13/01/2020
Opinión

Sánchez

La coherencia es un valor desconocido para la clase política que nos ha tocado padecer. Mi abuela solía decir "como no soy río, me vuelvo" y aunque nunca supo de Heráclito, su filosofía de andar por casa parecía inspirada por las conclusiones a las que el "Oscuro de Éfeso" llegara siglos atrás, cuando afirmó que nada es permanente a excepción del cambio, definiendo así a la perfección el comportamiento de Pedro Sánchez, ese estadista. Para huir de la crispación instalada en el ambiente y de palabras gruesas como embuste, fraude o felonía es más conveniente para el espíritu concluir que el séptimo presidente de nuestra democracia ha hecho de la contradicción un arte, lo cual ya se venía venir en este adalid del cambio climático que viajaba en falcon a la vuelta de la esquina. Metido en su particular concepto de la lógica,  Heráclito sostenía que todo es y no es al mismo tiempo, y eso debió pensar nuestro líder cuando no habiendo querido pactar en su día con su futuro vicepresidente por no acabar como la Venezuela de las cartillas de racionamiento, se abandonó en sus brazos cuando vio peligrar la poltrona, soñando con alcanzar de su mano, la justicia social.

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos, decía el verso de Neruda que sin duda leyó Sánchez para inspirar este viraje, lo cual es comprensible si no fuera porque ese entonces, en el caso de nuestro Pedro, fue solamente antes de ayer. Es cierto que el flamante jefe de gobierno ha batido todos los registros en el incumplimiento de sus promesas electorales pero también lo es que ha tenido excelentes maestros en esa tradición. Felipe González llegó al poder cabalgando sobre un furor antiatlantista que terminó en referéndum con pregunta capciosa en el que pidió el sí a la OTAN, con el chantaje emocional incluido de su posible dimisión si fracasaba en ese empeño. Los ochocientos mil puestos de trabajo anunciados en el programa que le llevó a la Moncloa constituyen una cifra mágica que todavía resuena en los oídos de los ochocientos mil nuevos parados que en realidad generó su política económica durante su primera legislatura, todo lo cual no evitó que el pueblo refrendara su gestión con dos mayorías absolutas más. 

En 1996, José María Aznar alcanzó la presidencia del gobierno y todas las críticas que había vertido con anterioridad sobre las cesiones de González a los partidos nacionalistas se quedaron en la recepción del Hotel Majestic en cuyos salones se firmó el pacto de gobierno con Convergencia que Pujol llegó a calificar como más beneficioso para sus intereses que el alcanzado tres años antes con los socialistas. El cénit de la desfachatez en la historia de la incongruencia política llegó dos años más tarde, cuando el mismo Aznar que hizo de la guerra sucia el centro de su labor de oposición, indultó desde el gobierno a los dirigentes socialistas condenados por las actividades de los GAL, permitiendo su salida inmediata de prisión. En las elecciones generales del año 2000, al pueblo español debió parecerle todo correcto pues otorgó al Partido Popular su primera mayoría absoluta.

La era Zapatero fue también prolija en contradicciones y bandazos que el mago del talante prodigaba con la sonrisa en los labios y el sofisma en el discurso. El mesianismo que acompaña a todos los debutantes en el cargo le llevó a pretender resolver los problemas vasco y catalán a un tiempo, y en ambos avisperos se dejó parte de su credibilidad. La culminación de tanto artificio fue el encubrimiento de la crisis financiera de 2008 y lo hizo con tal eficacia que el electorado volvió a renovar un mandato que acabó en  congelación de los salarios públicos y las pensiones que había prometido subir en campaña. Mariano Rajoy le afeó con dureza el que calificó como recorte social más grande de la historia y en las elecciones del 2011 aseguró que su gobierno jamás se cebaría con las personas más indefensas, las que habían contribuido con el esfuerzo del trabajo de toda una vida al bienestar y al progreso general. Una vez conseguida la mayoría absoluta, olvidó todas estas consideraciones y para maquillar su desvergüenza, subió las pensiones un raquítico 0'25 % lo que en realidad equivalía a bajarlas por la pérdida de poder adquisitivo que ello suponía respecto al IPC. Un trabajito rutinario para quien habiendo acusado a ZP de traicionar a los muertos durante la negociación con ETA, cuando se vio en la Moncloa, continuó con la misma política antiterrorista que había criminalizado en su oponente.

Todo cambia, nada es. Lo único inmutable en materia política es la inconsistencia de la palabra dada, sobre todo si está en juego la permanencia en el poder. La historia de nuestra democracia nos enseña que los heraldos del apocalipsis que estos días andan soliviantados anunciando catástrofes deberían esperar a que se produzca el enésimo giro teatral de este oxímoron andante recién investido. Es muy probable que el otrora defensor escrupuloso de la legalidad en Cataluña, que abomina hoy de la judicialización del conflicto político, aparezca en la mesa de negociación con Torra disfrazado de monarca constitucional. Es lo que hemos votado a pesar de que ya estábamos avisados de esta esquizofrenia. Se acerca el carnaval.  

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