F. Javier Moya del Pozo
La Soledad, atroz, pelotillera,
te invita a trabajar
-mientras te mata-
y te invita a llorar
-mientras te seca-.
Gloria Fuertes. “ Obras incompletas”.
Estoy de acuerdo con Elsa Punset cuando dice en su última obra, “ Alas para volar”, que no hay que huir de la soledad, pues permite desarrollarte, transformar tu vida; pero, cuando esa soledad viene acompañada de una ancianidad con numerosos achaques del cuerpo ( y, frecuentemente, también de la mente), o impuesta por un acoso escolar tal que la víctima no se atreve a compartirlo ni siquiera con sus padres, o aquélla se presenta allí donde el cuidador del ser querido se entrega a una labor que no le deja apenas respirar, está claro que, como escribió la genial Gloria, esa soledad te invita a llorar, y deja seco tu ánimo.
Es, en esas situaciones extremas de un desierto afectivo, cuando el anciano intenta sobrevivir, buscando las más variadas razones para que les visiten los familiares, en quienes ha surgido la errónea sensación de que la vejez les ha arrebatado a la persona amada; pensamiento, tan egoísta como desacertado, que le lleva a un hijo a distanciar cada vez más sus encuentros con los padres de avanzada edad.
De igual manera, el día en el que surge el convencimiento en el cuidador de que no hay vuelta atrás, de que nunca habrá mejora, se posa sobre sus hombros una sensación de cansancio total y de desánimo; pues desiste de toda esperanza de que alguien llegará para ayudarle, y rescatarle así, de esa terrible soledad del cuidador. El amor, escribió Martín Descalzo, es siempre plenitud, pero no siempre es consuelo.
Si terribles son las situaciones anteriores, cuando la soledad se acompaña por un trato degradante a un adolescente, dado por compañeros de colegio, llevará a la víctima a decisiones extremas para no seguir sufriendo antes que compartir su dolor y angustia con alguien cercano y que pueda entenderle.
Por eso, porque es una tarea tan anónima como heroica, me admiran los que se colocan al otro lado de una línea telefónica de ayuda al que vive en terrible soledad; para hablar tal vez, de temas tan coloquiales y simples, como tan preciados para el que les llama; para dar, con sus palabras, un poco de calor al anciano, de fuerza al cuidador y de luz al acosado; haciéndoles ver que el anciano aún tiene una sonrisa hermosa que regalar; al cuidador, que en la madrugada vendrá alguien a cogerle la mano temblorosa de cansancio y de miedo; y al adolescente que ya no puede soportar una humillación más, un rayo de esperanza, al hablarle de que aún le quedan muchas canciones que escuchar y muchos abrazos y besos que compartir. Y que se merece cada canción, cada abrazo y cada beso.
Mi total admiración hacia quienes les basta con responder a una llamada telefónica para hacer, con su palabra cálida y sosegada, junto a una escucha paciente y empática, la mejor medicina para combatir a esa enfermedad tan extendida de la soledad:
En el amor, dolor y soledad
la vida se presenta siempre a todos;
y cuando creas que no puedes más
vendrá alguien que esté dispuesto a escuchar.
Y continuarás, aunque sigas roto.











