De marchas y pasodobles

Por José Miguel Carretero Escribano

«De marchas y pasodobles» forma parte de la Revista «Gólgota» del presente 2026. No obstante, no quiero faltar a mi cita anual en la versión digital de «Voces de Cuenca» y por ello aparece también aquí. Además, al final del texto, añadimos diversos enlaces para poder escuchar las marchas y los pasodobles, especialmente, en algunos casos, en las versiones a las que hago referencia. Gracias y a disfrutarlo.

“Viva el Pasodoble, que hace alegre la tragedia; viva lo español”, proclama con su poderío vibrante y único La Jurado, la más grande, cantando esa preciosidad compuesta en origen para la dulce Jeanette (álbum “Corazón de poeta”) por el prodigio creador de Manuel Alejandro. Menos sabido es que éste, de nombre solo Manuel, se apellida Álvarez-Beigbeder y que su padre Germán, jerezanos ambos, fue un gran autor de marchas procesionales, predilecto de mi mentor Aurelio Cabañas, que fue quien me lo descubrió en aquellas memorables audiciones en su casa del Parque. Todo concuerda y une.

     Es que van de la mano, marchas y pasodobles, compartiendo compás y, por siempre, esa emoción que nos hace vivir y pervivir. Y nos cuentan historias, alegrías y tristezas, desamores y amores, negras penas y albores de esperanzas. De los hombres y mujeres. Y de Dios.

     Los que más conocen de esto se esfuerzan, nunca en vano, porfiando para explicar orígenes y técnicas, modelos y claves, hasta detenerse ante lo esencial: el sentimiento. Y ahí no caben clasificaciones.

     Son música del pueblo, acaso más que ninguna otra, tan culta como cualquiera, clásica y no clasista; que ya está bien de rimbombancias afectadas con poca piel y menos entraña, altisonantes al fin.

     Y hay una comunión especialísima entre hacedores e intérpretes. Los primeros, primorosos, con su genialidad versátil y la inspiración alerta, laboriosos y humildes, admirables, admirados. Y los segundos formándose y formando en formación, para andar y tocar en esas Bandas, militares y civiles, primiciales y primordiales en el desarrollo musical de nuestra España.

     Componer y dirigir fue la sagrada misión cumplida por los que merecieron ser llamados Maestros (recordemos, de magister), magnos y soberanos, fabulosos y espléndidos, adjetivos que antaño fuesen marcas de espirituosas bebidas, hasta embeberse en el espíritu castizo y preclaro. Y para ello fue crucial avivar las corrientes ilustradas por los cuatro costados de la tierra patria.

     Así se esparcieron las unidades musicales de la milicia y a su frente, ganándose plaza a pulso en buena lid, hicieron curso de honor grandes talentos.

      Y lo mismo sucedió en las Ciudades, aplicando usanzas europeas sin fronteras: se recrearon creando sus propias Bandas Municipales. Así la de Madrid (1908, Alcalde el Conde de Peñalver); antes, qué cosas, la de Cuenca (1895, Alcalde Santos Fontana); a todos nos rebasa y sobrepasa, una pasada, Liria (1819, fundada por el fraile Antonio Albarracín Enguídanos): el sol sale por el este.

     Música, pues, para Banda y con ella desfilar al dos por cuatro, al paso, doble. Y tras del Paso, en Procesión. Marchas para marchar y quedarnos con ellas, unas marciales y otras nazarenas: fúnebres, lentas, regulares, de palio, de Gloria; procesionando. Con diferente tempo a veces en Concierto y, a cuerpo limpio, en la calle; memoria y voluntad. Y toda la pasión.

     Y con toda la mía por la Pasión, me he propuesto, aquí y ahora, contar y hasta cantar algunas melodías, siquiera por escrito, y acercar la tenue luz de mi tulipa hacia quienes relucen, radiantes, a la diestra de Dios Padre, con partituras por alas y la batuta, varita, con la que hicieron magia, y a nosotros felices.

       Me he mojado, hasta empaparme a conciencia, para seleccionar un puñado de autores, cinco como los dedos de una mano abierta, puntas de una estrella que guía. Y de cada uno de ellos, un pasodoble y una marcha. A mi gusto y por mi cuenta. Por supuesto que pensando mucho en Cuenca y en la Semana Santa y procurando testificar vivencias.         

    Sé que no se me van a enfadar los demás. Y vamos con este quinteto: Cabañas, Texidor, Fernández-Cabrera, Marquina y Cebrián. Ya nos esperan.

    ¡Música, Maestro!.

     NICOLÁS CABAÑAS: “MARCHOSO” Y “SAN JUAN”.

