El patrimonio no se pierde de golpe. Se degrada lentamente, entre «la falta de mantenimiento, la inacción administrativa y decisiones que llegan tarde». Esa es, en esencia, la advertencia que lanza Juan José Ramón Vindel, presidente de la demarcación de Cuenca del Colegio de Arquitectos de Castilla-La Mancha (COACM), quien sitúa la conservación como una cuestión de anticipación —y no solo de reacción— en un momento en el que el debate sobre el patrimonio se sitúa en el candelero.
Las recientes jornadas organizadas por el Colegio Oficial de Arquitectos de Castilla-La Mancha en Sigüenza han consolidado esa relevancia de la cuestión así como el cambio de enfoque de la misma enfoque, pues el patrimonio ha pasado de ser un monumento aislado a tenerse en cuenta como parte del paisaje cultural. Mientras el discurso avanza, la realidad sobre el terreno —especialmente en ciudades como Cuenca— sigue evidenciando tensiones entre protección, normativa y gestión.
El patrimonio como responsabilidad continua, no puntual
Vindel es claro al señalar que la implicación del Colegio en este ámbito no es circunstancial, sino estructural. «La protección del patrimonio es vital, es una de nuestras líneas de trabajo más importantes”, subraya. No en vano, el COACM impulsa cada año unas jornadas específicas para generar debate técnico, aunque también para tejer colaboración institucional, con actores como Hispania Nostra o la universidad.
Ese marco de reflexión conecta directamente con las conclusiones de las jornadas celebradas en Sigüenza, donde se ha defendido que el patrimonio ya no puede entenderse sin su contexto. El paisaje cultural —es decir, la suma de territorio, historia, usos y percepción social— se ha convertido en eje central tanto para la planificación urbanística como para las políticas de conservación.
En el caso de Cuenca, ese debate adquiere un cariz especialmente sensible. La presencia de inmuebles en la Lista Roja de Hispania Nostra no es, para Vindel, una cuestión de cifras —que ni siquiera maneja directamente el Colegio— sino de causas estructurales. «La razón es la desidia, la falta de inversión por parte de las administraciones y, en algunos casos, la falta de conocimiento por parte de los propietarios», ha explicado. Una combinación que desemboca en situaciones límite donde las decisiones llegan «tarde» y «con escaso margen de maniobra».
El ejemplo más paradigmático para el presidente de los arquitectos conquenses es el del edificio de la Fundación Sánchez Vera, en la calle Tintes, que terminó siendo demolido. Para el Colegio, la actuación fue errónea. Vindel sostiene que existían alternativas técnicas viables, como el mantenimiento de la fachada y el vaciado interior, una práctica habitual en intervenciones patrimoniales. «Que sea más caro mantenerlo que tirarlo no justifica la demolición», afirma con contundencia. A su juicio, el problema no fue solo la decisión final, sino la falta de intervención previa: una actuación mínima hace una década —como la reparación de la cubierta— podría haber evitado la pérdida total del inmueble en su opinión
«Normativa hay, lo que falta es aplicarla a tiempo»
Uno de los puntos más delicados del diagnóstico de Vindel tiene que ver con la normativa. Frente a la percepción de que el centro de Cuenca está menos protegido que su Casco Histórico, el arquitecto introduce un matiz clave. Vindel apunta que existen las herramientas, pero no siempre se han desarrollado o aplicado correctamente.
El Plan de Ordenación Municipal (POM), cuyo avance ya en 2006 incluía un catálogo de edificios protegidos, es para él la pieza fundamental. «La forma de proteger estos edificios es incluirlos dentro del plan», explica. Sin embargo, la falta de aprobación definitiva y cambios de criterio —como el caso del propio edificio de Tintes, inicialmente considerado protegible— han debilitado esa herramienta. El resultado es un escenario donde algunos inmuebles del siglo XIX han desaparecido sin una cobertura efectiva, no por ausencia de normativa, sino por su incompleta implementación.
El caso de la iglesia de San Antón —actualmente en proceso de rehabilitación— demuestra para Vindel que hay margen para actuar con mayor diligencia, aunque incluso ahí Vindel se muestra prudente por la falta de información directa sobre los proyectos. Entre ejemplos positivos y pérdidas irreversibles, el diagnóstico es que el patrimonio en Castilla-La Mancha —y en Cuenca en particular— se encuentra en un punto de inflexión. El cambio de paradigma hacia el paisaje cultural abre nuevas oportunidades, pero también exige mayor coordinación, inversión y, sobre todo, anticipación porque como deja entrever Vindel, cuando se actúa solo en fase de ruina, el patrimonio ya está, en gran medida, perdido.
Del edificio al territorio: el salto al paisaje cultural
El debate, en cualquier caso, ha evolucionado. Tal y como se puso de manifiesto en las jornadas del COACM, el foco ya no está únicamente en edificios concretos, sino en sistemas más amplios. La reivindicación de una Ley de Paisaje para Castilla-La Mancha apunta precisamente en esa dirección. Vindel la define como un instrumento para «proteger no solo edificios, sino entornos», superando los límites municipales y abordando el territorio desde una escala comarcal o regional. Esta visión, a juicio del arquitecto, resulta especialmente relevante para zonas rurales, donde los ayuntamientos cuentan con menos recursos técnicos y económicos. La futura norma permitiría, además, alinear la protección patrimonial con dinámicas territoriales más complejas.
Más allá de las herramientas legales, Vindel insiste en la importancia de que la ciudadanía conozca el patrimonio. Las jornadas no solo cumplen una función técnica, sino también divulgativa. «Sirven para que la gente lo conozca, lo aprecie más y luego luche por su conservación», resume. En esa idea converge con el planteamiento general del COACM, pues apuntan que el patrimonio no puede sostenerse únicamente desde la normativa o la intervención profesional, sino que requiere նաև una ciudadanía consciente de su valor.













