Teresa Cardona (pseudónimo de Teresa Todenhoefer) utiliza el crimen como un vehículo para ahondar en la naturaleza humana y obligar al lector a empatizar, a hacerse preguntas y entender qué hay en la mente y en el alma de una persona que llega al límite y que explota delinquiendo. Aunque su trayectoria comenzó en el mercado francés bajo el seudónimo Eric Todenne junto con su compañero Éric Damien, ha conseguido abrirse camino en el panorama español con un nombre propio que la sitúa entre las voces más interesantes del noir actual.
La escritora visita a Cuenca para participar en la jornada del «Sábado Negro» dentro de la Feria del Libro Cuenca Lee 2026, un encuentro en el que la novela negra es la gran protagonista. Cardona llega en un momento especialmente fértil, tras la publicación de su última novela, A la vista de todos (Siruela), donde vuelve a ese territorio moral ambiguo de sus novelas en las que lo importante no es solo quién ha hecho qué, sino por qué. En esta conversación con Voces de Cuenca, Cardona habla de su proceso creativo, de su evolución como escritora y de esa mirada incómoda aunque profundamente humana que atraviesa toda su obra.
Comienza su andadura como escritora trabajando en una biblioteca y en colaboración con un profesor de sus hijos, ¿cómo recuerda aquellos primeros momentos?
Muy divertido, porque yo trabajaba en la biblioteca de primaria como extra, no era bibliotecaria, y él era un profesor con el que me entendía fenomenal porque apoyaba muchísimo en la lectura a los niños; les obligaba a coger un libro que les llevase un poco más lejos y cada vez que empezaba una clase les leía un capítulo de un libro. Yo estaba fascinada con ese método y nos llevábamos muy bien. Un día mandó a los padres de sus alumnos un capítulo de un cruento que había escrito por San Martín, que en Alemania es muy importante, para que se lo leyésemos a nuestros hijos. El lunes en la biblioteca cuando nos encontramos me preguntó qué me había parecido y me resultó un poco violento decirle que me parecía un libro más deprimente que los de Hans Christian Andersen y que yo cambiaría ciertas cosas. Ahí me miró un poco raro, pero la verdad es que lo aceptó y como me lo pidió, le mandé los cambios que me parecía que había que hacer.
A partir de ese momento empezó un ida y vuelta, él me mandaba el texto y yo lo volvía a corregir. Ese cuento lo publicaron. A partir de ese momento acordamos seguir cooperando e hicimos más cuentos, pero él como profesor tenía 30 niños en clase todos los días y yo tenía cuatro hijos en casa. Acabé de la literatura infantil estragada, así que un día en el recreo le dije, ¿y si hacemos otra cosa? Ahí fue el momento en que le dije que por qué no matábamos a alguien. Él se empezó a reír y preguntó si le estaba proponiendo escribir un polar, que es el vocablo francés para novela negra. Aunque estábamos en plena era de Lemaitre tenía claro que no quería descuartizar a adolescentes o matar a niños, así que se me ocurrió matar a un señor, porque no los suele matar nadie, y ese fue nuestro primer libro.
Como los dos éramos unos fascinados de la historia pero vivíamos en Alemania teníamos claro que no queríamos que girase en torno a la Segunda Guerra Mundial, porque aquí se ha hecho una labor de memoria histórica fantástica y está muy trabajada. Así que como estábamos en el liceo francés y él es de Francia le pregunte que cuál era su Guerra Civil, ese tema histórico sobre el que no habla en el país, y me contestó que la Guerra de Argelia. Juntándolo todo hicimos un libro sobre un señor mayor al que matan con el trasfondo de la guerra de Argelia. Lo escribimos bastante rápido, en siete meses. Tras enviarlo a las editoriales tuvimos la inmensa suerte que nos contestó la editorial de Fred Vargas, algo que ni en nuestros sueños hubiésemos podido imaginar, y publicamos el primer libro, que sale en español como Un Asunto Pendiente justo este mes. Después escribimos Tierra Quemada, que tenía como trasfondo la Primera y la Segunda Guerra Mundial, pero con mucho punto sobre el desastre de la división de Alsacia y Lorena en toda la época de los conflictos franco-alemanes.
«Me preguntaron lo que pensaba del tema de Carmen Mola y les respondí que siempre había sido partidaria de la igualdad, tanto que me había tirado cuatro años con un pseudónimo masculino».
