El último día de febrero ha expiado a la Pasión y Cuenca ha relegado el frío y los cielos cubiertos para dibujar para la Hermandad del Santísimo Cristo del Perdón (La Exaltación) una perfecta mañana primaveral, antesala a la floración del árbol del amor, para celebrar con los nazarenos color tierra una jornada para el recuerdo. A las once en punto daba comienzo la Eucaristía en la parroquia de San Esteban, con una luz invernal que a su entrada oblicua por los ventanales iluminaba el perfil del Santísimo Cristo del Perdón con una claridad casi transparente. No era Viernes Santo, pero la emoción se sentía similar en el silencio contenido que anunciaba comunión con Dios.
Se cumplían setenta y cinco años de la llegada a Cuenca de la imagen nacida de las manos, el cincel, la gubia y en definitiva el alma de Marco Pérez. Desde 1951 el paso ha ascendido puntualmente cada Calvario con la solemnidad que lo caracteriza. A las 11:45, tras la misa, se abrieron las puertas. El horario puntual, medido, no era casual, pues la hermandad ha evocado la antigua ‘procesión de las once’, una memoria que aún flota en el habla de los nazarenos a quienes se les dibujan los desfiles en las arrugas de la piel. El cortejo salía majestuoso, arropado por las hermandades conquenses con sus guiones y estandartes, así como por representantes municipales y miembros de la Junta de Cofradías de Cuenca.
Abría el desfile la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías, marcando un pulso firme, casi militar, que cortaba la leve brisa que soplaba con claridad metálica. Tras ellos, un interminable mar de terciopelos y telas, que vestían las calles para dotar con solemnidad el avance del paso, precursores de la Pasión. Cuenca ha respondido como sabe hacerlo, con un inmenso público que se movía casi paralelo a la imagen, llenando cada rincón, cada plaza y cada calle para que el peso de la cruz fuera más leve.
La mañana ha tenido esa luz limpia que sólo concede el final del invierno. En Carretería el silencio se ha antojado inmenso, mientras que en Los Tintes, el eco de las marchas multiplicaba el redoble y crecía elevándose hacia los cielos; en Puerta de Valencia, el Cristo parecía elevarse contra el cielo pálido, en ese dramatismo perpetuo que contiene la imagen. No existía la densidad del Viernes Santo, un día marcado por los contrastes en un Calvario infinito, pero sí una intensidad distinta, casi íntima, en la que los capuces se han quedado guardados esperando para poner rostros a la devoción.
Pero el instante culminante aguardaba al regreso. Rozando las tres menos veinte de la tarde el cortejo se aproximaba de nuevo a San Esteban. Cuando las andas han cruzado el umbral y las puertas del templo han comenzado a cerrarse no ha habido estridencias, solo un silencio espeso, agradecido. La extraordinaria no ha sido un gesto grandilocuente, sino una afirmación callada, tal y como se vive la Semana Santa en Cuenca. La certeza de una hermandad que, consciente de la fragilidad material de lo físico ha elegido vivir la Pasión en la calle y la de una ciudad que ha respondido sin necesidad de calendario oficial. En la parte baja de Cuenca, esta mañana de febrero ha quedado suspendida como una estampa fuera del tiempo. Setenta y cinco años después de su llegada Cristo ha vuelto a enseñar a los nazarenos a seguir recorriendo, año a año, la memoria.