     No se puede ser más conquense que el Maestro Cabañas Palomo (1871-1948). Si es que nació en la Calle de las Tablas, en el n.º 1, donde la Plazuela de Santo Domingo muestra la cuesta abajo hacia el Almudí y el Huécar. Y gran parte de su vida habitó en Carretería, acera de los pares, casi contiguas su casa y la de mi abuela Águeda, viuda de José Carretero: de ahí proviene la fidelísima amistad entre nuestras dos familias, siempre en cuarto creciente, cual luna de Pasión, blanca como las túnicas del “Beso”.

     De las varias cosas que tengo escritas y publicadas sobre los Cabañas, nunca suficientes para lo que merecen, escojo aquí mi “Aurelio Cabañas: un siglo de Semana Santa” (“Cuenca Nazarena”, 2017); allí sigue, impreso y libre, en lustroso papel y en la red, y con bibliografía. Ahora he de añadir detalles y hechos nuevos, por mi presente empeño.

     Lo mejor, hoy, es que la obra musical de Don Nicolás, rica, variada y formidable, está a salvo y a disposición de los estudiosos. La guardaron con esmero sus hijos y al fallecer el último, Aurelio, se tomó la acertada decisión de donarla al Archivo Histórico Provincial de Cuenca, al óptimo cuido de su Directora Almudena. Y en esa atalaya nuestra de piedra y memoria, entre cielo y hoces, donde apenas empieza y termina la Ciudad, suenan ahora los silencios y claman atención las notas de los valses y “schottis” (así, con la ese por delante y doble te), operetas y zarzuelas, rumbas y farrucas, nacido todo del genio y el ingenio del Maestro, hombre de su tiempo.

    Pero vamos al tajo, a la vera del Júcar. Es “Marchoso” un pasodoble de Nicolás Cabañas con garbo y título que luce moderno y actual, ritmo exacto y melodía grata en el trío. Y ahí te quiero ver, y escuchar. Porque la cosa va de parecidos: busca, compara y admírate. Resulta que en 1939, con España desgarrada y exangüe, se estrenó en Córdoba el pasodoble “Manolete”, compuesto por Pedro Orozco y José Ramón Celares para quien entonces era un novillero rampante a punto de tomar la alternativa y luego devino icono y luto nacional. Llegas al trío y constatas su, más que notable, sobresaliente similitud con el de “Marchoso”, obra previa y, como mínimo, hermana mayor.

     No es caso único y bastará recordar, paradigmático, que las nueve primeras notas de “Mektub” (Mariano San Miguel, 1925) son idénticas a las iniciales de la banda sonora de “Los Diez Mandamientos” (Elmert Bernstein, 1956). Reitero lo que escrito tengo al respecto: “Sorprendente y hermoso. Casual o causal. Par inspiración o plagio impar, dudoso, más que otros demasiado evidentes de nuestros días: ya no es posible preguntarle a Bernstein (precursor de John Williams), fallecido en 2004”. Ni a San Miguel. En gloria están, musical y celestial, como los autores de “Manolete” y éste mismo. Y como Cabañas, que responde a las dos acepciones de la palabra “marchoso” según el Diccionario de la RAE: que en su porte muestra gallardía y, más aún, “que tiene marcha”.

      Y para Don Nicolás, él tan singular, pasamos al plural en sus marchas, exquisitas piezas hechas a la medida de sus Bandas y nuestras procesiones. Hace décadas, en una tertulia en la Ser, me calenté con un joven brillante sevillano músico: “Dime una marcha de Cabañas que no sea magnífica”, le espeté; acabamos tan amigos y me regaló un estupendo libro sobre los autores andaluces, pequeña gran biblia en verso y pentagrama.

     Dicho lo cual, y sin duda, su “San Juan” (1927; el experto Fernando J. Cabañas le antepone a la fecha un “hacia”) es el emblema, local y universal, que nos identifica y peralta, nos reúne y une en un abrazo entre generaciones, y ya van cuatro, en esa intemporalidad salvífica de nuestra música nazarena.

      Tienden a infinito los recuerdos, con vocación de eternidad: los finales del Martes, bisada la marcha cuatro o cinco veces hasta que el Precursor y su chocante borreguete entran en El Salvador y los banceros gritan el “¡viva San Juan!”; lo mismo el Miércoles con La Amargura, cuando el azul tarde y el azul noche llenan la madrugada en flor. Y, siempre, el Viernes, el alba, el rosicler del Magistral, el Apóstol por la Serranía como lo vio Federico con sus heridos ojos; la palma; el alma.

