Carretería: cuando la calle tenía vida

Antonio Melero Pita

Carretería fue durante décadas el verdadero centro urbano de Cuenca: un espacio de paseo, comercio y relaciones humanas. Hoy, tras años de intervenciones fallidas y proyectos acumulados, la calle principal de la ciudad sigue sin recuperar la vida que tuvo.

César González-Ruano entendió Cuenca desde su calle principal. En plena posguerra, cuando escribió sobre la ciudad, dejó claro que Carretería era el verdadero centro urbano, el lugar donde Cuenca se encontraba consigo misma. No hablaba de monumentos ni de vistas espectaculares, sino de algo más sencillo y más importante: la vida cotidiana.

En los años cuarenta y cincuenta, Carretería era paseo, relación y comercio. Quien mire hoy fotografías de aquella época lo entenderá sin necesidad de explicaciones. La gente paseaba, se conocía, hacía amistades, mantenía relaciones. Había comercios, bares, cafés y tertulias. La calle no era solo un espacio de paso: era un lugar para estar.

Muchos de los conquenses de hoy nos hemos criado cerca de Carretería o alrededor de ella. Era el punto de referencia natural: se bajaba “a Carretería” como quien va al centro de la vida social. Allí estaba el comercio tradicional, allí se quedaba, allí se hablaba. Esa memoria no es nostalgia vacía; es la constatación de que la calle funcionaba.

La Carretería actual, sin embargo, ofrece una imagen muy distinta. Tras una intervención que la transformó profundamente hace años, la calle perdió buena parte de su carácter. Hoy es una vía peatonal, sí, pero una peatonalización mal entendida. El peatón camina sobre un pavimento duro, sin atractivo, con terrazas instaladas directamente sobre el asfalto, sin un entorno amable que invite a quedarse.

El comercio tradicional desaparece poco a poco. Cierran tiendas de toda la vida y no son sustituidas por una actividad que devuelva vitalidad a la calle. Carretería es hoy, para muchos, una calle fea y sin vida, pese a estar en el centro de la ciudad. La peatonalización, lejos de generar actividad social, ha terminado produciendo un espacio cómodo para colocar mesas, pero incómodo para vivirlo.

Y mientras tanto, se suceden los proyectos. Anuncios, estudios, asistencias técnicas, planes que prometen devolver a Carretería lo que fue. La reciente adjudicación para redactar un nuevo proyecto de reurbanización vuelve a despertar expectativas, pero también cansancio. Porque el problema de Carretería no ha sido la falta de iniciativas, sino la falta de una idea clara de qué calle quiere Cuenca.

González-Ruano lo vio con claridad hace más de setenta años: una calle principal no se impone, se llena de vida. Carretería era entonces un espacio de relación humana, no un decorado urbano. Hoy corre el riesgo de seguir acumulando intervenciones sin recuperar lo esencial: que la gente quiera pasearla, quedarse, encontrarse.

Tal vez antes de proyectar una nueva Carretería convendría mirar las fotografías antiguas, escuchar a quienes la vivieron y entender por qué funcionaba. No para copiar el pasado, sino para recuperar su espíritu.

Porque una calle sin vida, por muy reformada que esté, nunca será el corazón de una ciudad.