Los cadáveres de los dinosaurios del yacimiento Lo Hueco permanecieron a la intemperie, según un estudio

Los huesos, que tienen alrededor de unos 70 millones de años, han conservado unas perforaciones que han permitido a los investigadores reconstruir las condiciones y el tiempo de exposición de los cadáveres antes de convertirse en fósiles

Los huesos de los restos de dinosaurios del yacimiento Lo Hueco en Fuentes, que tienen alrededor de unos 70 millones de años, han conservado unas perforaciones que han permitido a los investigadores reconstruir las condiciones y el tiempo de exposición de los cadáveres antes de quedar enterrados y convertirse en fósiles. Según publica la revista Earth-Science Reviews y, según informa la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), «aporta nuevas evidencias sobre la manera de acumulación de los cadáveres de estos dinosaurios gigantes en lo que fue una llanura costera del Cretácico Superior y hoy es un paraje enclavado al sur de Cuenca. Las evidencias permiten reinterpretar los procesos y el escenario que dieron lugar al yacimiento».

El catedrático de Paleontología en la Facultad de Ciencias de la UNED y coautor del estudio, Francisco Ortega, sostiene que «cuanta más información sobre el proceso de fosilización se pueda obtener, más precisa será la reconstrucción del ambiente en el que vivieron y murieron estos dinosaurios». Hasta ahora se creía que el rápido enterramiento fue consecuencia de un derrumbe masivo de materiales, pero pasaron semanas o incluso meses en el exterior, lo que permitió que insectos necrófagos colonizaran sus cuerpos.

Por su parte, el investigador principal Zain Belaústegui, de la Universitat de Barcelona, afirma que «el estudio de la bioerosión producida por insectos en diferentes estructuras esqueléticas es muy útil para descifrar el proceso de fosilización, ya sea en elementos aislados o esqueletos articulados más o menos completos. En este caso, nos indica que los restos estuvieron expuestos el tiempo suficiente para que insectos necrófagos pudieran perforar estas estructuras».

El trabajo incluye también una revisión de más de 140 referencias sobre bioerosión de insectos en tejido óseo, desde el Triásico Medio hasta el Holoceno. Solo una de ellas corresponde a la Península Ibérica, lo que subraya la relevancia de este nuevo estudio y la necesidad de continuar explorando este registro. 

El método empleado

Las perforaciones de los huesos de sección elíptica excavadas en la superficie las hacen las larvas de algunos escarabajos durante la colonización de cadáveres actuales. La excepcional preservación del material ha permitido caracterizar de forma robusta un tipo de perforación que técnicamente se clasifica dentro de un icnogénero denominado Cubiculum.

Para determinar este tiempo de exposición, se estudió el comportamiento de las larvas del escarabajo actual Dermestes frischii, capaz de generar trazas análogas a Cubiculum sobre cadáveres de cocodrilos y avestruces. Los datos muestran que estas estructuras requieren al menos 240 horas para formarse, e incluso mucho más en condiciones naturales.

El gran cementerio de dinosaurios

Lo Hueco es uno de los yacimientos de dinosaurios más importantes del Cretácico Superior europeo y ha proporcionado gran cantidad de restos óseos aislados y de esqueletos relativamente completos de grandes saurópodos titanosaurios que vivieron hace unos 70 millones de años. Todo este material se encuentra depositado en el Museo de Paleontología de Castilla-La Mancha (MUPA) en Cuenca. 

Los resultados obtenidos en Lo Hueco muestran además el potencial de las trazas producidas por insectos para reconstruir los acontecimientos que tuvieron lugar entre la muerte de un organismo y las primeras fases de su fosilización, aportando información relevante para la reconstrucción de algunos aspectos de la historia de los ecosistemas del pasado.

La investigación ha sido financiada por la Agencia Estatal de Investigación y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, coordinado por el Grupo de Biología Evolutiva de la UNED y liderado por Zain Belaústegui, profesor de la Facultad de Ciencias de la Tierra y miembro del Institut de Recerca de la Biodiversidad (IRBio) de la Universitat de Barcelona, en colaboración con paleontólogos de la UNED y entomólogos forenses de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH).