Tras más de cuatro décadas como actor y humorista, Pepe Viyuela es uno de los rostros más reconocibles del mundo de las artes escénicas con una trayectoria marcada por la versatilidad y el compromiso con el público. Desde el teatro clásico hasta la televisión, pasando por la poesía y el clown, Viyuela ha sabido combinar en su carrera sensibilidad, humor y una profunda vocación cultural. Este año, el municipio de San Clemente en el contexto del Festival de Teatro Regional ‘Francisco Nieva’ reconoce esa trayectoria otorgándole el Premio Nieva de Honor, un galardón que rinde homenaje a figuras destacadas del ámbito teatral bajo el nombre del dramaturgo y escenógrafo manchego. Con este reconocimiento, San Clemente distingue la extensa carrera de Viyuela así como su aportación a la difusión del teatro y la cultura desde una mirada accesible, reflexiva y profundamente humana.
¿Qué significa para usted recibir este reconocimiento en el festival?
Es algo que me supera porque no había imaginado que pudiera ocurrir. Cuando he entrado a ver el contenido del festival y las personas que ya han sido galardonadas me he sentido muy honrado. A nadie le amarga un dulce cuando se trata de reconocer un trabajo que has ido haciendo durante toda tu vida. Yo entiendo esto como un oficio y los premios los entiendo siempre que llegan no solamente como algo a celebrar en el momento, sino algo a seguir mereciendo el resto de tu vida.
Además del compromiso con el lugar y con las personas que te lo dan, está el nombre que lleva el premio. Nieva fue profesor mío en la Escuela de Arte Dramático de Madrid y siempre he tenido muy buen recuerdo de él. Poder contar en mi caso con este galardón y sobre todo en el corazón tener el nombre de Paco Nieva grabado hace que sienta que ha merecido la pena mucho dedicarse al teatro, entregar tantas horas, tanto esfuerzo a una labor que ya de por sí es grata porque me encanta lo que hago; pero si encima está reconocida de esta manera, pues todavía más.
¿Es la primera vez que ha estado en contacto con la provincia de Cuenca o había tenido una vinculación anterior en algún momento de su carrera o de su vida personal?
La vinculación con Cuenca es simplemente profesional. No tengo raíces familiares ni de ningún tipo ni he estado ligado tampoco a ningún grupo de teatro de allí. Las veces que he estado en Cuenca ha sido por trabajo. Nada más y nada menos.
La hemos visto trabajar en muchos formatos, ¿siente que el teatro es su lugar natural o se sientes más cómodo en la televisión o el cine?
El teatro es lo que más ansío hacer y lo que empecé haciendo. Por otra parte también es lo que pensé que jamás dejaría de hacer porque cuando empezó a aparecer la televisión o el cine yo no podía alejarme del teatro. A pesar de haber estado haciendo otras cosas en televisión, sobre todo con series que han durado mucho tiempo, nunca he dejado de hacer teatro. El teatro para mí es el lugar donde un actor se va formando permanentemente, donde tienes la raíz de tu actividad y te relacionas directamente con el público sin ningún tipo de filtro. En televisión o en cine están las pantallas de por medio que aunque difunden muchísimo tu trabajo te alejan de alguna manera y hacen que se pierda la esencia de la comunicación directa con el público que en el teatro siempre está presente. No es que reniegue de la televisión y del cine, pero si tuviera que elegir, elegiría sin duda el teatro. Después de 40 años de profesión son muchísimas más las funciones de teatro que he hecho.
«El hecho de que salgamos de casa y vayamos a un teatro pudiendo ver en casa una película es mucho más poderoso, interesante y yo diría que incluso revolucionario»
El teatro es cuna de la cultura en la región, ¿sigue el teatro teniendo esa capacidad de transformación social que siempre se le ha asociado o se ha convertido en un espacio más simbólico que de transformación real?
Yo creo que el teatro tiene un poder inmenso, es un arte que convive con el ser humano desde hace milenios. La llegada de otras manifestaciones dramáticas, como pueden ser el cine o la televisión, no solamente no han acabado con él, sino que lo han hecho más fuerte. Yo diría que en una época en la que nos dirigimos hacia lo tecnológico, en un mundo en el que la inteligencia artificial parece que va a transformar nuestra forma de vida el teatro se mantiene como un reducto. Es irreductible, valga la redundancia, para el arte y para el encuentro.