Al principio publicaba en Francia bajo el seudónimo de Eric Todenne junto a Éric Damien, ese profesor del que hablaba. ¿Qué le aportó esa etapa a nivel creativo y profesional antes de firmar con su propio nombre?
Creamos el seudónimo juntando su nombre y mi apellido acortado. Empezamos a hacerlo así porque había una pseudo ley entre los profesores, entre los funcionarios, que había que pedir algunos permisos para publicar con su nombre real. Además nos pareció que mi apellido real, que es Todenhoefer, es tan endemoniado que nos hubiese costado muchísimos lectores ya que era un libro para el mercado francés.
A mi lo del seudónimo la primera vez me hizo muchísima gracia, porque además era masculino y había veces que podía ir yo a los festivales y que de aparecía en todas partes Eric Todenne y debajo estaba yo. En aquel momento tenía más tiempo libre y más posibilidades de viajar que él, que era funcionario y empecé a presentarme en todas partes, descubriendo Francia como nunca antes lo había hechos. En aquella época recuerdo que me preguntaron lo que pensaba del tema de Carmen Mola y les respondí que siempre había sido partidaria de la igualdad, tanto que me había tirado cuatro años con un pseudónimo masculino. No pienso que nadie comprase más o menos el libro porque fuésemos seudónimo, lo que sí que hubiese puesto trabas hubiese sido ese apellido tan largo y tan complicado de pronunciar que tengo.
Ha vivido entre España, Alemania y Francia. ¿Cómo influye ese bagaje europeo en su forma de entender la novela negra?
Mis primeros 18 años de vida los viví en España y aquí siempre había sido extranjera porque en San Lorenzo del Escorial era ‘la hija del alemán’ por mi padre. Después llegué a Alemania y pensé que por fin tenía un apellido que coincidía con el país, pero allí era ‘la española’ porque tenía acento y pasaporte español. En Francia era la hipanoalemana, tampoco era la francesa, así que siempre he sido extranjera en todas partes. Esa especie de plurinacionalidad que he tenido yo siempre se la di a Karen Blecker para mostrar la maravillosa riqueza y los pequeños problemas que te presenta el ser siempre extranjero, el no estar jamás en el sitio que te corresponde. Ahora mismo con Teresa Cardona es la primera vez que vivo en un país en el que mi nombre y mi apellido coinciden con el país en el que estoy y no tengo que andar explicando.
La verdad es que es muy divertido darle empleo a esas convenciones sociales que he vivido. A pesar de ser unos países tan cercanos como pueden ser Alemania y Francia, hay muchísimos códigos sociales que son muy diferentes y a los que te tienes que habituar. Hay cosas que en España son perfectamente aceptables y que en Alemania son de una tremenda mala educación, por ejemplo en Alemania la gente no se toca, jamás le das dos besos a alguien mientras que esa distancia física que en España es inexistente. Eso lo reflejé escribiendo mis libros cuando el Brigada Cano toca a Karen Blecker y ella pega un salto, porque es una cosa muy íntima. Eso es una muestra pero incluso se ve en la forma en la que habla la gente. Son cosas que aunque parecen verdaderamente pequeñas, dan todo ese colorido nacional, ese conjunto de reglas que hacen que nos sintamos en casa o no. Karen Blecker llega a San Lorenzo del Escorial y está más perdida que un pulpo en un garaje, porque viene de vivir en Holanda y Alemania, de estar con un francés, y de repente se enfrenta a todo un tipo de formas de funcionar completamente desconocidas para ella.

A propósito de esto que comenta sobre las diferencias culturales, ¿qué diferencias ha encontrado entre el público francés y el español?
Tanto el público francés como el español son unos lectores maravillosos de novela negra, a los dos países les gusta mucho A nivel literario la diferencia radica los festivales, la verdad es que los españoles te cuidan una barbaridad; no quiere decir que los franceses no te cuiden, pero en los festivales españoles se intenta que los escritores estén juntos, se conozcan, se organizan eventos juntos y siempre hay una persona que hace de nexo. En cambio, aunque en Francia son unos festivales que están fenomenal organizados llegas y te vas al hotel, te dan unos vales para comer y pasas el tiempo solo si no conoces a nadie, no hay esa cosa social que tenemos los españoles, a mi me gusta mucho cómo se organizan aquí las cosas.