     Me deslizo hacia la sonrisa. Porque esta marcha, que tanta marcha tiene, nos la sabemos al dedillo acaso desde la cuna, mecida como se mece el Paso. Y la tarareamos. Y la cantamos, con letras espontáneas jamás impropias. Selecciono tres, sencillas, anónimas y unánimes, todas con su aquél. La primera es clásica, incluso ya oficial: “Viva el Hermano Mayor, del Ecce Homo de San Miguel”; yo mismo la incluí, tal cual, en mi Pregón del 87, concretando momento. La segunda se ha generalizado en las contundentes cenas de banceros, odas al colesterol (judías con chorizo, oreja y tocino y chuletada magna), y allí, entre jolgorios y hasta conspiraciones, se va directo al grano: “Viva el Hermano Mayor, y la madre que lo parió”.

       La tercera fue un caso insólito, contado y cantado por el buenazo de Miguel López, carpintero noble, nazareno leal de su Ecce Homo y turbo supérstite: sucedió ya casi amaneciendo un tibio Jueves Santo, cuando los hermanos de granate y de blanco celebraban en su rodal el éxito del concluido desfile, junto con vecinos y allegados en libertad; eso era, y es, y será, confraternizar. Y para dos de los invitados, alguien saltó ocurrente; nos quedamos con la copla: “Viva Argimiro y Fidel, que van al gasto de San Miguel…”. La rima fue perfecta. El “gasto” le ha ganado a la “parvedad”; se gasta y se gusta. Fidel era un sencillo paisano. Y el otro, claro que sí, es el gran Argimiro, “El rey de las estrellas lucientes”, que así se anunciaba en los carteles con su foto. Algunos tuvimos la suerte de conocerlo, con su sombrero por tocado y luciendo una capa española en etéreo revoloteo. Fuimos afortunados. Y él, para siempre, bienaventurado en su Reino que no tendrá fin.

         JAIME TEXIDOR: “AMPARITO ROCA” Y “SUEÑO ETERNO”.

    Retomamos, ampliando: no se puede ser más español que el Maestro Jaime Texidor Dalmau (1884-1957). A saber: nació y se crió en Barcelona; logró plaza de músico militar, dirigiendo por destino en Melilla; luego, ya fuera del Ejército, recaló en Carlet (Valencia) en los años centrales de su vida, al frente de la llamada Banda Primitiva (homónima, entre otras, de la de Liria, la más antigua) y pasó al fin, tras de Manises, a Baracaldo para dirigir su Municipal; allí se jubiló y se quedó hasta su muerte. Por supuesto, me da igual lo que rechinen los supremacistas, racistas y demás istas separatistas, tan cansinos. Allá películas y olé por Texidor, desde el Mediterráneo de Serrat a la margen de la ría del Nervión.

     Su música y persona me llamaron prontamente la atención y más alentado, otra vez, por Aurelio Cabañas: “Es que yo conocí al Maestro”; era innumerable el anecdotario compartido. Y hasta conseguí un casi agotado pequeño libro que editó el Ayuntamiento de Carlet sobre Texidor y me enviaron gratis, del cual tomé mis buenas notas y ahora no localizo, quizá prestado.

      De todo lo muchísimo y muy bueno compuesto por Jaime Texidor, tampoco dudo aquí al escoger. Primero el pasodoble: “Amparito Roca” (Carlet, 1925). Lo inmortalizó, a él, a la obra y a la jovencita cuyo nombre y apellido le dan título: era amiga de María Teresa, la hija del autor, y les daba clase de piano a ambas. Ahora Amparito, carletina, tiene, amén de Calle, hasta escultura inaugurada el año pasado, por el centenario musical, en la Avenida de Blasco Ibáñez, otro habitual del levante patrio. Texidor merece lo mismo, o más: un monumento allí por que no se repita en él, músico, la justa queja de Federico Coullaut-Valera: “los escultores somos seres anónimos”; propiedad intelectual se llama, memoria y justicia.

     Y de entre las muy numerosas versiones de este pasodoble imprescindible, me quedo con una especial. La descubrí en una “Antología” de cinco CD que le compré al sin igual y eficacísimo Javi en su mítica tienda “Caledonia” de la Calle Teruel, frente al viejo Auto-Res. Editada con el sello de RTVE y con carátulas de Mingote. Interpreta la Orquesta Sinfónica del que ahora llaman “ente público”. Y dirige, con arreglos propios, adaptando y adoptando, el Maestro Rafael Ibarbia, inconfundible con su bigote, las gafotas negras de pasta y la risilla amable, cuya fama le llegó sobremanera por Eurovisión, él batuta rectora del triunfo de Massiel; esa es su imagen.

     Pero Ibarbia era mucho más; sobre todo un superdotado pianista, niño prodigio al que Stravinsky se quiso llevar a los Estados Unidos. Y ese virtuosismo lo vuelca, respetando a Texidor, en “Amparito Roca”: es al final del primer tema y en la mitad del trío, cuando, por momentos, hace callar a la Orquesta para que suene, por sí, solo, limpio y divino, el piano. Es una belleza inolvidable. No os la perdáis.

