Antonio Olmeda Olmeda
Segunda parte de los cinco relatos testimoniales que rescatan la memoria de la Beneficencia de Cuenca desde la labor pedagógica y humana de sus escuelas con la pluma de Antonio Olmeda.
Mi encuentro con D. Inocente Moya Mena
Hubo muchas noches en las que, desde la habitación contigua, oía a mis padres hablar de mí. Hablaban en voz baja, pero lo suficiente para que un niño entendiera lo esencial: mi futuro les preocupaba. Mi tartamudez les quitaba el sueño.
Fue Justa, la maestra de Villar de Cantos hospedada en nuestra casa, quien les habló de una esperanza: un maestro en Cuenca que hacía milagros con los problemas del habla. Sus padres, Dña. Ina y D. Pedro, hicieron las gestiones necesarias para propiciar aquel encuentro.
Así, en septiembre de 1963, con apenas doce años, mi madre me preparó una maleta repleta de ropa, ilusiones y alguna lágrima silenciosa acariciando su alma. Mi padre me acompañó hasta Honrubia para tomar “La Catalana”, el autobús que me llevaría a Cuenca.
Durante el trayecto apenas habló. Solo, de vez en cuando, repetía con voz contenida:
.”Pórtate bien, hijo”.
Conocía al conductor y al cobrador. Les explicó que, al llegar a la estación, alguien me estaría esperando. Pero un error de fechas cambió el guion: cuando bajé del autobús, no había nadie.
Allí estaba yo. Solo. Con doce años. Una maleta en la mano y mi tartamudez como única compañera.
Preguntando aquí y allá, con el esfuerzo que suponía para mí cada palabra, conseguí llegar hasta la calle Torner (hoy Poeta Federico García Lorca), donde vivían los padres de Justa con sus cinco hijos. Allí me dieron familia y calor humano.
Al día siguiente me acompañaron a la Beneficencia. (De ella hablaremos más adelante, en capítulos especiales de mi vida). Recuerdo perfectamente lo que sentí aquella mañana: nervios, incertidumbre y asombro. Todo me parecía inmenso, y solo la presencia de la buena Doña Ina me ayudó a seguir adelante.
Nos recibió Sor Valentina en su despacho. Sé que me hicieron muchas preguntas, aunque apenas recuerdo la conversación. Solo recuerdo mi obsesión: poder hablar.
Y otra cosa que me impresionó profundamente: aquellos gorros blancos con alas que llevaban las monjas.
Hasta que llegó él.
. “Este es D. Inocente, tu maestro” me dijeron.
Era un hombre elegante y delgado, de abundante cabello canoso. Me miró, sonrió y me preguntó mi nombre mientras ponía una mano sobre mi hombro. Aquel gesto cambió algo dentro de mí.
Acompañados por una monja, recorrimos pasillos interminables de techos altos y ecos constantes, mientras otros niños nos observaban con curiosidad. Él me hablaba con tal naturalidad que, sin saber por qué, a su lado mi mundo empezaba a serenarse.
Llegamos a una gran puerta. La abrió. Y ocurrió algo que jamás he olvidado: todos los alumnos corrieron a sus pupitres, atentos y curiosos.
Se hizo, entonces, el silencio del silencio.
Sin saberlo, en ese instante comenzaba la aventura más decisiva de mi vida. El “Arquitecto del Silencio” y yo dábamos los primeros pasos para construir una esperanza.









