Cuenca, territorio de sacrificio

Antonio Melero Pita

Las recientes declaraciones de Elon Musk sobre la posibilidad de convertir la llamada España vaciada en una gran central energética al servicio de Europa, junto con la proliferación de megaproyectos fotovoltaicos en la provincia de Cuenca —visibilizada en la prensa local—, obligan a reflexionar sobre el modelo territorial que se está imponiendo en el interior del país. Más allá del debate energético, la cuestión es política, social y moral.

Mordor era una tierra yerma, de polvo, ceniza y piedra desnuda. Un lugar donde nada crecía porque todo estaba sometido al poder.

Así describió J. R. R. Tolkien el territorio dominado por Sauron. No era solo un escenario fantástico, sino una advertencia moral: cuando una tierra deja de ser hogar y se convierte únicamente en recurso, el paisaje se vacía de vida y la gente se vuelve prescindible.

Basta observar algunas imágenes recientes de la provincia de Cuenca para que la metáfora deje de parecer literaria. Grandes extensiones de terreno cubiertas por paneles fotovoltaicos negros, alineados hasta el horizonte, ocupan lo que antes eran campos, pastos y ecosistemas. El territorio ya no se contempla: se coloniza. Ya no se cuida: se optimiza.

No se trata de estar en contra de la transición energética. Se trata de cómo y para quién se está haciendo. Porque lo que ocurre en Cuenca no es una apuesta por el futuro del territorio, sino su conversión progresiva en zona de sacrificio.

En este contexto encajan, con inquietante precisión, las recientes declaraciones de Elon Musk[1], sugiriendo que la llamada España vaciada podría llenarse de grandes plantas solares para suministrar energía a toda Europa. Musk no es Sauron, pero representa a la perfección ese tipo de poder global que decide desde lejos qué territorios existen y para qué sirven. Un poder que no habita los lugares que transforma, que no asume sus costes sociales ni ambientales, y que reduce el paisaje a superficie útil.

En la obra de Tolkien, Sauron no destruye Mordor: lo utiliza. Lo vacía de vida para convertirlo en una maquinaria al servicio de un objetivo superior. Algo muy similar ocurre cuando se plantea que los territorios con menos población deben asumir más infraestructuras, más impacto y más renuncias, simplemente porque “molestan menos”.

Cuenca conoce bien esa lógica. A la proliferación de plantas fotovoltaicas y parques eólicos se suman macrogranjas porcinas, con su enorme presión sobre el agua y el medio ambiente; vertederos de residuos, incluso procedentes de otros países europeos; y los trasvases del Tajo, tanto hacia el Segura como hacia La Mancha, que se llevan uno de los recursos más estratégicos del siglo XXI. Todo sale de aquí. Casi nada se queda.

Las dos baterías más grandes de España en Alarcón. Foto: Iberdrola

El relato oficial vuelve siempre al mismo punto: empleo, desarrollo, progreso. Pero la realidad es tozuda. El empleo generado es temporal y precario. Las decisiones se toman lejos del territorio. Los beneficios no se reinvierten en la provincia. Mientras tanto, Cuenca sigue perdiendo habitantes, servicios públicos y oportunidades. Produce energía limpia para otros, pero no produce bienestar para sí misma.

Las palabras de Musk no son el problema en sí mismas. Son el síntoma. Encajan porque reflejan una mirada tecnocrática que muchos gobiernos ya han asumido como propia: mapas antes que pueblos, hectáreas antes que personas, balances energéticos antes que derechos territoriales. Una mirada que acepta, sin rubor, que hay lugares destinados a sostener el sistema y otros destinados a disfrutarlo.

Lo verdaderamente grave es que esta lógica no se impone por la fuerza, sino por la renuncia política. Administraciones que celebran inversiones mientras miran hacia otro lado cuando el territorio pierde población, servicios y futuro. Planificaciones energéticas que hablan de megavatios, pero no de democracia, de reparto justo, de participación real ni de retorno social. La transición ecológica no puede construirse contra quienes habitan los territorios, porque entonces deja de ser transición y pasa a ser expolio con etiqueta verde.

Cuenca no está vacía. La están vaciando. Y no lo hace un villano de novela, sino un entramado perfectamente identificable de intereses económicos, decisiones administrativas y silencios cómplices. Cada planta impuesta sin consenso, cada hectárea sacrificada sin retorno, cada hectómetro cúbico de agua trasvasado sin futuro es una decisión política. No un accidente. No una inevitabilidad.

Mordor no nació de la nada. Se construyó cuando el poder decidió que aquella tierra solo servía para alimentar su maquinaria. Si hoy aceptamos que hay provincias destinadas a producir energía, residuos y sacrificio mientras otras concentran beneficios y bienestar, entonces la metáfora deja de ser literaria. Y cuando eso ocurre, ya no estamos leyendo a Tolkien: estamos viviéndolo.

Referencias

[1] Elon Musk propone llenar de plantas solares zonas despobladas de España para abastecer a Europa. El Debate, enero 2026.

[2] Las dos baterías más grandes de España se han puesto en marcha en Alarcón. Voces de Cuenca, enero 2026.