Jesús Saiz Huedo
Si en la SMR tuviéramos que elegir el compositor que mejor la define, Juan Sebastián Bach (1685-1750) obtendría un consenso unánime e incuestionable. La estadística de la programación a lo largo los años también lo avala, pues entre las obras más interpretadas, figura su Misa en Si menor, BWV 232. Fue precisamente esta composición la que escuchamos en el concierto de clausura de la 63 SMR que tuvo lugar ayer en el Auditorio en la espectacular versión de la directora francesa Laurence Equilbey, al frente del Coro Accentus, que ella misma fundó en 1991, el legendario Monteverdi Choir, la Insula Orchestra, también fundada por ella en 2012, y los solistas Nuria Rial (soprano), Ewa Zaïcik (mezzosoprano), Werner Güra (tenor) y Gerrit Illenberger (bajo-barítono). Todo un acopio de excelencia al servicio de esta obra musical de dimensiones grandiosas.
Se trataba de uno de los conciertos más deseados de esta edición por la calidad y fama de los intérpretes y lo emblemático de esta música. Los numerosos comentarios que pude escuchar en días anteriores y las impresiones intercambiadas al entrar dejaban claras las altas expectativas del público, que llenó la sala. La música fue presentada con instrumentos de época y un acercamiento históricamente informado tan riguroso como conmovedor y tan rico en matices como deslumbrante. El título asignado al evento, Dona Nobis Pacem (“Concédenos la paz”, texto litúrgico pertenece al Agnus Dei de la misa católica), es particularmente significativo como expresión de deseo y petición de la paz en el mundo, tal y como propone el lema “Pax” de este año.
La Misa en Si menor la conocemos sobre todo a través de un manuscrito autógrafo de Bach realizado en la última etapa de su vida, pero que es el resultado de la unificación de sus movimientos, escritos en diversos momentos a lo largo de varias décadas. El lenguaje compositivo que la sostiene es sin lugar a dudas un compendio del arte de Bach. Lo más probable es que esta idea recopilatoria fuera el principal móvil del compositor para escribirla. Lo pone de manifiesto casi cualquier aspecto o detalle que mencionemos: sus dimensiones; el ambicioso diseño para orquesta, coro y solistas, en el que todos brillan a través de las más variadas combinaciones y texturas; el sofisticado uso de estilos del pasado y de su tiempo; que se trate de una misa difícil de poner al servicio de la liturgia, con secciones desarrolladas a partir de movimientos compuestos años antes, tanto en el contexto luterano como el católico; la reelaboración y reutilización que Bach hizo de materiales procedentes de otras obras suyas anteriores, sobre lo que tanto se ha escrito y, al parecer, sin llegar a entender del todo ni consensuar que tal práctica en Bach pudiera ser intencionada, precisamente como una manera más de compendiar su arte, etc. Esta Misa Tota (“misa completa”), terminada, entre 1748 y 1749, pero que no empezó a divulgarse apropiadamente hasta mediados del siglo XIX, se ha convertido en uno de los grandes referentes culturales de la historia. Fue declarada “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO en 2015 y se interpreta frecuentemente en concierto a pesar de su dificultad y magnitud.
La interpretación no dejó indiferente a nadie. El impacto de tan poderosa combinación de intérpretes se notaba en cada compás. La Misa se desarrolla en veintisiete números agrupados por secciones, que fueron estructuradas en el concierto de ayer como en tres grandes bloques. La continuidad entre los movimientos estaba claramente planificada. La primera pausa con función de reposo y cambio agrupó el Kyrie (tres números) con el Gloria (nueve números), justo para dar comienzo al Credo o Symbolum Nicenum (nueve números). Al final de este se produjo una segunda pausa y la reorganización del coro para dar paso al tercer y último bloque (seis números), que agrupó el Sanctus con el Ossana, Benedictus, Agnus Dei et Dona Nobis Pacem. Esta estructuración en realidad no se aparta de la que presenta el manuscrito original, pero sí reorganiza su efecto en función del contexto de un concierto de hoy en día. La secuencia de movimientos contrastantes ya está perfectamente diseñada y construida por Bach, pero es cierto que la interpretación puede presentar estos contrastes de maneras muy diferentes. Un admirado crítico musical, con quien pude intercambiar impresiones a la salida del concierto, me comunicaba su sorpresa ante lo “diferente” que le había parecido la versión que acabábamos de escuchar. Lo primero que pensé fue que cuando hay un trabajo tan sólido detrás y una calidad como la de los intérpretes de ayer, es lógico que lo personal y lo subjetivo que tales intérpretes aportan a la música destaque como algo genuino. Quizás la gran diferencia de la interpretación de ayer con respecto a otras fue que la batuta de Equilbey y la eficacia del conjunto pudieron transmitir muchísimo más contenido emocional -subjetivo por naturaleza- y, con ello, no solo las peculiaridades de su impronta artística, sino también mucha más vida.
La dulzura y sutileza de las voces solistas e instrumentos obligados en algunas de las arias o duettos daba paso a la energía de coros espectaculares en los que el contrapunto imitativo se disfrutaba con auténtica euforia. El tempo vertiginoso de algunos de estos coros al principio no combinó del todo con el carácter impulsivo que se imprimía a la vez. El contenido polifónico quedaba un tanto velado; quizás un poco más sosegados hubieran permitido escuchar mejor ese contenido y poner de relieve con mayor eficacia tal energía. La tercera sección estuvo en este sentido mucho más controlada y con ella, tras haber transitado por todos los afectos posibles y la enorme belleza transmitida incesantemente por voces e instrumentos, pudimos sumergirnos en un clímax final sobrecogedor con el sentimiento de haber asistido a un evento sencillamente memorable.
La SMR de Cuenca clausuró así su sexagésima tercera edición, con un concierto que resumía los muchos éxitos acumulados a lo largo de los años, el contenido de una programación que volvía a realzar el valioso patrimonio histórico de la música occidental, el poderoso mensaje de paz vertido cada día, la universalidad manifiesta del festival y, sobre todo, una proclama de futuro a través de Bach y la excelsa interpretación de su Misa en Si menor con la que nos despedíamos. El deseo de que no acabase o de continuar con la edición del próximo año se expresaba -y respiraba- a la salida de manera generalizada.














