Existe una suerte de engaño cuando uno contempla una y otra vez un desfile como Camino del Calvario desde una sola perspectiva. Al ser nazareno de una de las tres hermandades que procesionan se corre el riesgo de llegar a conclusiones del conjunto partiendo de apreciaciones de una sola de sus partes. A un conquense puede resultarle casi antinatural ser de más de una hermandad en una sola jornada y, en caso de cometer lo que socialmente podría definirse como un ‘pecado venial’, una tiende a prevalecer sobre las demás como ‘la suya’. Esta cronista ha cometido este pecado veinticinco de sus veintiséis años; en la lista de la confesiones pueden encontrarse: opinar sin conocer todas las versiones, entender el conjunto como la parte por el todo con un peligroso afán protagónico o no ver más allá de una hoja de ruta en un desfile.
Con todo ello, este ha sido uno de esos Viernes Santos en los que la veteranía ha jugado un grado y ofrecer un análisis medianamente objetivo pasa por haber estado en un momento u otro -porque la omnipresencia no es plausible ni posible a una nazarena común- ocupando varias posiciones en el conjunto. Asimismo, en Cuenca tenemos la suerte infinita de que siempre conocemos a alguien en uno u otro lugar. Con ello, contrastar la información se convierte en algo tan sencillo como una conversación ante un resoli para no caer en una especie de casa de espejos con imágenes retorcidas y deformadas de lo que realmente ha sido el desfile. Permítanme hacer una especie de paso a paso en esta crónica de un Camino del Calvario casi de libro para poder explicar los cómos, los por qués, los quiénes y los cuándos con todos sus interrogantes.
La ‘anomalía’ de la tranquilidad en una procesión mitificada por los malos recuerdos
No es secreto para nadie que Camino del Calvario vivió unos años complicados con un amplio abanico de cuestiones que le hicieron ganarse la fama de la procesión difícil. Unos años que aunque ahora parecen un mal sueño aún conservan una sombra afilada sobre los desfiles venideros. Caminando hacia la Plaza de El Salvador, punto de origen del desfile, podía observarse una tranquilidad que resultaba casi amenazante al paso por Las Torres o Alonso de Ojeda. Pasadas las cuatro de la mañana pocas personas consumían alcohol en la vía pública -algo habitual esta noche inclusive con normativa del ‘botellón’- y el tránsito de viandantes era fluido y sin conflictos aparentes.
El control de seguridad era, en sensación aparente, un reflejo de lo que se había observado previamente. Nazarenos esperando pacientemente, un cumplimiento riguroso de las entradas y salidas escalonadas así como un ambiente generalizado de cooperación parecían ser la seña de la madrugada. Una sensación que más tarde ha confirmado a Voces de Cuenca Dionisio Valera, responsable de las empresas GES Seguridad y GES Servicios. En un año en el que el número de turbos inscritos ha roto todos los esquemas y los nazarenos se han echado a las calles en un ejemplo de entrega y devoción de las tres hermandades, el respeto ha sido una constante. Turbos que no solo acataban las peticiones de seguridad, sino que se volcaban en ser parte de un desfile inmaculado se han unido a hermanos que no han dejado solas a sus imágenes en ningún momento y que han conseguido elevar este nuevo camino hacia los cielos.
Apenas había pasado media hora de las 4 de la mañana cuando una repleta plaza de El Salvador ha dado la bienvenida a la prensa. El estruendo del clarín y el tambor han pedido condena para Cristo y la marea humana del inicio poco a poco se ha vuelto tempestad a medida que avanzaba el reloj y pasaban los minutos tras las cinco de la mañana. El alma no entiende las leyes de los hombres y aunque la hora no había llegado todavía, parecía que la espera nunca iba a llegar a materializarse en la apertura de las puertas de la iglesia homónima a la plaza. Daba la sensación que los nazarenos querían evitar a Cristo el Camino al Calvario, abrigarlo de la turba y el escarnio para evitar lo que estaba escrito.
Tras el bullicio atronador se escondían nombres propios e historias. Un turbo que continuaba el legado de su abuelo manteniendo su número en el grupo, otro que quedó tan impresionado por los contrastes de la procesión que no falta una madrugada de Viernes Santo desde hace quince años. Entre ellos estaba Diego Nicolás Muñoz, quien ha completado por primera vez el recorrido como turbo con diversidad funcional. Diego, que va en silla de ruedas motorizada, ha reconocido que su ilusión es «salir con San Juan Evangelista», y que aunque es hermano no «no he tenido tiempo de prepararme la indumentaria», por lo que reserva el reto para 2027. Una realidad cada vez más sencilla gracias a las mejoras a la hora de salvar barreras arquitectónicas, que hacen accesible una Pasión que tal y como afirma el joven es «indescriptible».
Entre esa sensación de camaradería previa, los tambores han acabado por convertirse en un rugido ensordecedor con ocasionales toques de clarín destemplado que han hecho que el cortejo haya salido puntual a las 5:30. Cuando uno ve por primera vez la salida desde fuera con el sonido en primera persona y no desde la lejanía de la iglesia sabe que Cuenca es un lugar hecho para entender la amargura del Señor, para sentir sus espinas clavarse en la carne y que su mensaje de amor universal y compasión sean una lección de la que no poder desprenderse jamás.
