La familia García Escudero, un linaje artístico rescatado del olvido

Hilario Priego Sánchez-Morate

La historia cultural española del primer tercio del siglo XX guarda aún rincones sorprendentes, y uno de ellos es la trayectoria de la familia García Escudero, un clan gitano oriundo de Chillarón cuya huella, dispersa entre el flamenco, la pintura, el cine y el toreo, merece ser rescatada del olvido. El patriarca, Benigno García Gabarre, tratante de ganado y desbravador de caballos, y su esposa, Agustina Escudero Heredia, nacida en 1888, formaron un hogar humilde del que surgirían varias figuras de notable proyección artística. Agustina, bailaora no profesional, fue sobre todo una modelo excepcional para algunos de los grandes pintores del momento. Su figura aparece en obras de Ignacio Zuloaga, Manuel Benedito, Anselmo Nieto, Julio Romero de Torres o Sebastián Miranda, y su rostro puede encontrarse hoy en museos de Buenos Aires, Nueva York, el Louvre o Madrid. Ella misma recordaba: “Yo he sido modelo de Sorolla, de Romero de Torres y de Zuloaga… Ahí están, pa los restos, en todos los museos del mundo”. Participó además en el estreno de El amor brujo en 1915 y en espectáculos y películas de la época, y durante la posguerra afrontó un proceso judicial del que resultó finalmente absuelta gracias a los avales de personalidades como Zuloaga, Benedito o varios aristócratas. Murió en Madrid en 1975.

La hija mayor, Josefa García Escudero, nacida en 1902, sería conocida internacionalmente como María de Albaicín. Desde niña mostró un talento precoz para el baile y fue una de las primeras artistas en bailar por farrucas. Debutó con Pastora Imperio en El amor brujo y adoptó sucesivamente los nombres artísticos de María Imperio, La Faraónica y, finalmente, María de Albaicín, con el que alcanzó fama en España y Europa. Zuloaga la recomendó a Sergei Diaghilev, quien la incorporó a proyectos vinculados a los Ballets Rusos. En París, donde se instaló, fue retratada por artistas de vanguardia y contrajo matrimonio con el actor Aimé Simon Gérard. Su carrera cinematográfica en el cine mudo francés y alemán la situó entre las jóvenes estrellas del momento, pero su vida quedó truncada por la tuberculosis: murió en 1931, a los 28 años, en Passy. Su madre, supersticiosa, recordaba que los gitanos de Madrid la habían maldecido por casarse con un hombre blanco, y atribuía a esa maldición el deterioro de su salud.

El segundo hijo, Miguel García Escudero, nacido en 1913, adoptó el nombre artístico de Miguel Albaicín y destacó como bailaor de estilo personalísimo. Educado en París, trabajó con Pastora Imperio, La Argentinita y Concha Piquer, participó en giras internacionales y actuó en la primera versión cinematográfica de El amor brujo (1949). Formó una célebre pareja artística con Muguet, con quien recorrió diversos países y actuó durante años en el tablao Zambra. Se retiró en los años setenta y falleció en 1999.

El menor de los hermanos, Ignacio Rafael García Escudero, nacido en 1919, fue el célebre torero Rafael Albaicín. Gitano, culto y cosmopolita, hablaba varios idiomas, tocaba el piano y el violín, escribía música y diseñaba sus propios trajes de luces. Ahijado de Zuloaga, que lo retrató en varias ocasiones, tomó la alternativa en Madrid en 1943 y fue considerado un torero de acusada personalidad, genial e irregular a partes iguales. Su carrera se extendió también al cine, con papeles en La fiesta sigue, Patio andaluz, El Cid, Lawrence de Arabia o la serie Curro Jiménez. Murió en 1981.

La familia García Escudero, surgida de un pequeño pueblo conquense y marcada por la pobreza, el talento y la determinación, logró proyectarse en algunos de los escenarios más relevantes de la cultura europea. Su historia, entrelazada con nombres como Zuloaga, Falla, Diaghilev, Pastora Imperio o Sánchez Mejías, constituye un ejemplo singular de movilidad social y de la presencia del arte gitano en la modernidad cultural española. Rescatar su memoria es devolver a la historia un capítulo que nunca debió quedar en penumbra.