Antonio Melero Pita
En Riña de gatos, Eduardo Mendoza retrata una sociedad enredada en conflictos menores, equívocos grotescos y discusiones accesorias mientras, en segundo plano, se cuecen problemas mucho más graves. Todo es exagerado, casi cómico, pero profundamente reconocible. El lector sonríe porque sabe que no está tan lejos de la realidad.
Algo parecido ocurre estos días en Cuenca con la propuesta municipal para el control de las colonias felinas. No por los gatos —que hacen lo que los gatos llevan haciendo siglos—, sino por el enfoque elegido para regularlos. Un enfoque minucioso, solemne y sorprendentemente celoso, como si en ello se jugara el porvenir de la ciudad.
El Ayuntamiento despliega normas, advertencias y un lenguaje casi pedagógico para ordenar la convivencia con los gatos urbanos. Carteles claros, instrucciones visibles y una voluntad reguladora que no deja espacio a la improvisación ciudadana. Todo está explicado. Todo está previsto. Todo está cuidadosamente protegido.

Nada que objetar al bienestar animal. El problema no es ese. El problema es el contraste. Porque cuesta no preguntarse por qué esa diligencia normativa aparece con tanta nitidez en este ámbito y se vuelve borrosa cuando hablamos de personas. De servicios públicos tensados, de barrios que envejecen sin relevo, de jóvenes que se marchan, de profesionales que trabajan en condiciones precarias o de decisiones municipales que se toman sin explicación suficiente.
En esta pequeña riña de gatos local se concentra algo más que una ordenanza discutible. Se concentra una forma de gobernar. Una política que prefiere el terreno cómodo de lo simbólico, de lo que queda bien, de lo que no genera contestación real, antes que afrontar debates incómodos sobre prioridades, recursos o modelo de ciudad.
El resultado es una escena casi mendoziana: una administración muy eficaz regulando lo menor y extraordinariamente torpe a la hora de abordar lo esencial. Un despliegue de sensibilidad animalista que, llevado al extremo, roza lo absurdo cuando se compara con la atención real que reciben muchos vecinos.
Cuenca acaba así atrapada en su propia riña de gatos: mucho ruido normativo, mucha buena intención declarada y poca utilidad práctica. Los gatos seguirán siendo gatos. Y los problemas humanos seguirán esperando, discretamente, a que alguien los considere dignos de un cartel, una explicación clara o una prioridad política.
Hasta entonces, Cuenca seguirá enseñándonos civismo desde las farolas.
Eso sí: con cuidado de no molestar al gato.













