Almodóvar dibujó en Volver uno de esos retratos entrañables aunque deformados de lo que sucede cuando uno mira sus orígenes, cuando migra y se siente vacío y fuera de sitio en un lugar que nada tiene que ver con quién es. Algo similar le ha sucedido a Raquel Chicharro y su familia con una reconciliación con las raíces, la memoria y la identidad en su vuelta a sus orígenes en Santa Cruz de Moya, donde va a emprender un pequeño negocio, porque los destellos y la fábula de las oportunidades de la gran ciudad no siempre dan sentido de pertenencia.
El local que se mantiene vacío por el momento en la calle Mayor de la localidad, en un futuro albergará un espacio para el bienestar y un servicio básico para muchas personas mayores, una peluquería. Un proyecto con el que Raquel y su familia regresan distintos, con la experiencia acumulada y la certeza de que el hogar no era un punto de partida, sino un destino. Ella marchó a Valencia, trabajó como peluquera, formó una familia y dejó su empleo para dedicarse íntegramente a ella, construyó una vida urbana estable aunque siempre volvía puntualmente al pueblo cada fin de semana porque «nos gustaba estar rodeados de los nuestros», asegura. Y es que en el que es el lugar de origen de su marido y que se encuentra tan solo a unos minutos en coche de su pueblo, el Rincón de Ademuz, residen sus amigos, suegros y por ende, a unos pocos minutos, sus padres.
La decisión fue un paso casi natural y asegura que aunque tenían una buena vida en Valencia, observaron que su lugar de residencia no tenía un peso especialmente relevante en su día a día «nos levantábamos, las niñas iban al colegio, mi marido a trabajar, quizá un rato al parque y luego vuelta a casa». Siendo conscientes de su estilo de vida se dieron cuenta que la misma rutina podían llevarla a cabo en un entorno más favorable para sus hijas, lejos del estrés de la gran ciudad, y aunque en su momento tuvo algunos miedos ahora asegura que «me pregunto por qué no lo hicimos mucho antes». En un entorno natural sus hijas pueden jugar con total tranquilidad en la calle y en el colegio asegura que «tienen una educación casi como si tuvieran un profesor particular», señala.
Otro de los puntos clave en su traslado ha sido su familia. Aunque son muchas las personas que deciden por obligación o necesidad sacar a los mayores de sus pueblos y llevarlos a vivir consigo a las ciudades donde viven en el caso de Raquel y su familia fue justo al revés. Aunque reconoce que hubiera sido «egoístamente mucho más cómodo» y señala estar segura de que tanto sus suegros como sus padres hubieran realizado ese sacrificio «con todo el amor del mundo», asegura que «sacar a cualquiera de ellos del pueblo les hubiera restado vida». En este sentido apunta convencida que «les daría tanta pena que yo creo que incluso podría desembocar en un depresión» ya que «ellos han vivido aquí toda la vida» y refiere que «han bajado un día o dos a Madrid o Valencia, pero están como aturullados».
En toda esta vorágine de cambios el punto de partida ha sido la iniciativa empresarial de Raquel, quien asegura que en inversión inicial «pueden irse entre 25.000 o 30.000 euros». A pesar de que pueda antojarse una cifra elevada, la empresaria apunta que emprender una aventura así «es posible en el mundo rural, porque en una ciudad como Valencia es imposible». Asimismo señala que sin el apoyo de los Bonos Emprendimiento concedidos por el Gobierno de Castilla-La Mancha a través del Grupo de Desarrollo Rural PRODESE el proyecto se hubiera convertido en una quimera, en contrapartida refiere que «hace falta más ayuda en el tema burocrático, porque se hace bastante engorroso para aquellos que no están acostumbrados al papeleo», ha asegurado.
La otra pata para conseguir iniciar una nueva vida ha sido la existencia de las telecomunicaciones en la provincia y su buen funcionamiento, que permiten a su marido teletrabajar sin tener que renunciar al mundo rural. Es precisamente este recurso en el que la emprendedora ha puesto sus esperanzas para que sus hijas no sean la siguiente generación del éxodo rural. «Al principio me planteé que mis hijas tenían más oportunidades de estudio en Valencia, pero no sé a qué van a querer dedicarse ni si, en caso de que quieran estudiar, lo que escojan estará disponible allí». Asimismo la peluquera asegura que «en un futuro quién sabe si con las nuevas tecnologías podrá estudiarse desde donde se quiera y mis hijas, si es lo que quieren, no tendrán que dejar el pueblo para perseguir sus sueños», apunta.
Hasta entonces el pueblo y toda la comarca han recibido la iniciativa y a la nueva familia que integra su comunidad con los brazos abiertos, deseosos de que sus jóvenes no se marchen, de que los que se fueron puedan volver y que el pueblo no esté lleno de vida únicamente en verano. «Lo ideal para mi sería ampliar la plantilla en un tiempo y nada me daría más alegría que mi historia animara a otros emprendedores a instalarse en el pueblo y volver a llenarlo de vida», señala Raquel, quien ha regresado a sus orígenes para regalarle a Santa Cruz de Moya un pedacito de todo lo que le han dado: una vida, un amor, una familia y un hogar al que volver.












