En Cuenca durante la Semana Santa el tiempo suele medirse en isobaras. Cuando se utiliza el tan citado sustantivo un nazareno no suele pensar en horas, minutos y segundos; porque en esta ciudad las procesiones se miden en tiradas bajo el banzo, en puntos donde perderse el paso del desfile es susceptible de considerarse pecado e incorporaciones y despedidas durante el recorrido. Sin embargo hay ocasiones en las que hablar de ese otro tiempo, que nos resulta casi ajeno durante estos días, es necesario. Ocasiones como la que se ha presentado este Miércoles Santo en esa pugna perpetua entre el tiempo de Dios y el tiempo de los hombres.
Suele decirse del tiempo de Dios -también llamado kairos– que es eterno y oportuno y que por esa definición difiere del humano, lineal y cronológico –cronos-. Mientras los humanos operan bajo las urgencias de minutos y años, la perspectiva divina es eterna. En ese afán de medir y poner hora de empiece y fin a lo que quizá, por su sentido místico, no debería tenerla, Cuenca se ha encontrado en una carrera contrarreloj en la que el repiqueteo del tiempo ha sido casi tan constante como el de las horquillas.
El Silencio arrancaba en la iglesia de San Esteban arrancándole dos minutos a las siete en una salida perfecta en tiempo y forma. En uno de esos días que se han presentado casi de libro para procesionar, el retumbar de los tambores ha marcado el pulso de ese mecanismo en el que cada engranaje debe encajar y girar perfectamente para que los imprevistos no concatenen horarios incumplidos que acaban desencadenando el tan temido ‘efecto fuelle’ con la fuga de nazarenos y el consecuente acortamiento entre hermandades en los últimos tramos de las procesiones.
Desde el inicio público y nazarenos han dibujado un profuso paisaje de aceras repletas donde “no cabía un alma más”, una de las frases más repetidas entre las maniobras de salida del Huerto de San Esteban y El Prendimiento. Capataces y banceros han tenido que tirar casi de escuadra y cartabón para poder comenzar a desfilar. Así, a pesar del buen hacer de ambas hermandades armar el cortejo se ha convertido en el primer Calvario adelantado de la noche, con una batalla entre viento metal, viento madera, guiones y estandartes para que todo el mundo estuviera en su lugar.
Apenas diez minutos después del inicio del desfile El Prendimiento ha dado sus primeros pasos con los acordes de “La Traición a la Victoria”, una de las marchas jóvenes que más suenan en la Semana Santa de Cuenca y que tras haberse interpretado en varias ocasiones a lo largo del recorrido con varias de las tallas que han desfilado promete no solo permanecer en las partituras seleccionadas año tras año, sino también convertirse en clásico y seña identitaria del olivo cada Miércoles Santo en Cuenca. Al paso de la procesión del cruce de la calle Aguirre con la Calle Noheda se ha vuelto el paso a la hermana Angustias Garcia Piña, fallecida en noviembre y madre de la Secretaria, Irene García en un momento cargado de emoción y simbolismo.
De Aguirre al Peso: la sincronía de un mecanismo bien regulado
Sin más complicaciones que las que presenta -por ventura- un desfile bien arropado de fieles, la procesión ha comenzado a espolearse desde Aguirre hasta Las Torres y la Puerta de Valencia en una cadencia pendular perfecta. Mitad maratón, mitad marcha militar los nazarenos no han dudado en adaptar su paso y la densidad de sus filas a medida que las circunstancias lo han ido requiriendo. Ejemplo de ello ha sido la hermandad del Huerto de San Esteban, que a la altura del Monasterio de la Inmaculada de las Concepcionistas Franciscanas sobre las 19:28 ha tenido que triplicar sus filas tras haber iniciado ya el recorrido con los hermanos de dos en dos.
Suele medirse el estado de salud y popularidad de una hermandad en cuestión de nazarenos desfilando, algo de lo que esta hermandad ha hecho gala desde el arranque. Sin embargo existen varas de medir alternativas que más allá del poder de convocatoria aislado a una procesión hablan de cantera, legado y futuro. El Huerto no solo ha acumulado un buen número de capuces, sino que también ha conseguido situarse durante la subida como la hermandad en la que más niños han subido en la fila central, con más de cuarenta pequeños caminando detrás del guion.
A estos se han sumado otra veintena de menores que han hecho el desfile junto a los suyos; entre ellos, una niña de poco más de un año jugaba curiosa con los cordones de su túnica mientras se giraba buscando el paso, una escena que hablaba por sí sola del relevo generacional que sostiene la Semana Santa conquense. Asimismo ha resultado reseñable la cantidad de familias al completo -de la de sangre y la que se elige- que no han dudado en compartir sus pasos durante esta tarde. La profusión de nazarenos ha contrastado con la situación en el público al paso por Alonso de Ojeda, una ‘zona gris’ entre los ‘puntos calientes’ de elevada concentración de devotos en la Puerta Valencia y El Salvador.
