El parque de las bajas emisiones

Antonio Melero Pita

El Parque de San Julián está llamado a convertirse en uno de los símbolos de la futura Zona de Bajas Emisiones de Cuenca. La noticia debería alegrarnos. Después de todo, hablamos de un parque centenario situado en el corazón de la ciudad, un lugar concebido para el paseo, el descanso y la convivencia. Sin embargo, al escuchar hablar de bajas emisiones, uno no puede evitar pensar en otras emisiones que parecen haber disminuido en los últimos años y que apenas figuran en los informes técnicos: las de silencio, las de tranquilidad y las de esa forma pausada de disfrutar del parque que durante generaciones formó parte de la vida de los conquenses.

Porque antes de convertirse en objeto de planes de movilidad y estrategias urbanas, el parque fue simplemente el parque.

Fue el lugar donde varias generaciones aprendimos a jugar a las chapas, al clavo, al rescate, al potro o a la taba. Allí pasábamos tardes enteras sin más tecnología que la imaginación y una pandilla de amigos. Allí nacieron amistades que han durado toda una vida, surgieron los primeros noviazgos y se dieron muchos primeros besos. El parque era una pequeña escuela de convivencia donde niños, jóvenes y mayores, cada uno ocupando su lugar con una naturalidad que hoy parece haberse vuelto más difícil de encontrar.

También formaban parte de aquel paisaje los guardas del parque. Recorrían los paseos con su vara y una autoridad serena que rara vez necesitaba imponerse. No hacían falta cámaras de vigilancia ni interminables reglamentos. Bastaba una mirada para recordar a los más inquietos que aquel espacio pertenecía a todos y que precisamente por eso merecía respeto. Aquellos guardas eran tan característicos como los árboles, las fuentes o los bancos donde se sentaban los mayores.

Y estaban los gorriones. Miles de gorriones. Quienes frecuentaron el parque hace décadas recordarán aquel murmullo constante entre las ramas, mezclado con las conversaciones de los jubilados y los gritos de los niños jugando. Hoy los gorriones son cada vez más escasos, mientras las palomas parecen haberse convertido en las auténticas propietarias del lugar. Los bancos, los paseos, las estatuas e incluso los propios visitantes conocen bien los efectos de semejante prosperidad.

La música tampoco era una extraña en el parque. Siempre estuvo presente. Para eso existía aquel hermoso quiosco modernista que ocupaba un lugar central y que durante tantos años acogió conciertos y actuaciones populares. Resulta paradójico que ese quiosco, concebido precisamente para integrar la música en la vida del parque, haya permanecido abandonado durante tanto tiempo mientras proliferan escenarios provisionales, equipos de sonido cada vez más potentes y actividades que transforman periódicamente el entorno en una prolongación del recinto ferial.

Y es aquí donde aparece la gran contradicción. Mientras se nos habla de reducir emisiones procedentes del tráfico rodado, el parque soporta cada vez con mayor frecuencia concentraciones gastronómicas, concursos de hamburguesas, semanas de la tapa, food trucks, actuaciones musicales y verbenas que ocupan durante días uno de los espacios más sensibles desde el punto de vista vecinal. Al parecer, las emisiones procedentes de un tubo de escape merecen toda nuestra atención, mientras que las procedentes de parrillas, planchas, freidoras y altavoces pertenecen a una categoría diferente, más amable y compatible con la sostenibilidad.

No se trata de cuestionar la utilidad de estas actividades ni de negar su capacidad para atraer visitantes. La cuestión es otra. La cuestión es si un parque centenario debe asumir de forma creciente funciones que poco tienen que ver con aquello para lo que fue concebido. Porque el parque no es una explanada vacía esperando acontecimientos. Es un espacio vivo utilizado cada día por personas concretas.

Basta pasear por sus senderos cualquier mañana para comprobarlo. Los usuarios habituales del parque son, en buena medida, personas mayores. Jubilados que ocupan los bancos de siempre, vecinos que buscan conversación, personas apoyadas en sus bastones, usuarios de sillas de ruedas acompañados por familiares o cuidadores. También siguen acudiendo padres y abuelos con niños pequeños. Gente que no busca espectáculos multitudinarios ni experiencias gastronómicas de fin de semana. Gente que simplemente busca un poco de tranquilidad.

A esa realidad se añade otra que apenas aparece en los debates públicos. Los paseos del parque se han convertido en vías de circulación para bicicletas y, sobre todo, para patinetes eléctricos que a menudo atraviesan zonas peatonales a velocidades incompatibles con la presencia de ancianos, niños o personas con movilidad reducida. Son vehículos limpios y silenciosos, sin duda. Pero cualquiera que frecuente el parque sabe que la ausencia de humo no elimina todos los riesgos. Más pronto o más tarde acabará produciéndose algún accidente serio si se sigue considerando normal lo que claramente no lo es.

Tal vez haya llegado el momento de preguntarse qué entendemos realmente por calidad ambiental. Si se trata únicamente de reducir determinadas emisiones, la respuesta parece sencilla. Si además hablamos de descanso, de seguridad, de convivencia y de respeto por la función original de los espacios públicos, el debate resulta bastante más complejo.

Los parques no son recintos feriales permanentes. No son plataformas gastronómicas. No son circuitos para patinetes. Son lugares donde una ciudad se encuentra consigo misma. Por eso varias generaciones de conquenses conservamos recuerdos imborrables de este parque. Porque allí aprendimos a jugar, a convivir y a crecer.

Y porque algunas de las emisiones más importantes de una ciudad no salen de un tubo de escape. Salen del silencio, de la sombra de los árboles, de una conversación tranquila en un banco y de la posibilidad de que un niño juegue sin peligro mientras un anciano pasea despacio. Ésas son las emisiones que merecería la pena conservar.