La despoblación en los pueblos de la provincia de Cuenca cada vez es mayor y se acentúa en aquellos más pequeños que están hoy en día en peligro de extinción. Este territorio es uno de los que más municipios tiene en Castilla-La Mancha, de los cuales muchos tienen aldeas en los que apenas viven 20 personas. Uno de ellos es Las Rinconadas, en la localidad serrana de Santa Cruz de Moya.
Estos lugares durante el invierno están vacíos y viven incluso menos habitantes de los empadronados. Sin embargo, en la época estival las calles tienen otro ambiente, pues los emigrados a las grandes ciudades vuelven para disfrutar de la tranquilidad y la vida del pueblo. El final del verano se convierte en un escenario de reflexión para los que tienen que regresar a su hogar, una reflexión que lleva a «hacer algo en el pueblo» para poder vivir allí.
Ese pensamiento lo tuvo Rubén Poza, un ingeniero agrónomo que, a pesar de haber nacido en Barcelona y vivir en Valencia, su lugar está en Las Rinconadas. Ese amor por su aldea lo llevó a meditar durante la pandemia de la Covid-19 sobre formas para atraer población a su pequeño pueblo. De ahí y de sus conocimientos sobre agricultura surgió la idea de plantar lúpulo, una planta trepadora cuyas flores se usan principalmente para elaborar cerveza y de la que vio un futuro negocio. En la actualidad, es la única plantación que existe en Castilla-La Mancha.
«Mi idea fue buscar un cultivo que fuera rentable, no solo para mí, sino para mi aldea», destaca Poza a Voces de Cuenca. El lúpulo, conocido como «oro verde», fue una de esas plantas que le interesó al comenzar la carrera y que volvió a retomar para este fin. Esta flor apenas se conoce fuera de la provincia de León, donde se produce el 90% del cultivo en el país, y en Galicia gracias a una marca cervecera.
Tierras agrícolas en abandono
Rubén Poza es dueño de una empresa de ingeniería rural en Valencia y se especializó en energías renovables, pero su misión es vivir en un futuro en su aldea. Allí, dice, solo hay «agricultura en abandono» y quería potenciar esas parcelas vacías. Es por ello que pensó en el lúpulo, ya que en su huerta había regadío y «climatológicamente daba los valores necesarios para su cultivo».
El ingeniero agrónomo destaca que las características que tiene que tener la tierra para que acoja el lúpulo es que sea arenosa. Asimismo, la flor necesita mucho frío en invierno y mucho sol y agua en verano. «Necesita riego, por lo que no vale para zonas que no lo tengas asegurado», resalta. Algo que en la aldea se cumple gracias al paso de los ríos Turia y Arcos y al ubicarse en la Serranía conquense.
«Como vi que todo cuadraba, empecé a moverlo pero sin hacer ninguna prueba», asegura Rubén, pues vio el interés del mercado cervecero del país en producto nacional porque «el 95% del lúpulo que se consume en España viene de centro Europa» y, a raíz de la pandemia, necesitaban tener también producto de cercanía.
Investigación universitaria

Poza presentó su proyecto a la Delegación Provincial de Desarrollo Sostenible en Cuenca y, con el fin de recibir ayudas, necesitaba crear un grupo de investigación en solo quince días. Consiguió a siete participantes de la Universidad de Castilla-La Mancha, del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos del CSIC, la Universidad de Valencia y la Reserva de la Biosfera del Alto Turia y el grupo de acción local PRODESE.
El equipo comenzó con la investigación del lúpulo en modalidad de cultivo ecológico, «una plantación que en España no existía», afirma Rubén. La investigación se comienza a realizar con una hectárea de terreno, pero el ingeniero agrónomo compra un rento en Las Rinconadas para seguir con el cultivo en él.
Después de tres años, Poza sostiene que han conseguido certificar que el lúpulo «funciona» es tierras de la Serranía conquense, con ejemplares de siete metros de altura y con una producción «dentro de los ratios» y con un porcentaje de alfa ácidos (el amargor que genera la flor) «por encima de la media de lo que en España se suele obtener». «Hemos encontrado una pequeña mina», resalta el ingeniero agrónomo.
Rubén Poza afirma que en la aldea han instalado máquinas para procesar la flor, que no un fruto, aclara el ingeniero. Su tratamiento consiste en recoger la flor y secarla rápidamente «porque sino se estropea», después de se enfría y se empaca para que se oxide lo mínimo posible. Este proceso se tiene que hacer dentro de las 24 horas siguientes del arranque de la planta.
Una de las dificultades de esta flor es que tarda tres años en llegar a su fase adulta, dice Rubén, además de ser una planta cara, pues una hectárea cuesta alrededor de 20.000 euros. «Todos los años tienes que poner cuerdas para que puedan crecer hasta los siete metros de altura, algo que necesita mucha mano de obra», subraya.
«El proyecto busca dar la oportunidad de atraer a habitantes para que puedan vivir del lúpulo»
La idea de Poza es «crecer» y confirma que lo que está generando actualmente con el lúpulo lo ha vendido. Sin embargo, destaca que el proyecto no nació para que el ingeniero agrónomo gane más dinero, sino con el fin de que su aldea, Las Rinconadas, «no desaparezca». «Hay mucha gente joven que le gusta venir al pueblo y hay que crear un motor».
El «fin social» es que en la finca de más de 60 hectáreas donde se está cultivando el lúpulo pueda llegar a vivir entre diez y doce familias. «Podríamos llegar a multiplicar los habitantes de la aldea y tendrían todas un futuro», sostiene Poza. Es por ello que el trabajo actual de Rubén es demostrar que «esto funciona, con datos reales que se dieron en la fase de investigación, pero ahora a nivel comercial para que se vea que hay demanda y se puede vender».

Hoy en día, Poza ha conseguido atraer a una familia de cuatro integrantes de Barcelona para vivir en Las Rinconadas y trabajar con la plantación del lúpulo. «Gracias a ello, esta flor es una realidad, porque yo no tendría tiempo durante el día para atender todo», resalta. Es decir, el ingeniero ha conseguido sumar cuatro habitantes más a una población de 20, «por lo que el fin social que estábamos buscando se está consiguiendo».
Con vista puesta a los próximos cinco años, Rubén espera que su plantación haya crecido hasta las seis hectáreas y que haya otra familia. Lo más difícil de conseguir, según Poza, es «el capital humano, encontrar a alguien que se aventura a vivir en el pueblo y a trabajar aunque el lúpulo te lo permita».
El objetivo desde el minuto uno de Rubén fue buscar un cultivo que generara mano de obra para atraer a nuevos pobladores a Las Rinconadas. Hoy en día, el ingeniero agrónomo vive en Valencia, aunque sube y baja a su pueblo todas las semanas. De momento, dice, el lúpulo no le permite vivir en su aldea, pero su visión de futuro es que pueda acabar allí una vez crezca el negocio.
El proyecto ha salido adelante gracias, además, a «la gente de la aldea», resalta Rubén Poza. Agradece a todos aquellos que «tienen algún tipo de relación, contacto o que son de la aldea, aunque no vivan allí, y me han ayudado a recoger el lúpulo, que lo han hecho de forma totalmente desinteresada». «Quieren que esto salga adelante y sin ellos esto no sería tampoco posible», sentencia.












