En memoria de Pedro Yuste Gómez

Acaba de fallecer en Valencia, donde pasaba largas temporadas. Su vida es la de todo un siglo de esta Cuenca a la que mucho quiso y por la cual trabajó con toda su alma y a manos llenas.

Por José Miguel Carretero Escribano

Acaba de fallecer en Valencia, donde pasaba largas temporadas, nuestro paisano conquense Pedro Yuste Gómez. Estaba a punto de cumplir los noventa y ocho años de edad, pues nació el 9 de febrero de 1928. Era por ello casi centenario y su vida es la de todo un siglo de esta Cuenca a la que mucho quiso y por la cual trabajó, con toda su alma y a manos llenas, en múltiples situaciones y cometidos.

     Sucede que el tiempo huye inexorable y se lleva consigo perecederos recuerdos, conforme se van marchando también quienes los atesoran, hasta desdibujar perfiles, mientras, directamente, generaciones ya no tan jóvenes ni siquiera le ponen rostro, conocen o reconocen, a destacadas personas que fueron, en verdad, personajes, tan distinguidos como singulares, en nuestra pequeña gran Ciudad (ya sabemos, la muy noble, muy leal, heroica, fidelísima e impertérrita). Y todos esos adjetivos caracterizan sustantivamente a Pedro. Por eso es justo que así, aquí, conste.

    Y en esta hora de urgencias y de inevitable pena, que la razón mitiga ante una vida tan plena y prolongada, y que la fe convierte en esperanza, trataré de aportar por lo menos, otra vez, algunas personales vivencias.

      Empiezo por el Ayuntamiento, porque Pedro, él sí que excelentísimo, fue funcionario del de Cuenca, servidor y servicial, nunca servil, casi abarcando la entera segunda mitad del siglo veinte. Y en esa Casa, consistorial, consistente, con sentido entre sinsentidos, fui su compañero durante décadas. Suerte la mía, la nuestra de los demás conquenses.

       Compartimos destartaladas estancias entre recovecos y mamparas livianas apenas separadoras, pisando fuerte los suelos de añejas maderas que crujían pregonando dignidad, y hasta teníamos a medias una única extensión telefónica que nos pasábamos moviendo una palanquita y avisando con dos toques de chicharra (timbre eléctrico de sonido sordo, define, bien. el Diccionario de la RAE).

      Justo encima, físicamente, de la Secretaría y de la Oficialía Mayor, moramos juntos; yo, destinado a Obras (pronto rebautizada Urbanismo, con todo su peligro de recalificaciones incalificables) y Contratación (entonces mucho menos peligrosa) y él en Montes y Patrimonio formando un tándem óptimo con su Jefe, el magnífico, educadísimo y muy competente jurista Miguel Torres Escobar. Me llena y empapa la nostalgia, invadiéndome en paz. Y cerrando los ojos memoro las memorables subastas de aprovechamientos maderables, con Miguel rigiendo, Reglamento en mano, y Pedro pastoreando sabiamente el nutrido corro de licitadores entre una densa humareda de habanos, mezclada con olores de resina y colonias bravas. Estampa de época.

     Se picaban los aspirantes, en sucesivas pujas contenidas en sobres; todo impecable, nada sobrecogedor. Y así el Ayuntamiento se sacaba una pasta, nivelando los magros presupuestos, anuales, para los anales de la historia. Y claro que salimos todos limpios, como la patena; de corazón y de cartera. Como los chorros del oro.

     Luego, en sus últimos años en activo, Pedro hizo otra virguería y de la nada montó lo que ahora se conoce como OMIC (Oficina Municipal de Información al Consumidor), reutilizando espacios del Mercado de la Plaza de España, edificio preterido e inocente. Ahí desplegó, de nuevo, todo su talento y su talante, moviendo la mano izquierda con la exquisitez de Morante y la diestra con la rectitud del Derecho. No se cortaba ni un pelo, en pos de la justicia, hasta solucionar infinidad de asuntos, mediando, apremiando y dirimiendo, con neta autoridad moral. En ese menester perduró hasta su jubilación y bastantes años después heredé yo esa hermosa misión, al alimón con el magnífico Rafa Miranzo: es la que más me ha satisfecho, colmando el ansia de querer hacer justicia y resolver gratuitamente problemas de personas sencillas, a veces avasalladas y en desamparo. Nos iremos tras de dictar con holgura más de mil Laudos arbitrales.

     Así es que cómo no echar de menos a esa maravillosa generación de quienes nos precedieron, dignificando la zarandeada condición de funcionario municipal, sin otra bandera que la de Cuenca. Pedro Yuste Gómez es admirado exponente, Y cito también, porque me viene a la mente y es absolutamente justo, a otro grande, enorme, el más trabajador que he conocido: el magno Capataz de Obras José Serrano García. Honor y gloria.

