La ciudad invisible

    Antonio Melero Pita

    Cuenca ha llegado al siglo XXI conservando un patrimonio urbano excepcional. Resulta tentador atribuir ese mérito exclusivamente a la sensibilidad de quienes nos precedieron. La realidad es bastante más compleja. La pobreza de la ciudad durante largas etapas de su historia, la dificultad de crecer entre las hoces del Júcar y del Huécar y la ausencia de grandes recursos económicos impidieron, en muchas ocasiones, las profundas transformaciones urbanísticas que borraron buena parte del pasado en otras ciudades españolas.

    Paradójicamente, la falta de dinero terminó convirtiéndose en una inesperada aliada del patrimonio.

    La situación actual es muy distinta. El Ayuntamiento administra el mayor presupuesto de su historia, cercano a los 72 millones de euros. Nunca antes Cuenca había dispuesto de tantos recursos económicos. Esa realidad obliga a formular una pregunta sencilla: ¿cuáles son hoy las verdaderas prioridades de inversión de una ciudad con más de ocho siglos de historia?

    Una ciudad no se conserva únicamente restaurando lo que se ve. También se conserva cuidando aquello que permanece enterrado bajo sus calles. Nadie pasea por Carretería pensando en las tuberías que discurren bajo sus pies. Hasta que un día deja de salir agua del grifo.

    Las últimas averías en la red de abastecimiento han recordado a todos los conquenses que existe otra Cuenca, invisible, formada por tuberías, conducciones y servicios cuya importancia solo descubrimos cuando dejan de funcionar.

    Una avería puede producirse en cualquier ciudad. Dos también. Lo verdaderamente preocupante es la concentración de incidencias graves que Cuenca ha sufrido durante 2026. Las roturas en la conducción principal procedente de Royo Frío, la avería de una tubería con cerca de noventa años de antigüedad en el Paseo del Huécar y los sucesivos cortes de suministro que afectaron a buena parte de la ciudad constituyen una llamada de atención que no debería despacharse como una simple sucesión de infortunios.

    Los ciudadanos tienen derecho a conocer cuál es el estado real de la red de abastecimiento, cuántos kilómetros necesitan ser renovados, cuál es la antigüedad media de las conducciones, cuánto dinero se invierte cada año en sustituirlas y si ese esfuerzo resulta suficiente para evitar que estas averías excepcionales terminen convirtiéndose en una preocupante normalidad.

    Durante medio siglo, gobiernos de distinto signo han dejado su huella en Cuenca. Unos impulsaron unas obras y otros promovieron otras. Algunas han mejorado la ciudad; otras siguen siendo objeto de debate entre los propios conquenses. Las tuberías, sin embargo, no entienden de ideologías. Si no se renuevan a tiempo, acaban rompiéndose gobierne quien gobierne.

    Mientras Cuenca debatía durante años sobre el Bosque de Acero, sobre las sucesivas remodelaciones de Carretería o sobre determinadas actuaciones ejecutadas con cargo al Plan E, muy pocos hablaban del estado de las conducciones que seguían envejeciendo bajo el asfalto. Aquel proyecto terminó convirtiéndose, para muchos conquenses, en el símbolo de una época en la que la ciudad discutía apasionadamente sobre grandes actuaciones mientras las infraestructuras básicas apenas ocupaban espacio en el debate público. Las infraestructuras invisibles rara vez protagonizan un Pleno municipal, no generan titulares durante semanas y tampoco suelen convertirse en motivo de inauguraciones. Solo adquieren protagonismo cuando dejan de cumplir su función.

    Existe además una cuestión que merece una explicación. La implantación de la red de calor de REBI ha obligado a abrir una parte muy importante de las calles de Cuenca. Cada una de esas zanjas representaba una oportunidad extraordinaria para revisar y renovar, cuando fuera necesario, las conducciones de agua, saneamiento y otros servicios enterrados. Los ciudadanos tienen derecho a conocer hasta qué punto esa coordinación se ha producido. Si se aprovechó esa oportunidad, conviene explicarlo. Si no se aprovechó, difícilmente volverá a presentarse una ocasión semejante en varias décadas.

    Los presupuestos municipales son mucho más que una relación de ingresos y gastos. Constituyen una declaración de principios. Cada euro invertido expresa una determinada idea de ciudad. La reducción de la deuda municipal durante los últimos años merece ser reconocida. Esa mejora financiera debería facilitar una planificación todavía más ambiciosa para renovar unas infraestructuras cuya importancia ha quedado demostrada durante los últimos meses.

    Las tuberías tienen un grave inconveniente desde el punto de vista político: nadie puede hacerse una fotografía junto a ellas el día de su inauguración. Permanecen enterradas, no lucen en los folletos turísticos y pasan completamente inadvertidas cuando funcionan bien. Sin embargo, pocas inversiones producen un beneficio tan directo y tan universal.

    Cuenca seguirá necesitando nuevos proyectos, mejores accesos y actuaciones capaces de impulsar su desarrollo. Todo ello forma parte del progreso. Ninguno de esos proyectos debería hacer olvidar que una ciudad empieza a deteriorarse cuando descuida aquello que sostiene su funcionamiento cotidiano.

    Las ciudades pueden retrasar muchas inversiones. Hay una que nunca debería esperar demasiado: la renovación de las infraestructuras que hacen posible la vida diaria. Cuando las tuberías empiezan a ocupar las portadas de los periódicos, lo más probable es que llevaran muchos años reclamando atención desde debajo de nuestros pies.

    Conservar la ciudad visible es una obligación. Cuidar la ciudad invisible es una necesidad. La primera explica nuestro pasado. La segunda garantiza nuestro futuro.