El perrero de la Catedral, una figura histórica que ponía orden en la convivencia con los amigos de cuatro patas

Durante siglos el perrero garantizó la convivencia entre humanos y animales en el templo conquense.

Este sábado 17 de enero, festividad de San Antonio Abad, patrón de los animales, la Catedral de Cuenca rescata de sus archivos un detalle poco conocido de su historia cotidiana. Y es que en este templo durante siglos hubo una persona encargada, literalmente, de que los perros no entraran donde no debían. El llamado ‘perrero’ de la Catedral era una especie de subalterno de los sacristanes y de los oficiales portero y pertiguero, responsables de vigilar el acceso al templo, garantizar el buen desarrollo de los actos litúrgicos y velar por la seguridad de los capitulares.

Según la documentación conservada en el archivo catedralicio, este oficio existió al menos desde el siglo XVI y entre las diversas obligaciones que se le asociaban, perrero debía asistir todo el día a la Catedral para asegurarse de que no hubiera «ruido en ella de muchachos, ni de perros», tal y como rezan los textos conservados. Las puertas del templo permanecían abiertas durante muchas horas y no era raro que vecinos, animales o grupos de niños utilizaran el interior como lugar de paso, refugio o descanso en verano. El perrero debía evitar que se entrara a jugar, a dormir o a realizar cualquier actividad considerada impropia de un espacio sagrado.

Con el paso del tiempo, el puesto fue acumulando responsabilidades. Además de ahuyentar animales y mantener el silencio y dignidad de la Catedral, el perrero controlaba los horarios de apertura de las puertas, ayudaba en la limpieza del templo, cuidaba y mantenía las lámparas del altar mayor así como las de varias capillas y colocaba y limpiaba las esteras del coro. Si la función resulta hoy en día curiosa por si misma, algunas de sus últimas tareas la convierten en aún más interesante si cabe, pues el perrero debía recoger y hacerse cargo de los niños expósitos para llevarlos a las amas y tratar de evitar que nadie abandonase bebés en las puertas de la Catedral.

En un oficio tan llamativo como este, la indumentaria no podía ser menos. Según detallan desde la Catderal, los memoriales indican que el perrero debía ir con «ropa y caperuza colorada» y con un «azote» en la mano. Además, esta misma indumentaria debía llevarla en las procesiones y colocarse «delante de la Cruz». En el día de San Antón, la figura del perrero devuelve una historia poco conocida de la Cuenca antigua, una ciudad en la que los animales, fieles compañeros y amigos, ya formaban parte del paisaje diario y era necesario crear un oficio hoy desaparecido con el fin de imponer normas, vigilancia y garantizar que la convivencia entre humanos y mascotas fuera digna de celebrarse en la festividad de su patrón.