     Y al paso, doble, llegamos a “Sueño eterno”, clásica y popular, delicada y fúnebre. La historia es tremenda porque el Maestro Texidor la compuso, entre lágrimas, al fallecer su esposa, para su funeral. Eso lo explica todo.

    En Cuenca dulcifica nuestro Santo Entierro, tras del sudario blanquísimo de la Soledad aterida y pálida, mientras la noche cae y el rojizo horizonte ya oscurece. Hay varias grabaciones, profesionales y caseras, entrañables todas. Mi favorita es aquella en la que, conforme la marcha se va apagando, aparece el sonar de las horquillas, cadencioso y exacto. No es la primera vez de ese maridaje. Y así me remonto más de tres cuartos de siglo, cuando Federico Muelas imperaba también y tan bien en Madrid, poniendo a Radio Nacional de España a nuestros pies. Ahora no conservamos ni el liderazgo regional, con el edificio hecho aquí ex profeso estupefacto y frío, pero entonces vaya si pintábamos.

     Idearon e hicieron un programa radiofónico (no había tele) extraordinario sobre la Semana Santa, de Cuenca para España y el mundo.  Y entre los “efectos especiales”, un atrevido grupo de banceros marcó compases a golpe de rudas horquillas, coordinado por Salvador Zanón Mercado, joven y exultante, capataz improvisado, íntimo de mi luego suegro Pedro y padrino queridísimo de mi mujer y, por ende, mío. Siempre estás en nosotros.

     Y termino el apartado de Texidor retornando a su citada hija, de apellido materno Tico. Porque ella fue también compositora, digna de su padre, con su talento y su talante Y  entre otras marchas (“Sacris”, 1951, eucarística, la firman ambos) es la autora de “Paz eterna”, esa maravilla que sigue el patrón estructural de “Sueño eterno”, con una introducción patética y un sentidísimo primer tema: es que me veo con Jesús del Puente avanzando a su paso por Las Torres, pues así fue. La hizo en 1947, dedicada … a Manolete, recién muerto en Linares. Porque todo vuelve.

      AURELIO FERNÁNDEZ-CABRERA: “PRIMAVERA SEVILLANA” Y “EL CRISTO DEL OLVIDO”.

     Don Aurelio. Maestro. Nuestro. Delantero centro de este quinteto de lujo. El más joven de los cinco, ya todos inmortales, como su música. Entra a dirigir y nos ponemos en pie: Aurelio Fernández-Cabrera Pérez-Cejuela (1934-2022); cuatro apellidos en dos, por esa usanza muy del occidente castellano-manchego de agruparlos a pares, él nacido en Orgaz.

     Declaro, otra vez, evidencias: fue providencial su llegada a Cuenca (1981); mutuamente. Para la vida musical conquense, un revulsivo, el salto de calidad, la siembra, la cosecha, la creciente admiración ajena que arrolla a las envidias mezquinas. Y para él la plenitud, un amor de madurez, el saber y entender, palpar lo físico, sentir la química; una espiritualidad profunda; la inspiración en éxtasis.

     Me es imposible resumir, y más cuando siguen tan recientes los recuerdos, en el disco duro de la memoria tierna. Y tampoco es cuestión de repetir ni extractar mi “Maestro Fernández-Cabrera” (2023, “La Tribuna de Cuenca”, “Voces de Cuenca”). Pero haré por afinar, como él les mandaba a sus educandos, ajustándome aquí a mi propio guión.

     Lo suyo además se sale de lo común: descomunal. No ya su hoja de servicios, extensa y densa, flamante y pujante. Es que su relación de premios es larguísima, como las filas del Medinaceli o Las Angustias, o de su querido Huerto. Ganó y ganó, como pedía el Sabio de Hortaleza, como un Nadal o, lejos todavía, Carlitos. Y nos condujo a la cima, formando un tándem apoteósico con Don José López Calvo: vaya par, sin par; leyenda que se lee y se escucha. Y Cuenca en medio. Los dos, a la vez, cáliz y estrella.    

     Llegaremos a las marchas. Y para el pasodoble hay un año y un título: 1992; “Primavera sevillana”. Porque el Maestro, olímpico en preseas, desde su olimpo conquense se arriesgó sobre seguro, presentándose al Concurso Internacional de Composición convocado por la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Casi nada. Se puso y expuso al ladito de la Expo, en tierra para él querida, pues estudió en el Conservatorio Superior hispalense antes de concluir en el de Madrid Dirección de Orquesta.

     Lo tenía dificilísimo ante la flor y nata del magisterio andaluz y con rivales de tronío; pero es que les llevó una virguería. Y pasó. Ganó el Primer Premio.  Y claro que diré que lo de menos, siendo más, fue el montante: dos millones del ala, nada triste; porque el dinero es fungible, en términos jurídicos, y se funde en un pis pas, pestañeo o santiamén. No así la gloria musical cuando es de ley, como el oro: áureo, resplandeciente; Aurelio.