En esta parroquia a la llegada de Huerto y Prendimiento sobre las 19:45, la Amargura ha tratado de empujar las manecillas del éxito con una cabecera y unas filas perfectamente formadas y listas para salir. Durante un minuto el objetivo se ha antojado alcanzable cuando parecía que lo peor había pasado. Sin embargo, El Peso ha sido hoy un ‘punto negro’ que más bien se ha antojado agujero. Aceras despejadas con el público situado en zonas con un leve ensanche han comenzado materializar el sueño de lo que podía ser una procesión perfecta.
En una fina ironía del destino, ha sido un mecanismo el principal culpable de desajustar toda la maquinaria humana. El compendio de muelles y engranajes que permiten girar el ángel del Huerto para permitir su paso por El Peso ha tenido un tornillo como ‘baja en combate’ de la tarde. Tras más de 25 minutos con el paso en horquillas ha conseguido solventarse. Un año más la Cuenca nazarena ha retado a la física y la angosta arquitectura para demostrar que la devoción permite superar todas las dificultades en una ciudad nacida para ser Pasión. A pesar del comportamiento ejemplar de los espectadores, una vez conseguido que el primer paso atravesara esta calle, no ha sido hasta poco más de diez minutos después que ha podido reanudarse el cortejo. A este nuevo retraso se la ha sumado otra espera en horquillas al Huerto, que se encontraba esperando a que el Beso de Judas continuase el ascenso una vez incorporada la Amargura.
Un silencio a pasos agigantados para hacerse con la victoria
En la llegada a la Plaza Mayor ha sido cuando los pequeños desajustes han ido sumando en la cuenta de minutos y segundos robados. Los pequeños incidentes, los parones acusados y el ritmo general del cortejo han hecho que el Huerto descansara sobre las borriquetas más de media hora después de lo previsto inicialmente. Ese tiempo de descuento ha conseguido desdibujarse por un instante con el incienso que ascendía de manos de los turiferarios para perfumar el paso del que es vendido por treinta denarios de plata.
Un ansioso público se agolpaba para ver los últimos acordes de las sombras del pérfido olivo del Prendimiento sobre las fachadas de colores de Alfonso VIII. Si los Oblatos, tanto de subida como de bajada, han conseguido mantenerse como una de las zonas de interés, la subida hasta la Plaza Mayor ha contado con un público no profuso pero más o menos constante. Dos minutos antes de las diez de la noche la Amargura ha entrado en los Arcos al son de la Marcha de Infantes.
Mientras las llegadas se producían a cuentagotas, la Negación de San Pedro y San Pedro esperaban en borriquetas en el exterior del templo homónimo entre un mar de túnicas y capuces que se confundían con las del Ecce Homo de San Miguel, cuyo titular esperaba paciente tras las puertas de la iglesia. Las puertas Catedral se han abierto para que la eucaristía tomara las calles del Casco Antiguo minutos antes de las 22:20. Los doce de Cristo han descendido las escaleras del templo con una solemnidad que ha hecho que se echase en falta un respeto mayor por el momento.
Los muchos asistentes y la disparidad de momentos en los que estos se encontraban no han logrado afianzar un silencio necesario con un himno nacional interpretado entre una partitura disonante de voces y chillidos. Una estampa sonora que, por desgracia, se ha completado con una tribuna preferente de teléfonos que han roto el clímax luminoso que tanto y tan bien cuidan las hermandades. De todos es sabido que las nuevas tecnologías han ayudado en la promoción y retrato de la Pasión, si bien esta noche esa herramienta ha acabado por convertirse en una suerte de Guernica grotesco e hiperbolizado en el que el continente ha ganado al contenido para convertirse en un post ‘instagrameable’ con la marcha de moda vacío de emoción o significado.
Entre este momento y el que ha dejado completamente conformada y alineadas, curvas mediante, la procesión ha pasado una hora y media, alcanzando las 00:10 aproximadamente cuando la Amargura se deslizaba bajo los Arcos. A pesar del peso de las manecillas cerniéndose sobre un Silencio que se volvía espeso por momentos entre el tiempo y el cada vez más evidente goteo de nazarenos, el público no ha dejado desamparado al cortejo en ningún momento. Unas repletas Curvas de la Audiencia han precedido a una gloriosa entrada de San Pedro en la Plaza de la Constitución al son de ‘Siempre la Esperanza’.
Carretería, habitual punto débil en las procesiones nocturnas, ha retado al minutero y mientras el desfile le robaba los primeros minutos a las dos de la mañana, en San Esteban han acabado convergiendo nazarenos y curiosos que ya habían visto el desfile al completo en otros puntos. Una multitudinaria despedida para la Cena, el Huerto, el Prendimiento, la Negación y San Pedro, con Saeta, recuerdo a los caídos y ‘De la Traición a la Victoria’ han sellado a golpe de compás el alfa y el omega con la sentencia de que en Semana Santa el tiempo no se pierde, se transforma y siempre se ofrece en un acto de entrega y penitencia.
En un final íntimo, de comunión con Dios en la hostia consagrada que había dibujado en el cielo con una rutilante luna llena, Amargura y Ecce Homo han continuado unos metros más para encerrar con la promesa de que cinco minutos bastan para soñar todo un año de espera con unas horas en las que el tiempo del hombre se convierte por un instante es tiempo divino.














