El reparto del público en el primer tramo de la procesión de El Encuentro del Domingo de Resurrección en Cuenca es, en cierto modo, una síntesis demográfica de España. La Plaza de la Constitución viene a ser su Madrid: ese gran centro donde se acumulan las masas y cada metro de suelo —o cada ángulo de visión— resulta muy cotizado. La densidad se irradia con decreciente fuerza a los alrededores: Fray Luis de León (calle del Agua), último fragmento de Los Tintes o Calderón de la Barca. Y luego está su España Vaciada: los recorridos independientes de Jesús Resucitado y la Virgen del Amparo, con sus aceras casi siempre desiertas, donde no hay empujones ni que mover la cabeza para ver el paso. Un territorio en el que la biología impone su sonoridad, hay quien se esfuerza para que sigan pasando cosas y reside una belleza tan auténtica como desaprovechada por la mayoría. Y ambas Españas, ambas procesiones, merecen la pena, sobre todo cuando, como ha ocurrido este año, la mañana se pone de parte, luce el sol y nada ni nadie impide a la hermandad proclamar callejeramente que Cristo ha vencido a la muerte.
Entre uno y otro extremo —como si fuera una capital de provincias resultona— se mueve en términos numéricos el comienzo del cortejo. Hubo testigos de la salida de las imágenes, pero no tantos como, sin ir más lejos, el último Domingo de Ramos. Y casi todos autóctonos por más que ya empezasen a oírse las ruedas de las maletas que constituyen una de las bandas sonoras paralelas y colaterales de este día de Pascua. La Banda de Música de Cuenca (AM Virgen de la Luz) se colocó en ese anfiteatro que es la Plaza de San Andrés para recibir a ambas imágenes a las diez de la mañana con el himno de España. En singular. Cada efigie fue por un lado de la calle del Peso, fiel al programa, a la simbología y al ritual que se repite en tantos lugares de la diócesis conquense y del país entero.
Flores como rascacielos
El Resucitado, que iba precedido por la Banda de la Junta de Cofradías, se explayó triunfante y ligero por el tobogán pétreo de las Curvas de la Audiencia y el Puente de la Trinidad. Era un discurrir ya inequívocamente alegre, aunque la ciudad se contenía aún sin sacudirse del todo el drama y los únicos que se atrevían a hablar, más bien a cantar, eran los pájaros. Un silbo seráfico.
Un medido adorno floral permitía contemplar la escultura de Leonardo Martínez Bueno sin interferencias, hasta la misma nube de la base. El florista Mario Martorell (Pasión y Arte Floral) —que este domingo, por cierto, cargaba el paso— eligió una combinación de solidago, ericyum, alstroemeria, statice, paniculata, rosas marfil, clavel beige, bouvardias, anthurium blanco, hojas verdes de corte y unos originales amarantos en cascada. Era un exorno que escalaba hacia abajo, como los Rascacielos de San Martín sobre la pared de la Hoz del Huécar.
María Santísima del Amparo, por su parte, encaró aún enlutada la calle Solera y el descenso con la marcha ‘El Prendimiento’ de Julián López Calvo interpretada por la Banda de Cuenca, que le dedicó en Los Tintes ‘Jesús Resucitado’ de otro Julián, Aguirre. No sale en las guías turísticas ni apenas en los estados de WhatsApp, pero el discurrir en paralelo al río Huécar es por naturaleza uno de los momentos más hermosos de la Semana Santa. A un cauce con mucho desperdicio —vasos de plástico, platos y botes— ‘cayó’ una única partitura, un vestigio ya casi testimonial de una costumbre antigua de los músicos de desprenderse de ellas en la última procesión.
El catálogo botánico que embellecía a la madre se compuso de especies como statice, anthurium y rosas en tonos rosas, claveles y alstroemeria blancos, bouvardia, paniculata y orquídea dendrobium.
Tras la talla mariana desfilaba la concejala Saray Portillo en representación del Equipo de Gobierno mientras que Jorge Sánchez Albendea, presidente de la Junta de Cofradías lo hacía en representación de la institución nazarena. Justo antes del Encuentro se le uniría toda su Comisión Ejecutiva.
Muchedumbre y viva a Cristo Rey
El ansiado encuentro sucedió pasadas las 11:20 horas. Mucho antes ya había gente agolpándose en la Plaza de la Constitución y sus alrededores, ese kilómetro cero emocional de la jornada. Por entonces ya sobraban los abrigos y hasta los jerseys: el calor no perdonaba y se agravó con la aglomeración, por lo que los servicios sanitarios tuvieron que abrirse paso auxiliados por la Policía Nacional para atender a una mujer que sufrió una lipotimia. Hubo también los típicos nervios y reproches en estos hacinamientos humanos, pero nada que pasara a mayores. “Un poco de respeto, que está pasando la procesión”.
Ante esa muchedumbre se repitió el ritual: Madre e Hijo se aproximaron mientras se escuchó la marcha ‘Jerusalén’ y ya surgieron los primeros aplausos junto a algún intento también de acallarlos por impacientes. Cuando se podía, la mirada saltaba alternativamente a uno y otro, como en una suerte de partido de tenis de lo sagrado. Después, la cofrade Miriam Benito se aupó a las andas y liberó a la Virgen de su manto negro para descubrir el de color verde esperanza. Antropología concentrada en un gesto que generó nuevos y más intensos aplausos.