La inteligencia artificial en el teatro tiene muy poco que hacer, porque lo importante del hecho teatral es la presencialidad, la comunión, la conjunción de público y actores y actrices; y si no se produce, no hay teatro. Me remito a hechos muy concretos, desde la pandemia se nota una vuelta del público a los espacios teatrales. Hay una mayor ocupación de los teatros por parte del público porque esa sensación de comunidad con los actores que se tiene en el teatro, no se tiene en el cine. Ese ritual casi mágico y ancestral…La reunión de público, alrededor de los actores en vivo y en directo que respiran al mismo momento, que conviven en ese instante irrepetible, solamente se produce en el teatro. Creo que ahora mismo el teatro es un reducto de resistencia de la comunicación y de la transmisión de textos y de historias. El hecho de que salgamos de casa y vayamos a un teatro pudiendo ver en casa una película es mucho más poderoso, interesante y yo diría que incluso revolucionario.
A propósito la inteligencia artificial, el mundo tecnológico y esa conexión con el público, ¿es sencillo construir una conexión auténtica con el público desde el escenario hoy en día especialmente con la presencia de las pantallas? ¿Qué ha cambiado a lo largo de los años?
Creo que es más fácil que antes, porque hablando del siglo XVIII o XIX esa era la única forma que había de conectar. A partir del momento en el que llegan la televisión y el cine, el espectador de teatro sabe que eso que encuentra ahí no lo va a encontrar en otro sitio y hay un deseo de ver teatro. Es cierto que a veces nos hemos quejado de la permanente crisis del teatro, pero yo creo que siempre ha tenido una salud de hierro, porque ante tantas amenazas como ha tenido, ha seguido vivo y ha seguido cada vez más fuerte.
Yo no siento que sea difícil comunicarse con el público, yo siento que el público tiene hambre. Hambre de cercanía, hambre de que le cuentes historias y de que lo hagas además en su presencia. Es un hecho que creo que conecta con nuestros ancestros. Lo mismo que cuando estábamos viviendo en cuevas había personas que se dedicaban a danzar o a contar historias en el fuego, hoy en día, en medio de todo este bombardeo mediático de posverdades y demás zarandajas, el teatro constituye un lugar para el encuentro y hay una sensación de estar ante algo puro.
El contexto actual está marcado por hechos absolutamente dramáticos como los conflictos bélicos y las crisis sociales, ¿sigue el humor siendo un espacio de encuentro o se ha vuelto una opción arriesgada?
El humor es inevitable. Si no tuviéramos humor, estaríamos seguramente muertos. Si los que provocan las guerras tuvieran un mayor sentido del humor, mayor sentido crítico y sobre todo se miraran al espejo, se sintieran ridículos y no poderosos absolutos, no habría tantas guerras. Creo que el humor es el salvavidas que nos permite sobrevivir en un mundo violento, en un mundo en el que ese afán por el éxito desmedido no nos deja ver que somos personas muy vulnerables, que lo que necesitamos es cariño y que la competitividad está muy reñida con lo que se plantea en el teatro.
Lo que intentamos plantear, por lo menos las personas que entendemos el oficio como yo lo entiendo, es precisamente el valor de la cooperación, de estar juntos y de construir juntos una historia que se va a contar. No pretendemos competir con el público cuando llega, sino compartir un trabajo y una experiencia. El humor no es solamente un bálsamo para curar el dolor o la tristeza, sino un elixir que nos permite mirar hacia delante con esperanza. En los momentos más duros de la historia o de nuestras relaciones surge el humor y al mismo tiempo surge también la esperanza. Si en un momento de crisis y de dolor uno ríe, se ríe de aquello que le pasa y se ríe de sí mismo y asume su vulnerabilidad, se hace más fuerte o al menos se hace más flexible; no se parte, se adapta y aligera el peso del dolor. El humor es una forma de mirar la vida y cuando no la tenemos creo que nos volvemos muy secos, muy duros y es más difícil la convivencia.
«Por mucha represión que haya el humor siempre va a reverdecer»
Existen límites al humor, ¿quién fija esos límites?