En cuanto al público, me llama la atención que en ambos casos en las poblaciones pequeñas apartadas de las grandes ciudades hay una gran, gran avidez lectora. Hay algo que si me gusta mucho y es que los libreros de Francia se leen la novela que tienen en la librería y le ponen un corazoncito rojo con una explicación de por qué este libro merece la pena. En los dos países las librerías y las editoriales cuidan mucho a sus autores.
Ya ha nombrado en varias ocasiones su serie de novelas protagonizadas por la teniente Karen Blecker y el Brigada Cano que se ha convertido en el eje central de su obra. ¿Cómo nació este universo y qué lo hace distinto dentro del noir español?
Creo que hay tres protagonistas en mis historias. Dos son Karen Blecker y José Luis Cano, que son una pareja fuera de lo común porque ella tiene este bagaje del extranjero, y el otro protagonista es San Lorenzo del Escorial y sus habitantes. No solo es el pueblo y sus calles, sino que son sus habitantes que los que ayudan a desentrañar todos estos crímenes. En mis novelas no va a encontrar lo que busca aquel que quiera leer un misterio que se desentrañe buceando en el darknet. Yo escribo sobre esas investigaciones a la antigua usanza de la Guardia Civil, en las que tienen que ir por el pueblo a preguntarle al dueño del colmado o tienen que ir a hablar con la señora del periódico. Mis muertes siempre acaecen en San Lorenzo del Escorial, un municipio de 18.500 habitantes, en el que los crímenes se resuelven con la colaboración ciudadana, de una forma tradicional.
Además de ese sitio excepcional que es San Lorenzo del Escorial, también es diferente que mi pareja de guardias civiles no tienen mochilita, no tienen traumas. Mis guardias civiles son unas personas normales, como tú o como yo, que tienen sus amores, sus desamores y que sin ser unos plomos les pasan las cosas que nos pasan a todos normalmente. No son esa especie de ser traumatizado de los países nórdicos que está completamente deprimido, vuelve a su casa y se mete unas botellas tremendas mientras se come un sándwich horroroso de la gasolinera. Ellos conviven con toda la gente del pueblo y tienen que investigar con ellos.
También hay que decir que el que busque conmigo el crimen sanguinolento de la persona a la que le arrancan el cerebro o acaba con los miembros desmembrados, conmigo no lo va a encontrar. En mis asesinatos aunque existe la sangre, no es una cosa cruenta, ni gore, ni cruel. Mis asesinatos son el vehículo para contar algo, yo no me regodeo en ellos, no tengo asesinos en serie, es una novela negra tradicional.
«La gente puede mentir, se puede equivocar y los recuerdos nos engañan. Yo prefiero hacer esas dos líneas temporales y permitirle al lector vivir al muerto».
Sitúa sus historias en San Lorenzo de El Escorial, convirtiendo el entorno casi en un personaje como ha comentado. ¿Qué le interesa del llamado “noir rural”?
A mí me gusta mucho el llamado rural noir, la novela rural, porque obliga a los investigadores a hablar con las personas. Ninguno se encierra en una oficina e intenta buscar pruebas, ni tampoco llaman a Estados Unidos y de repente les mandan un método de investigación completamente nuevo. Lo que tienen que hacer es dialogar, tienen que desarrollar métodos de interrogatorios para conseguir sacarle a la gente aquello que no quiere contar. Me divierte la comunicación y el diálogo entre las personas, obligar también a mis guardias civiles a hablar entre ellos aunque no sean de la misma opinión y que tengan que escuchar al otro.
Esa creo que es otra de las características de mis libros, que te obligan a dudar, que te obligan a pensar «a lo mejor si hubiese estado yo en la piel de esta persona». También utilizo siempre dos líneas temporales que me divierten mucho. Normalmente el protagonista de una novela negra suele ser el muerto, en cambio, en la novela negra tradicional del muerto solo sabemos lo que nos cuentan las otras personas de él. La gente puede mentir, se puede equivocar y los recuerdos nos engañan. Entonces yo prefiero hacer esas dos líneas temporales y permitirle al lector vivir al muerto. En mi último libro, por ejemplo viven a la muerta desde que tiene 10 años, saben cómo ha sido educada, cómo son sus padres, cómo ha sido su vida en el colegio, cómo estudió. Todo ese tipo de cosas que te dan una impresión, digamos, veraz, real, de quién era esa persona. Ahí si te puedes empezar a preguntar: ¿Por qué la han podido matar? ¿Qué es lo que hizo esta mujer? El lector sabe siempre más que la Guardia Civil, que lo único que sabe es lo que le van contando. Ellos sí que solo viven de los recuerdos. En cambio, el lector no.