    Pongo gratos deberes: hay que deleitarse, con ansia melómana, escuchando “Primavera sevillana”. Tenemos a nuestro alcance versiones potentes, por Bandas de muy alto prestigio. Cito aquí dos: la del Maestro Tejera, impecable, y la óptima de la Unidad de Música de la Guardia Real. Sólo diré lo que a la vista, y al oído, está: es una obra cabal, con la perfección técnica que el autor aprendió, hasta heredarla, de Ricardo Dorado; con toda la ortodoxia que mandan los cánones; con el atrevimiento, torero al fin, de esa melodía preciosa de las flautas, llevando los mirlos del Huécar al Guadalquivir, hasta enamorar.    

     Y si me das a elegir, me quedo contigo. En Sevilla. En Primavera.

      Ahora nos ponemos en modo Procesión, porque toca y nos toca. No me ha hecho falta contactar, de tierra a Cielo, con Don Aurelio para tomar la decisión, y mira que me gustan “Las cruces de la Merced” (o sea, de La Majestad, las del Jueves sobre el Júcar), “Orando en Getsemaní” (para mi hermano Ramón) o “La vía dolorosa” (cuyo tema inicial me conmueve). Pero es que la marcha más querida por él y con la que vino para habitar entre nosotros, es “El Cristo del Olvido”, que es el de su pueblo natal. Se la trajo puesta y nos entró. Con ella pasó el examen, arduo y puñetero, de los críticos más retorcidos que lo aguardaban al rececho para cobrarse pieza. Y entre el vulgo nada vulgar, prendió cual llama de tulipa.

     “Hasta que el pueblo las canta, las coplas coplas no son”, nos sentenció Machado (Manuel, en este caso). Y aquí tenemos el paladar fino, que no es igual cualquier resoli. Al segundo ensayo en el Almudí, los oyentes iniciamos el tarareo; en cuatro días nos la aprendimos; en el primer Pregón sorprendió. Y en la calle, para el banzo, fue mano de santo. Más de cuarenta años, contemplados, nos contemplan.

     Y, como es natural para nuestras marchas más del alma, algún ingenioso que yo me sé le puso, más bien plantificó, la letrilla medida, ligándola al Santo Paso de La Caña, para cantarla, ritual, en eventos y trajines, fastos y fiestas: “Adonde está la Caña … que nos la han quitao, que nos la han quitao…”. Y así variaciones varias, como en el “Bolero” de Ravel.

     Doy fe de que al Maestro le hizo cierta gracia, gracia cierta, y de que él y yo nos echamos unas risas mano a mano en “La Antigua”, enfrente de su casa de Fermín Caballero, cuando, a petición suya, se la entoné con mi voz excesiva, que de niño fue blanca en aquellos Misereres del Coro de Alberto Vera, otro memorable que Dios nos regaló. Ahora circula también, novedosa, una distinta letrilla a propósito de las puertas de El Salvador.

      Tanto quiso a Cuenca Don Aurelio que se quedó ya jubilado, y feliz dejando al frente de la Banda, por Oposición libre, a su discípulo Juan Carlos Aguilar Arias: buenos tiempos para la lírica. Todavía disfrutó, dirigiendo invitado, recibiendo homenajes y sin dejar de componer lúcido y lucido. No le asustaba la muerte y se imaginaba calmos paseos entre la claridad cerúlea: “¿Y qué música se oye en su cielo?. La Sinfonía n.º 2 (Resurrección) de Gustav Mahler”.

      Así estará siendo desde diciembre del veintidós. Pero, en el tránsito, portó Juan Carlos el féretro de su Maestro mientras sonaba en la Iglesia “El Cristo del Olvido”. Fue, otra vez, “El entierro del Señor de Orgaz”, porque Fernández-Cabrera lo es, como lo fuese el pintado por El Greco, óleo sobre lienzo, para Santo Tomé.

Y sí, confieso nada arrepentido que lo echo mucho de menos. Seguro que le llegan las turbulencias.  Pero nada es para siempre.

      PASCUAL MARQUINA: “ESPAÑA CAÑÍ” Y “PROCESIÓN DE SEMANA SANTA EN SEVILLA”.

      Bilbilitano, que así son llamados los nacidos en Calatayud (por Bílbilis, de la romana Hispania), es el admirado Maestro Pascual Marquina Narro (1873-1948), casi en todo coetáneo de Cabañas y una década mayor que Texidor.

    Precoz y prodigioso. Prolífico y agudo. Un fuera de serie. Asombra repasar su vida musical de intérprete (desde los 9), autor (desde los 15) y director (desde los 17, por lo civil y por lo militar, hasta llegar a Madrid: Cazadores, Ingenieros, la Orquesta del Teatro de la Zarzuela) y además factótum en “La voz de su amo”, la mítica Compañía con esa imagen corporativa del perrito terrier atento al gramófono. No sé cómo pudo tener tiempo para tanto: más de cincuenta zarzuelas e infinidad de otras obras populares, porque eso fue lo más suyo y le abraza con nosotros, aunque también se asomó a otros géneros.

     Es preciso referir todo esto antes de centrarnos en la maravilla que le dio la gloria entera: el pasodoble “España cañí” (1922, estreno en Almansa; la wikipedia dice 1923, pero no es Dios). Hay tela que cortar, porque la primera idea de Marquina fue titularlo “El patronista cañí”, para su amigo almanseño José López de la Osa que era “patronista”, esto es, hacedor de patrones de costura o de moda, un Armani o un Pertegaz, de La Mancha: corte y confección; tela.

    Y cañí, que significa zíngaro, calé, romaní, gitano. Al final decidió “España cañi”, eso sí, con expresa dedicatoria a esa persona mentada. E hizo historia. Porque este pasodoble es definitivo, definitorio; lo tiene todo. Para muchos, el mejor. Y para los demás, por lo menos, un “primus inter pares”.

     A mí me gusta emparejarlo con “En er mundo” (sí, “er”, no “el”), esa genialidad de Juan Quintero Muñoz y Jesús Fernández Lorenzo, cuya inicial llamada de trompeta, como un quiquiriquí de gallo que gallea, la grita entre punto y punto el espontáneo de turno en Roland Garros y la corea con el “ooole” la grada entusiasta, gala y de gala, irremediablemente española, y cañí.

     “España cañí” comienza pleno de ritmo, que va “in crescendo”; a Marquina lo inspiró, pásmate, el traqueteo del tren. Luego mandan los metales, coloristas y felices, que te van embelesando hasta que adviene, cortando el traje, de luces, el toque de clarín: tararí, que el toro va a salir. Y entonces, caldeando el trío, letra y garganta, nos suena a los de mis yerbas de hierbabuena la voz inconfundible de Manolo Escobar, versionando: “Tu no sabes lo que te quiero…”. Y de ahí, hasta el final, es la fiesta, la verdad, la ubérrima vendimia, el baile: es que la taconeó La Argentinita en un no va más.

     Jamás se apagará esta luz. En España y en “er” mundo.

   Y antes de cambiar de tercio, añado otra exquisita mixtura del Maestro Marquina: compuso para la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia una pieza uniendo nuestra “Marcha Real Española” con el “God save the King” de los ingleses (tres veces nombran ellos a Dios: es que “God is good”); los británicos lo condecoraron, con decoro, gratos y agradecidos. 

     Pasamos al universo cofrade. Llama la atención que Pascual Marquina apenas tiene confirmadas dos marchas, pues hay una tercera de carácter militar fúnebre. Pero es que sólo precisó una y no más para mostrar y demostrar su valía máxima, ejerciendo en ella el dificilísimo arte de definir y hacerlo en belleza, eso que a su manera nos explicaba Gustavo Torner.

      Y así, gemela de “España cañí” (también se la fecha en 1922), cuajó “Procesión de Semana Santa en Sevilla”. No hay mejor descripción musical posible, porque para literaria, y casi simultánea (1924, publicada en edición trilingüe), ya tenemos el libro que a la Pasión sevillana le escribió Luis Martínez Kleiser, tan cercano a Cuenca: otro nexo.

     En tres minutos y medio Marquina nos la cuenta entera. Es un cuadro impresionista; impresionante. Abre misterioso y pronto nos lleva en grácil paseo por la Ciudad, en estado de Buena Esperanza, Macarena, de Triana. Y descorre cerrojos, franqueando el paso: hasta el Paso. No hay verja que pueda separar lo que Dios une.

     Y, en mitad, incorpora el pregón de las cornetas, distintivo y exclusivo, antiguo y moderno, anuncio eterno: “Píííípa-para-píííí-pa”. Eso mismo hizo, en clave de sol conquense, Cabañas en “El Descendido”.

      Volvemos de la mano de Marquina. Y nos enseña, en su punto, una saeta, por si acaso alguien duda lo indudable. Igual que Font de Anta en “Amarguras”, o, luego, Cebrián, que ya nos espera, en “Jesús Preso”. Para enlazar con un final que es triunfo: porque la Vida siempre vence a la muerte.

     Ahí queda eso. Y aquí nos la puso en los atriles Fernández-Cabrera, justo y devoto. Desde luego, a mí me la dio a conocer. Le pregunté, yo jovenzuelo atrevido, y él me contestó, brillante la mirada: “Es que es Sevilla”.

