Una mirada de asombro

F. Javier Moya del Pozo.

Sólo recuerdo la emoción de las cosas,

y se me olvida todo lo demás;

muchas son las lagunas de mi memoria.

Antonio Machado.

En la cocina, con 80 años recién cumplidos, en el primer domingo del mes de mayo, prepara la celebración de un nuevo día de la Madre; y, entre los recuerdos de una vida tan intensa- profesora de historia jubilada, cuatro hijos y seis nietos-, los aromas del cordero en el horno se abrazan en torno a una nostalgia por  tiempos lejanos, y también por lo que aún queda por venir.

Desde que abre los ojos, casi al amanecer, su rostro muestra un gesto de asombro, casi de pasmo, que, al llegar ante el espejo del aseo, se convierte en un sincero interrogante sobre el instante, tan oculto  como evidente, en el que la joven llena de esperanzas y un lejano futuro se convirtió en la portadora de arrugas y achaques. Sus pensamientos se interrumpen por los ecos de la conversación que los miembros de la familia mantienen en el comedor, donde alguien, hablando sobre la inteligencia artificial y la influencia que tendrá en la sociedad, dice “ sólo si eres capaz de explicárselo a tu abuela tendrás la seguridad de que has entendido algo”. Y, entonces, algo se remueve por dentro en esta mujer,  porque parece que esa abuela es alguien con escasa capacidad para entender ciertas novedades o formas de comunicarse en los tiempos actuales;  y que  ella ha de pasar por el filtro de que otro lo entienda antes, y sepa simplificarlo después,  para que pueda ser asimilado por la mente de la octogenaria. Mientras la calma le llega gracias a un café que se toma pausadamente, piensa en  las abuelas que conoció, mujeres que vivieron una posguerra muy dura; que criaron familias numerosas y que no necesitaban un tutorial en YouTube para educar a sus hijos, hacer una paella o la matanza y arreglar los vestidos  de la familia. Por no hablar de aquéllas que trabajaron  en el campo,  hacían empanadillas con relleno sólo de pan o milagros gastronómicos con los mínimos indispensables, sin necesidad del  televisivo  Arguiñano de turno. Y le enerva esa falsa superioridad que muchos sostienen por el único mérito de saber manejar  un iPhone y  colgar videos en internet; tratando  a los ancianos de discapacitados mentales, por el solo hecho de que, puesto  que nunca lo han necesitado para su trabajo,  y ya jubilados, tengan dificultades para operar en una cuenta bancaria online o en un cajero automático, o solicitar una cita a un organismo oficial a través de  la  sede electrónica.

Y es el abrazo del nieto más pequeño el que le lleva al convencimiento de que la aversión que todos tenemos a la vejez de los seres queridos encuentra su fundamento en  creer  que aquélla nos los arrebata; sin darnos cuenta que, en realidad, el ser amado es el mismo, permanece; y que al igual que los padres entendieron que no había que limitar a sus hijos su propio aprendizaje, pues sus vidas habían de discurrir en otros tiempos y circunstancias, los padres, en su ancianidad, se enfrentan a  otras necesidades, y, con ello, han de encontrar  otros instrumentos para satisfacerlas; ajenas ya de toda pasión egoísta y volcadas, por el contrario, en el afecto y entrega a quienes, por encima de todo, les legarán una memoria compuesta de actos, tan simples como eternos, como  una comida familiar en torno a una abuela que, tal vez, no se maneje con las última novedades informáticas pero que, en el saber enfrentarse a las dificultades de la vida, en la preocupación por su propia formación y la de sus alumnos y, sobre todo, en el amor a su familia, hace tiempo que obtuvo el doctorado cum laude.

Y, con el cordero ya fuera del horno, sobre la mesa del comedor, piensa en los versos de su admirado Antonio Machado, y sabe que le bastará  el recuerdo de la emoción de lo vivido para ser feliz en un nuevo día de la Madre.