La Semana Santa se abre paso silenciosamente en los templos, es en ellos donde la fe permanece en un gesto intimista que algunos podrían interpretar como la quietud del descanso hasta el siguiente Domingo de Ramos. Nada más lejos de la realidad, el reflejo de la devoción en las calles no es más que la apertura de lo que permanece silente, que no dormido ni olvidado, el resto del año. Es en esta semana y sus cuarenta días precedentes donde se suceden esos contrastes, capaces de generar sentimientos incluso en aquellos que no creen o que viven su espiritualidad de otro modo. Contrastes como el que arranca el tañido de la campana heráldica a su paso por San Pedro en una soleada y primaveral tarde de domingo sin apellido, ni de Ramos ni de Resurrección, un domingo previo, en capilla para lo que ha de venir.
Como cada año, puntualmente San Pedro ha abierto sus puertas para el traslado del Santísimo Cristo de la Vera Cruz en un gesto que para muchos nazarenos se siente parecido a los tres toques de San Andrés, el alfa y el omega de todo. Así lo ha dejado patente el público, al principio más discreto pero que a medida que han rozado las cinco de la tarde se ha convertido en una pequeña multitud. Sin melodías, coros, misereres ni motetes la Vera Cruz ha desfilado en horizontal, a hombros de sus portadores para ocupar la posición vertical sobre sus andas. Una posición que per se puede no parecer relevante, pero cuyo significado implícito es la cercanía de la Pasión.
La campana de reo de muerte y los tambores roncos han marcado el paso de un desfile que pudiera parecer fuera de lugar por solemnidad, seriedad y respeto, con luto riguroso de los hermanos, portadores y portaenseres en una tarde que más bien se antojaba ociosa. Sin embargo en Cuenca, ciudad de los contrastes, no podría tener más sentido que una procesión nocturna por definición porte a su imagen hasta las andas a plena luz del día. Una imagen capaz de hipnotizar a la multitud de turistas que a propósito o por la providencia se han encontrado con la estampa y que se han agolpado en la puerta de sus hoteles en San Pedro y han atravesado la ronda de Julián Romero para seguir al Señor hasta la Catedral, templo desde el que saldrá en procesión el próximo Lunes Santo en su particular itinerario con las Siete Palabras.
Un sol de justicia ha dejado entrever los tonos ocres, cetrinos, que conforman la policromía de la imagen, cuya riqueza muchas veces escapa a la vista precisamente por la oscuridad de la noche durante su procesión o por la iluminación de las iglesias de San Pedro -donde permanece todo el año- y la Catedral. Escoltado por unas pobladas filas de fieles, la luz de las velas ha guiado el desfile, que se ha desarrollado con rigurosidad y sin incidentes, con un silencio general que ha dado buena cuenta del respeto de los conquenses y que han entendido a la perfección los visitantes.
La elevada presencia de familias, niños y jóvenes ha dado cuenta del buen estado de salud de una hermandad que ha conseguido bajar su media de edad entre las filas. Los más pequeños se han implicado portando los enseres de cabecera -el guion y dos faroles- que ya lucieron en la procesión infantil de la pasada semana. Aquellos que tenían unos años más han aprovechado para dar sus primeros pasos como hermanos implicados en la cofradía con cirios y faroles o simplemente acompañando al Cristo. El conjunto se ha rematado con la presencia de directivos, hermanos mayores, cruz de guía e insignias de la hermandad. Asimismo, sendas representaciones del Titulus Crucis que Poncio Pilato ordenó colocar sobre la cruz de Jesús para indicar el motivo de su condena, y la corona de espinas y los clavos de la crucifixión han desfilado tras el Cristo.
El rezo ha estado dirigido por el consiliario de la hermandad, José María Martínez Cardete, quien como es habitual ha pronunciado la oración de las Cinco Llagas. El texto es una devoción católica centrada en las heridas de Jesús durante la crucifixión: sus dos manos, dos pies y su costado. La oración se pronuncia para venerar el dolor sufrido por Cristo, reconociendo en sus heridas el precio de la redención y la salvación. Una preparación espiritual para el final de la Cuaresma.
El recorrido se ha completado en poco más de una hora, el reloj marcaba las 17:50 en el momento en el que los portadores cruzaban las puertas de la Catedral. Tras recorrer la girola con la misma solemnidad con la que se ha desarrollado el resto del desfile y rezada la última oración por el consiliario, los hermanos han sostenido al Señor en un esfuerzo con parte de capacidad física y parte de habilidad para situarlo ya, verticalmente, sobre las andas a espera de el Lunes Santo, cuando volverá a cruzar las puertas de la Catedral a las 21:30 horas.