A esto se le dan muchas vueltas y yo creo que el humor tiene el límite en el lugar en el que empieza a ser utilizado como una herramienta para hacer daño al que es más débil que tú. Si el humor lo utilizas como, una punta de lanza para llegar a pinchar al poderoso, al modo que lo hacían los bufones medievales o como lo hacen muchos cómicos hoy en día creo que es perfectamente lícito todo y no hay más límites que los de la imaginación. Cuando el poderoso es atacado con humor creo que no hay límites porque precisamente está en una situación que está por encima de aquel que se está riendo de él. En cambio, cuando se utiliza como método de represión hacia alguien que está por debajo de ti se convierte en algo deleznable.
El humor en sí mismo no es bueno ni es malo, depende de cómo se utilice. Si el humor se utiliza para herir a alguien que es más débil, estás cometiendo casi lo que diría que un delito, por lo menos una inmoralidad. Ahí es donde yo fijaría el límite, y no creo que deban de ser ni las instituciones, ni los gobiernos quienes establezcan los límites del humor. Pienso que la propia sociedad se regula y va cambiando.
Hay chistes que hoy en día ya no se soportan y que en su día nos hacían mucha gracia, pero no hay que prohibirlos porque sencillamente se prohíben por sí solos, porque se deslegitiman desde el momento en el que los oímos. Pero la censura impuesta desde el poder no es buena.
En cuanto a la autocensura hay que tener cuidado con ella, pero creo que es la forma de regularse. Es decir, si yo escribo un chiste y detecto que hago más daño con él que bien yo mismo diré que esto mejor no lo digo, todo depende de la intención que uno tenga. Si lo que quieres es provocar, si lo que quieres es aportar ideas o soluciones, depende del lugar en el que te coloques cuando haces humor. En cualquier caso creo que tiene que ser el humorista, el creador, el que diga que no va a contar algo porque no tiene sentido o va a hacer daño.
En el contexto actual, ¿le preocupa más que el humor incomode o que llegue a un punto en el que deje de incomodar?
No me preocupa nada porque por mucha represión que haya el humor siempre va a reverdecer. En las dictaduras y en las situaciones más duras, el humor no muere. Por poner un ejemplo, en la dictadura franquista existía un gran aparato represor y de censura, y eso no solamente no acabó con el humor, sino que lo afiló y en seguida detectamos por qué camino va a surgir y de qué manera nos vamos a poder defender gracias a él. Todos sabemos cuándo el humor está vacío, cuando es un entretenimiento sin más y cuando tiene mordacidad y fondo.
Yo trabajo mucho con el humor blanco, mi payaso no se caracteriza precisamente, aunque tenga toques críticos y sociales, por ser un payaso incómodo. Ese es mi camino, pero hay otros humoristas que tienen por bandera el generar incomodidad o el generar desequilibrio para hacernos pensar. Hay muchas variedades y creo que no van a poder con el humor, si alguien pretende que vivamos en un mundo serio siempre va a aparecer el humor. En los momentos más duros, en los entierros, en las ceremonias más rimbombantes, en los desfiles militares, el ridículo y el humor aparece y nos damos todos cuenta de lo necesario que es y del bien que nos hace. ¿Quién no ha sentido una risa irreprimible en un momento en el que aparentemente no se podía o no se debería reír?
Aterrizando en lo que es el festival y en el entorno en el que se celebra, ¿qué papel cree que juega el teatro en la dinamización cultural de ese mundo rural?
Es fundamental porque permite que nos sentamos cerca. Cuando me han preguntado alguna vez por el tipo de gira que quería hacer siempre he dicho que quiero ir a todas partes. No me parece bien e incluso me parece peligroso hacer discriminación y decir que solamente quieres ir a las capitales de provincia. Me apasiona ir a los pueblos pequeños, precisamente porque siento que hay mejor acogida, es como si lloviera en un terreno en el que es muy necesario y ese agua se recoge, no se desperdicia. Cuando vas a un pueblo pequeño sientes que lo que estás haciendo merece de verdad la pena, que es algo que tiene un contenido social importante y no es solamente un trabajo el que tienes, sino que también hay una labor social. Lo que tiene que ver con la cultura sirve muchísimo más en los lugares donde es más escasa, porque es más necesario y además dinamiza muchísimo.
