezando a ver incendios muy grandes que antes no había. Aunque afortunadamente son ocasionales en la provincia no son muy infrecuentes como nos han demostrado el incendio de Boniches, que ha sido el incendio más grande de Castilla-La Mancha y sucedió en la provincia de Cuenca o el incendio de Poyatos del 2009; estos casos nos están dando una advertencia sobre este régimen de incendios que podría cambiar a futuro.
En principio a nosotros no nos preocupa tanto que sean grandes o pequeños como el que están afectando a una especie emblemática como es el pino laricio, que es el más abundante de la Serranía y que no está adaptado a estos incendios tan grandes. Entonces ahí es donde podemos correr peligro de que el hábitat de esta especie sufra en el futuro, sobre todo con estos nuevos regímenes que parece que pueden venir con el cambio global.

Usted ha manifestado públicamente en numerosas ocasiones que los incendios no son una cuestión nueva y que «son el resultado de 50 o 60 años de abandono forestal y rural», ¿por qué hablamos de abandono forestal y rural? ¿Qué es lo que se ha producido en todo ese tiempo para llegar a este punto actual?
Es un proceso que comenzó a mitad del siglo XX y que se ha producido especialmente en zonas industrializadas del primer mundo. El sistema económico ha tendido a centralizar la actividad económica en las ciudades grandes y la población rural, donde todavía se desarrollaba en su mayoría el sector primario con la agricultura, la ganadería y la servicultura, ha entrado en decaimiento. Realmente se ha preferido importar esos productos de otros países, centralizarlo en todas las grandes ciudades y no seguir obteniendo productos de nuestras propias zonas rurales. Por ello decimos que los incendios son el resultado de 50 o 60 años de abandono de forestal y rural, porque todo esto ha generado que mucha gente al final terminara emigrando a ciudades donde había actividad industrial y se ha abandonado la actividad agraria.
Ahora nos estamos dando cuenta de las consecuencias que está teniendo el paisaje en estas condiciones. Para algunas cosas ese abandono es positivo, porque implica menor presión sobre nuestros ecosistemas desde un punto de vista ecológico en algunos sentidos; pero en el escenario en el que estamos de cambio global, con aumento de régimen de incendios, supone un problema importante. Ha habido un péndulo de la sobreexplotación que hemos tenido desde el siglo XIX hasta principios del siglo XX, a una subexplotación en la que ahora no hay elementos que regulen la acumulación de combustible disponible en los incendios de vegetación, que es lo que después va a haber en los incendios forestales. Es un debate que hay que tener a nivel social y a nivel político para saber realmente cuál es la mejor opción. No es nada fácil porque implica cambios demográficos o cambios en las tecnologías para explotar estos sistemas de manera sostenible y precisamente ese debate es el que me ha traído hasta aquí.
Precisamente en cuanto a debates polémicos está el papel que juegan los agricultores y los ganaderos en los trabajos de limpieza forestal como cortafuegos junto a los servicios públicos para poder adecuar el estado del medio natural. En numerosas ocasiones se han elevado quejas de que no se les da la suficiente importancia o la remuneración adecuada, ¿cuál es su opinión a este respecto?
Hay diferentes opiniones de cómo se debería enfocar toda esta problemática, pero indudablemente creo que sí que hay consenso en que solamente con la actividad pública no se van a poder reducir esos combustibles que están disponibles en verano. La explotación sostenible de los recursos va a depender de que siga habiendo agricultores, ganaderos y servicultores en la zona que hagan una explotación sostenible de esos recursos y hay que contar con ellos. A estas personas y familias que son prácticamente colonos y que empiezan a ser rara avis la sociedad tiene que compensarles de alguna manera, entonces lo que se está planteando es que parte de esos recursos, bien vía impuestos, tasas, ecotasas, tasas forestales o directamente con pagos por servicios ambientales, se pueda compensar a estos propietarios privados por el esfuerzo que están haciendo.
«Asumiendo que el fuego es parte de nuestro ecosistema, debemos convivir con él y establecer las estrategias de prevención de incendios utilizándolo de forma prescrita, que es como lo hacen los técnicos de incendios forestales de forma planificada para reducir esos combustibles»
Anteriormente se ha referido a los incendios de sexta generación o macroincendios, ¿por qué cada vez son más habituales, aunque en nuestra provincia no sea el caso? ¿Cómo se puede luchar activamente contra ellos?
Este verano precisamente hemos visto una tendencia especialmente significativa a esos macroincendios en la zona oeste de la península porque la entrada de de ola de calor ha sido por esta zona, pero si en algún momento la ola de calor o la sahariana entraran por el este podría afectar perfectamente a la Serranía de Cuenca. Uno de los peligros que podría tener incluso a nivel de protección civil la provincia es que un gran incendio de estas características se produjera en el entorno de la propia ciudad de Cuenca e implicase la evacuación de parte de las zonas colindantes a zonas forestales. Es una situación que entra dentro de lo posible porque ya se han dado otros casos en el mundo, en Europa, sobre todo en Estados Unidos y Canadá, en ciudades de cierta entidad en las que no es fácil manejar esas situaciones, así como en zonas de interfaz, que llamamos nosotros, que son zonas de riesgo, de poblaciones más pequeñas o intermedias cercanas a zonas forestales que también corren ese peligro.