La turba ha permanecido inalterable a la salida de La Caída y San Juan. No han sido indultados ninguno de los dos pasos a pesar del avance del Señor. Rozaban las seis de la mañana cuando tambores y clarines han empezado a apagarse al perderse San Juan por la esquina de Botes. En ese instante el silencio se ha hecho manto para el Encuentro de Jesús con su Madre y Nuestra Señora de la Soledad de San Agustín, que ha aparecido en un sueño del humo sagrado del incienso y capuces negros. A pesar de lo imponente de la imagen, su salida se ha visto levemente empañada por lo que ha parecido ser una falta de coordinación, que se ha acabado saldando con el toque del palio en las puertas del templo. Sin dejar de un detalle ensucie la imagen de un desfile no nato los banceros han sacado fuerzas titánicas de la fe para elevar a la Madre hasta los cielos.
El trabajo silente que hace del Camino un espacio a la gloria
Al paso de la procesión las miradas no podían evitar centrarse en tallas, capuces y túnicas. Sin embargo, existe una legión de trabajadores de todos los ámbitos que han colaborado en hacer de este Camino del Calvario una procesión para recordar. Desde el cordón de seguridad, las unidades de refuerzo como la UIP (Unidad de Intervención Policial de la Policía Nacional), Policía Local hasta Protección Civil o Bomberos. Todos ellos han portado otro banzo, uno que no se sostiene a golpe de horquilla y del que tampoco puede advertirse la carga, pero que resulta tan esencial como el resto para poder hacer el camino.
Un trabajo que se une con el de las hermandades, que han tratado de avanzar coordinadas y juntas para evitar cortes. Además, han demostrado una gran unidad respetando algunos de los momentos más emblemáticos, que dan a este cortejo la riqueza para ser el buque insignia de la Semana Santa de Cuenca; asimismo han sabido absolver y perdonar los errores que se hayan podido cometer. El público ha sido la tercera pata en dotar de grandiosidad al cortejo. En muchas ocasiones se olvida su labor de espera, respeto y docencia. Horas de pie para poder conseguir un buen sitio, esperar al desfile y respetar su paso sin cruzar se unen a transmitir a todos aquellos visitantes que también se convierten en pobladores de la acera durante unos días lo que es y lo que representa la Semana Santa en Cuenca.
Ese público se ha mantenido más o menos constante a lo largo del recorrido, con puntos más vacíos a la altura de Palafox, Calderón de la Barca y la segunda parte de Alfonso VIII. Aunque hay quien mantiene que la Pasión conquense corre el riesgo de ‘morir de éxito’, siempre hay algo que mejorar. En el caso de Camino del Calvario falta, por parte de todos, nombrar la procesión como conjunto, de modo que no se entienda el alfa sin el omega y tratar de evitar así imágenes de la Virgen con el público marchándose tras haber visto a Cristo avanzando a contracorriente con Las Turbas.
Un final (casi) dorado que demuestra que ni lo que se hace con vocación divina alcanza a ser perfecto
El desfile rozaba la matrícula de honor hasta el descanso. Comportamiento y horario ejemplar y coordinación han sido constantes hasta que se ha detenido -y casi simultáneamente- reanudado la procesión con la llegada de la Soledad de San Agustín y la inmediata salida de Jesús de las Seis. A medida que las dos primeras hermandades de la madrugada del Viernes Santo han abandonado la Plaza Mayor, la Virgen se ha quedado prácticamente sin público en una Plaza Mayor con poca gente que no hacía justicia a la calidad y solemnidad de la imagen. Además, un grupo de jóvenes, exentos de reprimendas por el poco público presente, ha comenzado a mostrar un comportamiento ciertamente incívico en Severo Catalina que ha roto el tradicional silencio que suele acompañar a la Soledad.
El canto del Miserere al Evangelista ha sido la segunda piedra de toque, pues la «Juvenil Filarmónica» de Villamayor de Santiago no ha detenido su interpretación a tiempo, enturbiando uno de los momentos más emblemáticos del desfile. El tercer y último punto negativo se ha producido a la llegada del cortejo nuevamente a la Plaza de El Salvador. Si ha podido presumirse de una salida ordenada e inmaculada, la llegada ha sido un poco más compleja. Turbos que no admitían las indicaciones de seguridad de la Policía Nacional sobre su ubicación se han unido a desplazamientos a la fuerza por parte del cordón de seguridad para que todo marchara correctamente que, en algunos casos, incluso han arrastrado al público situado en la acera izquierda, junto al templo.
El resultado se ha visibilizado cuando una mujer de avanzada edad se ha visto envuelta por la turba a la altura de Botes y ha tenido que ser auxiliada por Protección Civil, Bomberos y Policía Nacional con un evidente estado de nerviosismo. Este ha sido uno de los tres incidentes que han trasladado los Bomberos a este medio de comunicación desde las ocho de la mañana, siendo los otros dos mareos por la multitud y el aumento de la temperatura tras el frío de las primeras horas. La entrada ha discurrido con normalidad aunque, eso si, con retraso que no se ha traducido en mayor agilidad para el final del desfile.
Estas han sido las luces y las sombras de un Camino del Calvario digno para el recuerdo, de los que permiten soñar y son clavo ardiendo cuando todo falla y que, sobre todo, ilustra aquello en lo que unos y otros pensamos cuando tenemos que explicar cómo es un buen desfile en la Semana Santa.