El lector sabe y me divierte mucho porque eso les hace empatizar con uno u otro personaje y eso quiere decir que he conseguido que se ponga en los pies de otro. Para mí no hay mayor satisfacción que esa, cuando has conseguido que piense que esa persona no es un monstruo y que quizá yo también lo hubiese hecho. Creo que es muy arrogante por nuestra parte o es osado juzgar desde nuestros días y decir que jamás hubiese hecho algo. Ninguno sabemos como hubiéramos reaccionado si hubiéramos estado en 1936 o 1939 en Alemania con otra situación persona o política.
En novelas como Los dos lados o Un bien relativo, plantea dilemas éticos muy marcados. ¿Busca deliberadamente incomodar al lector o hacerle reflexionar?
Mas que reflexionar, hacerle dudar porque a mí me fascinan estos conflictos éticos y me fascina pensar sobre ellos. Me fascina pensar que hubiese hecho yo sin juzgar. Creo que la ética y la filosofía llevan siglos intentando acercarnos esa duda. La filosofía no tiene mucho éxito entre el gran público, así que me gusta mucho meter este tipo de conflictos en mis novelas. También me encanta cuando en los clubes de lectura la gente debate.
La semana pasada estuve en un club de lectura en el que había dos señoras que estaban completamente en contra de lo que estaba el resto, pero lo argumentaron y eso nos obligó a hablar y discutir. Creo que hoy en día falta el diálogo porque nos hemos instalado en el monólogo sin ni siquiera escuchar lo que dice el otro. Para mi, estar rodeada siempre de personas que piensan lo mismo que yo es muy aburrido. Es una pena y una pérdida de riqueza.
Ha explicado que le interesa mostrar que no todo es blanco o negro. ¿Cree que la novela negra actual debe centrarse más en lo moral que en lo policial e incluso en la parte gore que vemos en algunos libros?
A mi la parte gore no me gusta, pero entiendo que a la gente le gusta salir de su comodidad y encontrarse con un mundo con el que saben que no se van a encontrar. Ese yo creo que ese es el gran tirón del gore, el meterte en un mundo que sabes que no te vas a encontrar. En el momento en que te metes en un mundo de un crimen rural puede que te reconozcas y que pienses que puede pasar cerca de tu casa. Este tipo de novelas tienen también un lado incluso más angustioso, porque la mayoría de las personas partimos de la base que no nos vamos a encontrar con un asesino en serie que se dedica a descuartizar a la gente, en cambio, a lo mejor puedes encontrarte a un vecino como te lo describo.
La novela negra siempre ha tenido un gran contenido moral y tiene también una crítica. En mis libro hay una crítica social con la que quiero mostrar unas zonas de la sociedad no suelen estar tan iluminadas y en las que a mi me gusta poner el foco. Por ejemplo, en Un bien relativo destacamos la situación de la mujer en los años 80; cada vez que me dicen el libro habla de los niños robados les digo que están equivocados porque el libro habla sobre las adopciones ilegales en las que se obliga a una mujer a entregar a un niño porque no tiene otra salida, otra oportunidad. En Los dos lados puse el foco en un periodista que estaba llevando a la luz las torturas de ETA, pero que de repente se encuentras con que a lo mejor no ha iluminado bien lo que hay otro lado. En La carne del cisne me acerqué a las posibles acusaciones de violación infundadas. Siruela me dice que me meto en cada charco, pero me divierte porque obliga a discutir y a pensar, a enviar un haz de luz a todos esos sitios en los que muchas veces no miramos.
«Una vez intenté hacer un capítulo de una persecución en San Lorenzo del Escorial pero fue un desastre total. Encima los dos personajes fuman y cuando llegaron arriba del todo estaban sin resuello y tuvieron que abandonar».
