Sinaí, Carmelo, Nebo, Tabor, Calvario. Dios prefiere las alturas. Y la Cuenca vieja no está en el llano. Que la audiencia nos convalide el cliché, porque nada es más exacto: la ciudad ha vuelto a transfigurarse este Viernes Santo en el Gólgota castellano. Más que un monte, toda una cordillera sagrada. La segunda procesión de la jornada ha podido hacer lo que mejor sabe como pocas en España: narrar el último tormento de Cristo con su elocuencia de madera, marfil y espejos. Así —con sol, responsabilidad y siguiendo el guion heredado— se ha quitado el regusto amargo de la recortada y deslucida experiencia del año pasado.
De las 12:28 horas, cuando comenzaron a sonar los tambores en Aguirre, a las 20:51, cuando El Descendido dijo adiós en la Puerta de Valencia, median ocho horas, veintitrés minutos y mucho margen para cuajar un desfile admirable si se emplean bien los talentos. Y cómo rentaron.
La procesión empezó, por tanto, más que puntual. Tras la cruz parroquial, abrió la cabecera del Cristo de la Luz por ser la hermandad que preside el desfile y la más antigua. Se oyó la histórica campana, casi sin verse. Y un niño y una niña flanquearon el guion portando sendas lanzas. No eran la reliquia que se exhibe en el Tesoro Imperial de Viena como la auténtica de Longinos, ni falta que hacía.
Reapareció la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías tras una de las escasas treguas de la semana —no están en Camino del Calvario— para instar musicalmente a La Exaltación a que apareciera desde San Esteban. Templo y paso, paso y templo, configuraron una postal que podría ser portada de un Manual de Geometría. La última vez que había salido a la calle fue hace apenas 34 días por la procesión extraordinaria del 75 aniversario de la hechura del paso y, si bien eran circunstancias muy distintas, reincidió en lo esencial: el magistral conjunto de Luis Marco Pérez asombró con su monumentalidad casi coreográfica guiado por el golpeo rotundo y eficaz de sus horquillas. En menos de cinco minutos salvaron dintel, escaleras y ya avanzaban frente al Centro Aguirre.
La cofradía llegó al desfile con varales de estandartes y cetros lacados y tenía reservado un corbatín para la agrupación musical que le precedía.
Recuerdos
La banda de Morata de Tajuña, la única madrileña del listado musical de la semana, recibió a El Descendimiento, otra genialidad de Marco Pérez que también resolvió ágilmente la operación inicial. Sudario nuevo y nuevo cetro de secretario. Al acabar, un bancero contaba que el ascenso había sido dificultoso, pero salvo algún ojo muy experto o crítico, nadie se dio cuenta. Fue una subida repleta de emociones, como el giro del paso en Alonso de Ojeda para homenajear a Jesús Soriano, fallecido hace dos semanas. Su hijo, que portaba el escrito, recibió una rama de romero y mucho cariño. Más arriba se repetiría el mismo ceremonial, pero en Alfonso VIII y en memoria de Pedro Malo Sanz, quien murió el pasado verano. Ambos fueron personalidades muy relevantes en la actividad de la cofradía.
El itinerario continuó de templo jubilar a templo jubilar, del Año Santo de San Francisco en San Esteban al Año Santo por el 50 aniversario de la canonización de Santa Beatriz de Silva en Las Concepcionistas. Allí Descendimiento y Descendido se ‘saludaron’ y, otra vez ante una multitud de negros capuces y un gran gentío, salió la Virgen de las Angustias mientras la banda de Las Mesas interpretaba La Muerte No es El Final y algunos de los guardias civiles que escoltaban a la imagen entonaban la letra. Lástima que el momento no estuviese lo suficientemente limpio de ruido para brillar, pero esa es zona proclive al bullicio. El silencio se abrió hueco casi a empellones y la Madre emergió bellísima, con el sudario que le regalaron las hermandades marianas de Cuenca por su coronación canónica. Precisamente avanzó en sus primeros pasos mientras se escuchaba la marcha ‘Nuestra Señora de las Angustias Coronada de Cuenca’ de Fernando Ugeda. Hubo un conato de aplauso a tiempo truncado. El reloj marcaba los 13:38 horas y el fervor mariano y tribal anduvo sobre las aguas del Huécar.
Paralelamente en El Salvador colonizaban la mañana con su rigor solemne y añoso las hermandades del Cristo de la Agonía (con el Cristo de Marfil y su titular) y la del Cristo de la Luz (con La Lanzada y el titular, llamado también el Cristo de Los Espejos). Dos cofradías, cuatro pasos.
Los nazarenos de la primera, vestidos de patria como escribiera José Miguel Carretero, estrenaban incensario. Y otra vez, como sucediera el Jueves Santo, vino a la memoria Gustavo Torner al observar a los característicos monaguillos que protagonizaron su cartel de 1998. También estaba el consiliario, José Antonio Fernández, rector del Seminario de Cuenca, no en vano fue esta una corporación fundada por estudiantes de Teología. El acompañamiento musical correspondió a la agrupación Nuestra Señora de Fuentes de Villarejo de Fuentes, que tuvo el acierto de optar por marchas como Las Cruces de la Merced de Aurelio Fernández Cabrera.