Una voz espontánea gritó entonces un “¡Viva Cristo Rey!” y un “¡Viva el Hijo de Dios!”: los vítores fueron secundados, pero no de manera unánime, ni siquiera mayoritaria. Hubo también murmullos de sorpresa y algunos comentarios de desaprobación en voz baja. Incluso valoraciones más gruesas al interpretar desde una perspectiva política las proclamas. Hasta en esto hay dos o tres Españas. Volaron las palomas para regocijo más transversal de la audiencia.
En el Monumento al Nazareno la Palma colocada por la hermandad de San Juan Evangelista y el ramo de flores ofrecido por la Soldad del Puente. Otro ramo, el que había sido regalado este Sábado Santo en San Andrés, por la hermandad de Nuestra Señora de los Dolores y las Santas Marías, fue depositado por los miembros de la cofradía del Resucitado en memoria de todos los nazarenos fallecidos. El gesto iba más allá de la memoria o el dolor por la ausencia sino la convicción de que una nueva vida les espera.
A continuación, Gonzalo Marín, párroco de El Salvador, entonó el Regina Coeli (Reina del Cielo) la oración mariana que durante el tiempo pascual sustituye al Ángelus. El rezo fue seguido en general con respeto, devoción o atención, pero hubo más ruido del deseable por las prisas de algunos espectadores en hablar o abandonar el lugar en cuanto se había completado el Encuentro.
En paralelo
La procesión ya fue una para que todos creyeran. Y si no fueron todos, sí muchos. El acerado Carretería, José Cobo, la Plaza de la Hispanidad… fueron populosos distritos repletos con hasta tres y cuatro filas.
El cortejo se ordenó ya con el orden previsto. Primero la cabecera y banda de la JdC y luego la presencia de todas las hermandades de la Semana Santa y el Grupo Turbas: primero las hermandades cristíferas (los que habían ido con El Resucitado), luego las hermandades marianas o vinculadas a San Juan (las que habían ido con la Virgen) y, en preeminente última posición antes de la hermandad del día, precisamente la del Apóstol Evangelista en recuerdo a su histórica vinculación con este desfile.
Hubo representaciones muy numerosas, como las de Jesús de Medinaceli o el Cristo de la Agonía, entre otras, y se pudo admirar el nuevo guion de la Congregación de Nuestra Señora de la Soldad y la Cruz, pero, al contrario que el Viernes Santo, esta vez no iba atado al asta, ya que no cabía en este recién abierto tiempo pascual esa señal de luto. El diseñador de la enseña bordada por el taller de la Virgen de la Esperanza, Adrián López Álvarez, contemplaba en una acera de Aguirre el resultado de su trabajo. También es el autor de la diadema procesional que lucía la Madre del Amparo.
Unos metros antes de donde estaba viendo el desfile, en la Plaza de la Hispanidad, ambas imágenes se colocaron una al otro lado de la otra para comenzar a procesionar en paralelo. La Banda de Cuenca tocó entonces por primera vez en la vía pública la marcha ‘Bajo tu Amparo’ compuesta por José Luis Torijano. Fue una estampa de esas que gustan y se recuerdan aunque más corta de lo previsto: la idea inicial era que el caminar paralelo se extendiese por toda la calle Aguirre, pero se tuvo que interrumpir antes porque las ramas de un árbol en el lateral interferían la trayectoria de Jesús.
Euforia
Las temperaturas iban ascendiendo y enrojeciendo las pieles que lamentaban no haberse impregnando el protector solar. Parece mentira que fuese la misma ciudad, la misma estación y el mismo clima que los del huracanado y frío Domingo de Ramos.
Los grados iban en aumento proporcional al júbilo de una jornada. La procesión, elegante, iba cada vez más alegre. La ciudad respiraba esa nostalgia anticipada tan propia de este día final, pero matizada esta vez por la sordina de la satisfacción de que las diez procesiones hubiesen salido y completado sin recorrido sin miradas a los radares ni calcular los porcentajes. Había hasta euforia en las conversaciones. Y eso se notaba en las marchas alegres y esperadas que se desgranaban por Las Torres, la Puerta de Valencia o el inicio de la subida.
Mientras, por tantos vericuetos como Cuenca permite -por callejones, cuestas y túneles- para no cruzarse con el dilatado trayecto iban llegando a San Andrés los que no querían perderse la despedida del cortejo. Entre ellos, como sucedió también al inicio, hermanos del Resucitado a los que la salud y la edad les impedía salir coyuntural o permanentemente en la procesión. Porque a veces la vida manda y se deja de estar, pero nunca se deja de ser. Un complemento espiritual a unas filas no excesivamente nutridas pero en las que sí pudo verse mucha renovación y varios bebés que no llegaban al año.
El Peso y la plaza se fueron tapizando de bordados y sonidos. La Policía Local estuvo presente en este año para controlar que se respetaban los espacios reservados y también para hacer hueco a los pasos cuando ya se adentraron por la estrecha vía.
El Resucitado salvó los escalones en esa inclinación casi teológica y, con algo de dificultad efímera, la Virgen hizo lo mismo. Desaparecieron las gualdrapas que mostraron el mecanismo con el que ambos pasos accedieron al templo entre las notas marciales de la Banda de Junta de Cofradías en el último esfuerzo de muchos. Hubo un intento de aplauso que se apagó por el soberano colectivo y esa espiral de silencio se mantuvo en el último baile de la Virgen, ya sin trompetas, ni palmas, pero con su promesa cumplida. Para unos pocos y para muchos, para todos.
PS: Ya queda menos, si Dios quiere. El 19 de marzo de 2027, día del Padre y festividad de San José, es Viernes de Dolores.
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