¿Qué papel juega la compasión en tus personajes? Incluso en aquellos que son culpables
Esa es una pregunta que intento siempre evitar. El ABC una vez me acusó de hacer justicia poética, pero todo tiene su explicación. Yo cuando escribo un libro me meto en la piel de mis personajes absolutamente, me convierto en ellos, intento pensar como ellos, saber de dónde vienen. A medida que va avanzando el libro siento una cierta compasión por ellos y no les quiero entregar a la justicia. Después de un determinado libro, mi lector cero me dijo: Teresa, como no los entregues, los van a destinar a otro sitio porque no desentrañan ni un solo crimen. Hay veces que tengo que superar eso y lanzarlos a la justicia.
No estamos hablando de Jack el Destripador, estamos hablando de una persona normal que cuando la conoces y entiendes que algo le ha llevado al límite y ha cometido un crimen en muchos casos sientes una tremenda pena por esa situación, por qué es lo que la ha empujado, por cómo la ha abandonado en parte la sociedad. En algunos casos siento mucha compasión y los últimos capítulos, en los que tengo que solucionar la cosa y entregarlos, siempre son muy duros, pero no soy a la única escritora a la que le pasa.
Publicó varias novelas en un periodo muy corto de tiempo. ¿Cómo gestiona ese ritmo de producción? ¿Cree que un autor necesita publicar de manera más o menos continua para mantener el interés de los lectores?
Creo que es un error pensar eso, porque yo publiqué dos libros en un año, en 2022, porque habíamos tenido la época del COVID antes, que fue la época del parón editorial total. Yo, más o menos, voy a un libro por año, año y pico,
Su saga sigue creciendo ¿Hasta dónde le gustaría llevar a Blecker y Cano?
Blecker y Cano seguirán conmigo mientras me lo pase bien con ellos. Mientras a mí me siga apeteciendo levantarme por las mañanas y meterme en su piel e ir al cuartel de la Guardia Civil y mientras San Lorenzo del Escorial no proteste por la subida de la mortalidad de su municipio. Están muy contentos, de hecho ofrecen un paseo literario por los sitios en los que aparecen los cadáveres que le puedo recomiendo a todos los conquenses que vayan al municipio ya que es divertidísimo. Además hay unas guías que lo hacen fantástico y ves sitios que no sueles conocer como turista en San Lorenzo del Escorial.
¿Qué nuevos retos se plantea como autora a medio plazo? ¿Imagina que sus historias peguen el salto a la pequeña o a la gran pantalla?
Siempre digo que San Lorenzo del Escorial es uno de los sitios más maravillosos del mundo para rodar una película. Aquí se hacen muchos rodajes al año, al mundo audiovisual le apasiona tanto para convertirlo en Francia como para convertirlo en un sitio del siglo XVI. Cada vez que vas te encuentras unos camiones que están rodando. Yo creo que si hiciéramos una serie con mis libros sería muy fácil de rodar y también puede ser muy divertida. Creo que es un proyecto muy apetecible en un sitio como este. A mí me divierte imaginármelo porque me recuerda a esas series inglesas en las que librero es el que investiga los crímenes y ha sido el carnicero quien los ha cometido. Tira mas a eso que a la locura de persecuciones, aunque también me imagino como sería una persecución a la americana por San Lorenzo del Escorial, porque son todo cuestas y escaleras. De hecho, una vez intenté hacer un capítulo de una persecución pero fue un desastre total. Encima los dos fuman y cuando llegaron arriba del todo estaban sin resuello y tuvieron que abandonar. No es un sitio como para convertirlo en una gran persecución con sirenas de la Guardia Civil que van corriendo pero me encantaría que fuese alguna vez a la pantalla y creo que algún día llegará.
¿Es su primera visita a Cuenca? ¿Cuál ha sido hasta ahora su contacto con la provincia y sus escritores?
En Cuenca estuve cuando llegué a vivir a España. Una de las primeras excursiones que hice con mi marido fue a Cuenca, que nos lo pasamos fenomenal, y después tuve la inmensa suerte de que me invitase Sergio Vera, del festival Las Casas Ahorcadas de novela negra. Me lo pasé muy bien y me cuidó a cuerpo de rey. Estuve con él, con su mujer y con su hijo, estuve todo el tiempo arropada, como en ningún sitio, en un hotel estupendo justo al lado donde hice la presentación. Tengo un recuerdo de Cuenca maravilloso.