Por las características que tienen las masas forestales en la provincia podría darse la situación en la que una ola de calor fuerte entrara por la zona este de la península y que simplemente un rayo, como es el caso de muchos de los incendios que se producen en la provincia, se podría dar este incendio de estas características. Referente a qué se podría hacer, nosotros ahora mismo, a corto plazo, desde un punto de vista forestal se está proponiendo el mantenimiento de lo que llamamos ‘Zonas Estratégicas de Gestión’, que son zonas en colaboración con propietarios privados y con fondos de la administración pública para generar áreas útiles desde el punto de vista estratégico para que los servicios de extinción puedan hacerse con esos incendios y que no se hagan tan grandes. No es tanto los clásicos cortafuegos como establecer unas estrategias también basadas en esas zonas donde tradicionalmente se han hecho áreas preventivas para que puedan trabajar con seguridad los medios de extinción y de alguna forma que esos incendios se circunscriban a cuencas o subcuencas más pequeñas, evitando así que se produzcan esos incendios tan virulentos.
Profundizando más sobre esas Zonas Estratégicas de Gestión, ¿cuál es su utilidad y cómo se determinan?
Estas zonas son zonas que se determinan mediante distintas metodologías y distintos enfoques. Normalmente todas se basan en caracterizar lo que se llaman ‘incendios tipo’, que no es otra cosa que precisamente recopilar los incendios históricos de la zona de trabajo y ver cómo se comporta el fuego y, en función de eso, ver las áreas estratégicas más seguras en las cuales un dispositivo de extinción puede trabajar. Es recuperar el concepto clásico del cortafuegos, pero ampliándolo, pues tienen que ser zonas más amplias que den la posibilidad de hacer maniobras más complejas, que son las que sirven para hacerse con estos incendios. Si hablamos de superficie puede rondar entre el 5 y el 10% de la superficie forestal que habría que tratar de una forma preventiva e intensa para que los medios de extinción sean eficaces. Ese es el escenario que planteamos desde el punto de vista técnico, después, presupuestariamente, se podrá hacer lo que se pueda, pero ese es el objetivo.

Usted defiende dentro de esas herramientas de prevención el uso del fuego…
Hablamos de Gestión Integrada del Fuego, que consiste en asumir que el fuego es un elemento transversal dentro de nuestra vida en general y de la ecología de los paisajes en particular y tener en cuenta también los procesos de regeneración. Asumiendo que el fuego es parte de nuestro ecosistema, debemos convivir con él y en función de eso también establecer las estrategias de prevención de incendios. Al final, es por un lado usar lo que llamamos el fuego bueno, el fuego utilizado de forma prescrita, que es como lo hacen los técnicos de incendios forestales de forma planificada para reducir esos combustibles utilizando el propio elemento que utiliza la naturaleza para reducir esas cargas de combustible.
Eso no quiere decir que sea la única solución. Hay que combinarlo muchas veces con otras estrategias como el pastoreo controlado o la ganadería extensiva, pero hay zonas como es el norte de la provincia de Cuenca en las que ya los ganaderos extensivos son cada vez menos y aunque te puedes apoyar en ellos se reducen las posibilidades de cómo gestionar esas áreas, por lo que aparece el uso del fuego como una opción interesante para mantener esas áreas estratégicas que sean viables de cara a la prevención de incendios. Se trata de utilizar este elemento con criterio científico para no hacer daño al ecosistema y reducir las cargas de combustible que están disponibles durante el verano.
En la cuestión del Fuego Técnico Prescrito su trabajo se ha centrado especialmente en las masas de Pino Laricio presentes en la Serranía de Cuenca que comentaba anteriormente, ¿por qué esta variedad y cuál es el efecto concreto que tiene el uso de fuego preventivo en ella?
El pino laricio tiene adaptaciones a fuego de media y baja intensidad, es un tipo de pino que no regenera bien después de los incendios, porque si el fuego sube a las copas de los árboles se le elimina la piña y el piñón. De hecho, en los grandes incendios que ocupan mucha superficie, como comentaba antes el incendio de Poyatos, ha habido de otras especies, pero de esta variedad no. El Laricio, al ser tan sensible a este tipo de fuego de copa, hace que tengamos que ayudar para que el sotobosque y las hojarascas de las zonas donde crece no acumulen grandes cantidades de combustible que pueden hacer que suban fuego a las copas.
La forma de hacerlo es precisamente con fuego prescrito, porque es elemento natural. Realmente lo que estamos es imitando los fuegos de rayos que hay en la zona del norte de la provincia, un tipo de fuego que esta especie soporta bien porque tienen las piezas gruesas y no afectan a las partes vivas de la planta. Esta línea es en la que trabajamos con los compañeros de gestión para dar aval científico a estas actuaciones que ellos vienen haciendo. El Pino Laricio es un candidato perfecto a este tipo de experiencias que se pueden extender otras especies, pero es la típica especie que está adaptada justo a este tipo de fuego que nosotros hacemos o planificamos de manera prescrita, controlada, evitando los daños al sistema, porque está adaptado a estos incendios de baja intensidad.
¿Cuáles son las soluciones del futuro que habéis extraído de toda esta dinámica de estudio basadas en la ciencia forestal?
Si al final no conseguimos recuperar los usos agrarios, la solución definitiva no existe como tal. Pero lo que sí que puede ser interesante es una combinación de acciones preventivas que nos puedan ayudar a gestionar el territorio. Si circunscribimos las acciones a un porcentaje reducido del territorio, nos tenemos que ir a trabajar o intentar convencer a la población para actuar en estas zonas estratégicas, que sus acciones agrarias se concentren ahí. En el caso de la selvicultura, una opción a largo plazo sería intentar promover o aumentar de alguna forma los aprovechamientos de recursos forestales, pero tiene una franca mejoría. Entonces, movilizar recursos forestales para ponerlos en valor, ya sean maderables o no maderables, es otra opción de futuro interesante pero para eso hace falta promover que la gente se quede en los pueblos, que no se vaya o que vuelva en el caso de que haya actividad económica y eso también implica un reto demográfico importante para que las administraciones no dejen de generar servicios públicos
o que favorezcan la presencia de familias en la zona rural.