      Aunque para brillos y cariños, filiales, fieles, los del Maestro Marquina. Así tituló su último pasodoble: “¡Viva Aragón, que es mi tierra!”; la suya que sentimos nuestra. Era muy bonico.

     Grande de España. Con más títulos (musicales) que la Casa de Alba.

    EMILIO CEBRIÁN: “¡CHURUMBELERÍAS!” Y “NUESTRO PADRE JESÚS”.

    No podía faltar: sería una falta imperdonable. Porque Emilio Cebrián Ruiz (1900-1943) es inherente a la Semana Santa, desde la Música.

     Bien nos lo mandaba, caporal, en entusiasta arenga, José Luis Lucas-Aledón: “Hay que hacer un homenaje a las dos Ces de oro”. Eran, obviamente, Cabañas y Cebrián. Y le temblaban de gusto las barbas luengas, cuaresmales.

     Pero antes de marchar a las marchas, redoblamos el paso, en pos del pasodoble. Y hasta llegar al elegido, nos fijamos en otro muy interpretado de este Maestro elegante en el vestir, siempre puestas, qué remedio, sus gafillas de miope, aunque con vista de águila para cazar melodías y, a la hora de dirigir, tocado con la gorra hoy en desuso. Es raro su título, “Ragon Falez”, y tiene su porqué: iba a ser “Rafaelita González” (otra vez el diminutivo, como Texidor con Amparito), mas, aconsejado, optó Cebrián por preservar, no del todo, la identidad de esta jienense barajando sílabas cual cartas, eso sí, boca arriba.

     Y ahora, el más famoso de todos, por amplia mayoría a la que me sumo entre admiraciones muy propias del autor: “¡Churumbelerías!”. Toma ya. De churumbel, que es niño o muchacho en lenguaje caló. La muy destacada estudiosa de Cebrián, Manuela Lourdes Herrejón, desvela claves: está inspirada en el Sacromonte granadino. Y es que además tiene letra, escrita por Federico de Mendizábal, sobre el que volveremos; el comienzo no deja margen: “A deciros la buena ventura…”. Y luego ese ritmo, la alegría traviesa y zalamera; cascabeles; churumbeles. 

    Le hizo tanta gracia a Su Graciosa Majestad Victoria Eugenia, ya antes citada, que se convirtió en fan total, real, Real, de Emilio Cebrián. Y dícese de ella, nacida en Balmoral, que en un viaje a Londres, jugando en casa, una Banda de allí la recibió a los sones de este pasodoble. Me imagino a los músicos ingleses, de suyo circunspectos, a punto de echarse a bailar. 

      Aquí en Cuenca era ritual ponerlo en los Conciertos del Parque: si es que me acerco al Templete (al kiosco, aunque también a la terraza) y lo escucho en mis adentros que me transportan a la infancia, con mis padres, entre el ilustrado respetable local, sentados en sillas de tijera.

     Y en su debut en ese mismo templo sagrado, peculiar y romántico, del San Julián, la programó Don Aurelio para cerrar el programa, tras de “Una noche en Granada”, o sea, Cebrián al cuadrado, al infinito. Yo presencié aquello y cómo nuestro nuevo Director se bajaba de la tarima en mitad del trío y, cara al público, señalaba a sus músicos que seguían tocando. Al aire, libre. No lo he olvidado.

     Tampoco lo he hecho con una tarde de las muy importantes para mi primigenia formación nazarena. Se acercaba La Semana, yo tendría tan sólo cinco o seis añetes, y mi padre me llevó a compartir un ensayo de la Municipal en Aguirre. Hacía un frío de cuando el grajo vuela bajo y nos apostamos en la zona de los clarinetes, pues uno era Félix Blasco, queridísimo hermano, heroico Secretario de La Agonía. Se alzó, batuta en mano, Don Lucio Navarro, de la Puebla de Almenara, y ordenó: “Nuestro Padre Jesús”.

      Y así empezó, comencé. Para mi párvula mente fue una radiante luz. Y para mi corazón, un flechazo; primer amor que hoy sigue vivo, en plenitud. Es que es parte de mí, aunque mío no sea: es, eureka, aleluya, de Emilio Cebrián. Y ese recuerdo delicado de la niñez más inocente, retorna siempre y me acompaña garante, cada día, en hora buena, en la salud y la enfermedad, en esa ideal Procesión que pervive y jamás se ha de extinguir; porque nos trascenderá.

     Vamos a la esencia: a la obra, a su autor. Y prosigo: Cebrián lo parece pero no es andaluz; es castellano, del centro mismo de una España que se abre, rosa, a los cuatro vientos, a los treinta y dos rumbos; a lo inefable. Nació en Toledo, mayor de tres hermanos, la pequeña llamada Mari Luz. Sucede que los años mejores los vivió en Jaén, donde lo quisieron bien y motivos les dio.