Cuando hablamos de cultura pensamos en cosas que no tienen demasiado valor, que deberíamos invertir más en otras cosas. Pero hay un libro precioso de Nuccio Ordine que se titula ‘La Utilidad de lo Inútil’ y cuando uno piensa para qué sirve una obra de teatro se pone a investigar precisamente en el valor que tiene lo inmaterial, aquello que no se puede cuantificar, y se da cuenta de que está ante valores muchísimo más importantes que los que se reducen a una cuestión cuantitativa. ¿Cuánto vale la sorpresa de una persona ante una función de teatro? ¿Cuánto vale la sonrisa de un niño ante una función de un payaso? Si alguien lo puede decir, que lo diga, pero eso es lo que se consigue con las artes escénicas y es lo que no se puede cuantificar porque vale muchísimo más que cualquier cantidad que le podamos poner.
«Yo me conformaría con que cada vez que alguien se acuerde de que existí, sonría o piense en cómo le alegré en algún momento de su vida»
¿Cree que la cultura está centralizada en las grandes capitales? En su opinión como profesional del gremio, ¿hay algún modo de cambiarlo?
Si, y hay que hacerlo cada uno desde el sitio que está. Están los gestores y los políticos que tienen que dinamizar a través de festivales o a través de contratación de compañías y luego estamos las compañías y los profesionales que tenemos que estar dispuestos a acudir a estos sitios y apostar más todavía por ellos que por sitios que son más cómodos. Todos tenemos responsabilidades y en lugar de hablar de lo que deben hacer los políticos o los gestores culturales, pero prefiero hablar de lo que puedo hacer yo, porque es algo que está en mi mano.
A nivel personal y actoral ¿qué le aportan esos contextos rurales como espacio de creación y de exhibición?
La satisfacción de hacer algo no solamente por dinero, sino por vocación. Esto es lo que quiero hacer y quiero llevarlo hasta el último de los lugares. Yo formo parte de Payasos Sin Fronteras y hay una frase que me gusta mucho, que utilizamos en la organización, y es que ‘el trabajo de Payasos Sin Fronteras empieza precisamente donde acaba la carretera’. Ahí es donde yo quiero estar con el teatro. Me apetece mucho ir a pueblos pequeños y llegar a salas que a lo mejor están desprovistas de material, están poco dotadas en cuestiones técnicas,
pero que tienen un público muy agradecido y que tiene muchas ganas de disfrutar tanto o más que el que pueda tener el de otros lugares más grandes.
¿Como puede el teatro contribuir a combatir la despoblación o a reforzar esa identidad local en los pueblos pequeños?
Esa es una cuestión a la que no te puedo responder. Evidentemente los puestos de trabajo contribuyen a que se vuelva al pueblo, pero no vamos a ser tan ingenuos y tan tontos de pensar que porque se haga teatro en los pueblos, los pueblos van a resucitar. Es una labor de muchas manos y de muchas actividades. El teatro o las artes escénicas son una de ellas, pero tampoco somos supermanes ni podemos pretender serlo. Con humildad, sabiendo qué lugar ocupas, eliges trabajar en los pueblos, pero no puedo pretender pensar que esto va a cambiar radicalmente el tejido social. Lo que su hace es que alimenta la esperanza y ayuda a que haya otro tipo de ambiente y se ilumine la vida de la gente de algún modo
¿Qué responsabilidad siente como actor cuando pisa el escenario en términos de discurso y de compromiso?
Cada día que subes al escenario tienes una cita importante con alguien, y cuando uno tiene una cita importante con alguien procura estar a la altura. Procuro haber descansado, haber comido bien, haber sido coherente, haber trabajado, haber sido disciplinado y luego llega la recompensa que es ese encuentro con el público. Mucho más allá de lo que pueda ser el aplauso, el público es donde uno encuentra la recompensa en la satisfacción de ver que la historia que está contando llega, que tiene sentido, que emociona, que interesa, que hace pensar. El público es lo más importante para los actores. Sin ellos no existiríamos, no seríamos absolutamente nada. Desde el primer momento que empiezas a imaginar un texto, a ensayarlo, estás pensando en qué resultado va a tener y en cómo va a gustar eso al público.
El compromiso es permanente, si te olvidas del público estás perdido.
Hemos hablado de la figura de Francisco Nieva, que fue su profesor y da nombre al galardón que le otorgan como su legado, ¿cómo le gustaría que se le recordara?
Yo me conformaría con que cada vez que alguien se acuerde de que existí, sonría o piense en cómo le alegré en algún momento de su vida. Creo que si se me recuerda con una sonrisa, yo ya con eso estoy más que pagado de haberme dedicado a este oficio.