Muchísimos capuces oro viejo en la cofradía del Cristo de la Luz. No tantos como el Martes Santo, pero sí que estuvieron muy respaldados los pasos. La Asociación Músico-Cultural Santa Cecilia (Almonacid del Marquesado) tocó para ellos este Viernes Santo y no pasaron desapercibidos esfuerzos casi titánicos para ello.
Ya completo y ordenado como si las calles de Cuenca fuesen un marcapáginas de la Biblia, el cortejo protagonizó un ascenso continuo y razonablemente ágil. A las 14:30 llegó la cabecera a la Plaza Mayor.
El tramo inicial sumó mucho público con una configuración heterogénea que es un auténtico festín para los sociólogos. Al igual que el Jueves Santo se distinguió mucho turismo, pero también personas mayores que aprovecharon el combo de buen horario, buenas temperaturas y paso por la zona céntrica. También turbos o nazarenos que regresaban de la madrugada. El Viernes Santo al mediodía es de esas jornadas en las que en Cuenca se puede saludar como el presentador de un podcast; se puede decir Buenos días, buenas tardes o buenas noches y con alguno seguro que aciertas.
Tras las salidas ya las aceras no registraron apretones, pero sí que se mantuvo una continuidad mayor que en otras ocasiones. Aunque, bien mirado, lo lógico es que las multitudes pugnasen por acceder a tramos como el final de Alfonso VIII. La mañana tenía la luz que se exige un Viernes Santo, esa fúnebre luminosidad que broncea los rostros y añade penitencia a las oscuras telas. Desde la casa natal de Lucas Aguirre un niño alucinaba con el caballo de la Lanzada (siempre hay un niño al que le asombra el caballo de La Lanzada) y unos cuantos adultos se fascinaban con la celestial consumación del Cristo de la Luz mientras la música llegaba con obras como ‘Pasión Cofrade’ y ‘Nuestro Padre Jesús’.
Algunos hermanos y espectadores criticaron la suciedad que permanecía en las calles desde la procesión anterior e incluso alguna tulipa acabó pescando algún vaso de plástico. En la bajada la situación era distinta y las calles ya estaban más limpias.
Flores contenidas
Las Mesas se atrevió con marchas como ‘Domine deis mater’ para Las Angustias que con más jaleo del que exigiría la gravedad del misterio por parte de los espectadores entraba en la Plaza Mayor a las 15:40 aunque otra vez arrancó tiras de silencio. “Me he emocionado ahora”, confesaba una mujer al verla. Caminó La Madre guiada por la banda de la JdC hasta el Obispado. Hubo cola para hacerse fotos con ella.
Tanto en su caso como en la mayoría de los exornos florales de la jornada se aplicó con acierto el aforismo de menos es más. Contenidos. Las flores no tapaban sino que realzaban y se podían ver con plenitud las tallas, lo que en una procesión con la potencia imaginera de esta es especialmente relevante. A ver si se toma ejemplo y se elimina la vegetación que oculta parte del Monumento a los Soldados Caídos de Cuenca en la Plaza de la Hispanidad, obra de Marco Pérez que conmemora en este 2026 su centenario.
A eso de las cuatro y cuarto, con un margen de unos diez minutos desde el acceso al Palacio Episcopal, la banda de trompetas y tambores se puso otra vez en marcha. Con La Esperanza de María arrulló la tarde, que aun iba a ser larga y severa.
La cadencia general fue ya más pausada y poco a poco, como las cuentas de un rosario, En El Calvario llevó cada conjunto hasta San Felipe Neri. Ahí se notó más que nunca la atmósfera que alcanzó el desfile.
Apretaban las temperaturas y, justo al contrario de lo que ocurría el Domingo de Ramos, los espectadores buscaban las zonas con sombra y huían de las más iluminadas.
En la bajada por la Audiencia otra vez El Descendimiento presumió de pericia y saber estar bajando con Caridad del Guadalquivir mientras que en Las Angustias, que dobló fila, la imagen desfilaba casi continuamente en la parte más trasera, más pegada la banda. La de Las Mesas regaló varios momentos sublimes, como ese ‘Perdónalos’ o la pertinente ‘Por tu cara de pena’ cuando se abandonaba Palafox.
Bajar la montaña
A Dios le gustan las montañas, pero es al bajarlas cuando el mensaje se difunde al pueblo. Y fue llegar a la Avenida de la Virgen de la Luz, Calderón y, sobre todo Carretería, cuando las gentes de Cuenca respondieron otra vez en masa al desfile. Algunos aun sin dormir, otros tras una siesta robada a la agenda más intensa del calendario. Cruces alineadas como los dientes de una sierra, como los hitos de la cordillera sagrada.
En materia de duración costó más el regreso. Las Angustias llegó a su templo de origen a las 20:42 horas y allí, esta vez con un silencio que también tuvo que imponerse aunque con menos esfuerzos, le cantó el Coro de la Catedral su himno. Normal que quisiera verlo mucha gente.
Fue un final al que le faltaba el epílogo de la recogida en el templo de El Descendido, apenas diez minutos después. Para entrar se despojó de su cruz esa que Cuenca colocó sobre ella misma, la montaña mágica, como un alpinista conquistando el abrupto pico que se le había resistido.
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