     Cito los principales, enlazando historias y fechas. En 1932 Cebrián compone ”Canto a Jaén”: él, al piano, hace la música y su amigo Mendizábal, poeta y, échale, funcionario de Hacienda (igual que nuestro Eduardo de la Rica, no Carlos), le ajusta la letra: “Bella Ciudad de luz, que tienes cuando miras … se hizo clavel de amor al sol de Andalucía”. Casa con las notas como anillo al dedo. Y ya nos va sonando el son. La estrenan en el Teatro Cervantes y, entre fervores, los llevaron a los dos a hombros, como a Morante o al pregonero sevillano Rodríguez-Buzón, que no me canso de nombrarlo; hasta la Plaza de Santa María. El Ayuntamiento, tres años después, lo elevó a “Himno”.

     Y justo entonces (1935) les llegó, y con ellos al mundo nazareno entero, patrimonio de la humanidad, el premio gordo. Lo motiva una petición de amigo a Cebrián. Es Antonio Delgado, a la sazón “fabricano” (que es como llaman en Jaén a los capataces de los Pasos, aunque alguno añade otras funciones de encargado de enseres, cosa a veces inherente) del Jesús Nazareno, o sea, del “Abuelo” de Jaén. Y lo anima a idear una marcha, nueva y fetén, para su desfilar.

    El Maestro, listísimo, buscó la inspiración exactamente donde debía: en la Procesión del Viernes Santo del 34 se metió debajo, en el Paso, para llevarlo a hombros, andar con Él, hacer camino, sentir humanamente el peso de la Cruz. Cómo te entiendo.

     Salió emocionadísimo y seguro. Se abrazó a Delgado. Y se puso a lo más suyo, ante el pentagrama expectante; para componer y estrenar en el 35. Así fue. Pulsó la teclas con sus afanosos dedos, como un Moisés que toca la piedra con el cayado. Y brotó el manantial cristalino.

       Pam, parapapam, parapapam … Es esa llamada que nos enardece, tantas veces soñada. Y el primer tema. Y ese fuerte de bajos que agita la Oliva del Quinto y los latidos. Y esa vuelta al principio. Hasta llegar al trío, suave terciopelo, y en él su íntimo regalo: el contrapunto armonioso, incontenible y divino, de su Himno a Jaén. Canto contra canto que se eleva en vuelo.

     Para mí es y será el que silbaba mi padre por el pasillo de casa; amor de sus amores. Y para los añejos propios sigue la estela de las flautas traveseras (aquí, Armero, los Remi, Sepúlveda); ya sabéis nuestro dicho: “hasta que no pasa Andarríos no se acaba la Procesión”.

      He tenido el honor, supremo, de presentar “Nuestro Padre Jesús” en San Esteban, en Concierto, una amplia tirada de años (2013-2024), por encargo y mandato personal de mi hermano Jesús Córdoba y luego de Carlos Martínez, también hermano y Secretario siguiente; con Ramón Gómez, siempre tercero (siendo primero) en concordia. Ha sido hermoso. Hecho está y en el viento.

    Y ahora he tomado la decisión, comunicada a la Hermandad, que sí quería que continuase, de dejar el Concierto del Huerto: lo hago porque quiero y debo ser fiel a mis valores y sentimientos.

     Me da paz comprobar lo que ya llevo escrito acerca del Maestro Emilio Cebrián y sus obras musicales, en diferentes fechas y lugares (periódicos, revistas, actos, algún libro). Y, siendo así, todavía se me quedan demasiadas cosas en el tintero, morado como mi túnica multiusos. Le seguiré haciendo caso a José Luis, oh capataz, con las dos “Ces”. Y por ellos digo yo que nos daremos un buen homenaje. Amén.

     DESEO FINAL.

      Siendo bien largo el texto, me ha resultado corto. No sólo para estos cinco autores: es que, por descontado y no contado, hay mucho más.

       Y por eso declaro intenciones. Si Dios me da vida y suficiente vista, un aprobadillo raso, y no se me va el oremus, para el año que viene haré por redactar un “De marchas y pasodobles, II”.

      Así, de entrada, se me ocurre otro quinteto de Champions entre nuestros mejores antiguos y eternos. Por ejemplo: José López Calvo (a su vera su hermano Julián), Eduardo López Juarranz, Ricardo Dorado, Francisco Grau  y Abel Moreno.

      Y, con nombre de mujer, querré poner en su valor a Elvira Checa Agüero, que es conquense, nacida en Beteta (1943), y se merece, como en el título de un pasodoble suyo, la “Puerta Grande”.

     Nos vemos; espero.          

                                     Cuenca, para  2026.