Cuenca, la Cenicienta de Castilla-La Mancha

Hilario Priego Sánchez-Morate

Durante demasiados lustros, Cuenca ha ocupado un lugar periférico —cuando no directamente marginal— en las prioridades de los distintos gobiernos autonómicos y nacionales. La provincia, rica en patrimonio natural y cultural, ha sufrido sin embargo un proceso sostenido de descapitalización humana, económica y de infraestructuras que la ha convertido en la Cenicienta de Castilla‑La Mancha.

La industria conquense ha sido históricamente escasa y frágil. Mientras otras provincias de la región consolidaban polos industriales o logísticos, Cuenca quedaba al margen de los grandes corredores económicos. Esta debilidad se refleja en el reparto de la riqueza regional: Castilla‑La Mancha presenta un PIB per cápita de 26.291 € en 2024, cifra que, aun siendo inferior a la media española, esconde fuertes desigualdades internas entre provincias.

La propia región, según los análisis económicos, crece menos que el conjunto del país debido, entre otros factores, a la debilidad de la actividad industrial. Cuenca es, dentro de ese contexto, la provincia más afectada por la falta de tejido productivo diversificado.

Durante décadas, Cuenca ha padecido unas comunicaciones que solo pueden calificarse de tercermundistas: carreteras lentas, conexiones ferroviarias deficientes y una sensación de aislamiento que lastraba cualquier posibilidad de desarrollo.

La llegada de la autovía y del AVE ha supuesto un avance innegable, pero no ha corregido el déficit acumulado. La provincia sigue sin integrarse plenamente en los grandes ejes logísticos nacionales, y la supresión del ferrocarril convencional ha generado un debate profundo sobre la cohesión territorial.

La inauguración del nuevo hospital de Cuenca ha supuesto un salto cualitativo en la atención sanitaria. Sin embargo, no puede obviarse que Cuenca ha sido la última provincia de Castilla‑La Mancha en disponer de un hospital moderno, lo que evidencia una vez más la tendencia histórica a relegarla en la planificación regional.

Los datos macroeconómicos muestran que Castilla‑La Mancha ocupa posiciones intermedias‑bajas en el ranking nacional de PIB. En 2024, la región se sitúa como la novena economía autonómica, con un PIB total de 55.560 millones de euros.

Pero dentro de la región, Cuenca se encuentra sistemáticamente entre las provincias con menor PIB per cápita y menor dinamismo económico, reflejo directo de su escasa industrialización, su dispersión poblacional y la falta de inversiones estratégicas.

Los informes económicos regionales subrayan que el crecimiento de Castilla‑La Mancha es inferior al del conjunto de España, lastrado precisamente por la debilidad industrial. Cuenca, con un tejido productivo más débil que el de Toledo, Guadalajara o Ciudad Real, soporta con mayor intensidad ese freno estructural.

La pérdida de población en Cuenca no es un fenómeno reciente: la provincia lleva perdiendo habitantes desde principios del siglo XX, un proceso que se ha acelerado en las últimas décadas. La combinación de baja natalidad, envejecimiento, emigración juvenil y falta de oportunidades ha convertido a Cuenca en uno de los territorios más afectados por la despoblación en España.

La despoblación no es solo un síntoma: es también una causa que retroalimenta el círculo vicioso del declive económico, la pérdida de servicios y la falta de inversiones.

Cuenca no pide privilegios: pide equidad, planificación estratégica y visión de futuro. Pide que se reconozca su valor, su potencial y su derecho a un desarrollo equilibrado dentro de Castilla‑La Mancha y de España.

Ser la Cenicienta no es un destino inevitable. Pero para dejar de serlo, es imprescindible que las administraciones —todas— asuman que la cohesión territorial no es un eslogan, sino una obligación democrática.