     Paso, más deprisa, por otra faceta de Pedro. Claro que conocía, palmo a palmo, casi familia a familia, la Ciudad capitalina; pero es que extendía su vasta sapìencia a la Provincia entera, esa que a mí me gusta comparar con una mano abierta o una estrella de cinco puntas. Se sabía lo esencial de cada pueblo, de cada comarca, de cada paraje y lugar, de sus “cosas y gentes”, como en el título de un formidable libro de referencia: menos mal que nos quedan José Luis Muñoz, Luis Enrique Buendía, Antonio Rodríguez y otros que vendrán.

     Y, obviamente, me reservo para el final la Semana Santa, esa fecunda y divina pasión por La Pasión de Cuenca. Pedro Yuste la vivió intensamente, desde dentro y hacia afuera, aunando la intimidad espiritual y esa fantástica expresión de todos los sentidos y los sentimientos que nos unen más que ninguna otra cosa, transfiguran, casi milagrosamente, la Ciudad y la hacen vivir, revivir, pervivir.

     Me atrevo a decir que los pensamientos y evocaciones nazarenas y la ilusión de ver llegar a su hija María Amparo desde Miami, le sostuvieron las últimas fuerzas, para los finales días que, hasta en el peor trance, fue capaz de disfrutar. Eso es genio y figura y además mucho más.

      Y en esto hay una clave esencial. A Pedro la Semana Santa le venía por sí y pero también por su querida esposa Consuelo Pérez Armero. Ella era hija de Alejandro, el mayor de los hermanos Pérez del Moral, y, por consiguiente, sobrina de Nemesio y de Modesto: palabras, y apellidos, mayores; nobleza máxima; entraña entrañable; cuerpo y alma; arte y amor.

     Todos nosotros nos sentimos integrantes de esa, por todos los conceptos, ejemplar familia; algunos, por su gracia y voluntad, lo somos en grado más cercano; los Yuste Pérez lo son de sangre eterna. Pedro y María Amparo.

     Y, de entre los muchísimos desvelos de Pedro padre para con La Semana, quiero volver a poner el foco en aquellos años excepcionales, del setenta y nueve al ochenta y tres del siglo veinte, con el lustre de las mejores Bandas Militares en nuestras Procesiones. Ya lo he dejado escrito, lo mejor que he sabido, para Jesús Mateo Navalón, que lideró con vehemencia incontenible aquel empeño único, quizás irrepetible. Cité con él, a su vera, a Julián Espada. Y a Pedro.

      Pero es que lo de Pedro es alucinante, doctorado en esa rara asignatura que podemos, sin la venia, llamar conocimiento del medio castrense. Se lo sabía todo; dicho en román inclusivo, se las sabía todas. Y entraba, no a saco, en son de música, en los más altos despachos cuarteleros de las jerarquías, siempre con el decisorio comodín de la llamada al Duque de Alburquerque, que le debía imprescriptible gratitud, pues Pedro socorrió a su familia en trágicas circunstancias y eso, si no eres un ingrato malvado o amoral, no se olvida.

      Pedro disfrutó todo aquello al máximo y con pleno derecho. Lo más de lo más fue aquel Jueves Santo con su amigo Pepe el Morros (o sea, el Maestro Don José López Calvo), éste dirigiendo la Banda y Música de la Guardia Real, tocando “Mektub” y cantando el Miserere: yo los escuché en el Bulevar, al lado del Puente de San Antón, el de mi Jesús; luego en Carretería; siempre al compás de latidos y de horquillas, que es lo mismo.

    Y añado. Y termino. Naturalmente Pedro Yuste Gómez va a ser enterrado en su Cuenca, en su tumba familiar del Cementerio Municipal “Santísimo Cristo del Perdón”, con su mujer que se le fue demasiado pronto. Ya se han reencontrado del todo.

     La Misa “corpore insepulto” (y alma en vuelo, claro), está fijada el viernes cinco de diciembre, a las doce y media, en la Iglesia de San Pedro, cuestión de nombre, y de principios, y de Hermandad Religioso-Benéfica, como lo fue él, hombre religioso y benéfico para mucha gente que de ello puede dar fe, como la doy yo.

     Quieren que suene el Miserere de Cuenca y ya me ha rescatado una grabación mi hermano Antonio Pérez Valero. Ahora Pedro lo escucha, de aquí a la eternidad.                     

                                     Cuenca, 4 de diciembre de 2025.