AOVE, oro líquido o zumo de aceituna, el aceite de oliva tiene tantas denominaciones como adeptos a este producto básico en la despensa de cualquier casa en todo el territorio nacional. Si bien Cuenca no es una provincia en la que el olivar represente una producción importante a nivel de volumen, sus cultivos, impulsados por almazaras locales y cooperativas que elaboran tanto variedades tradicionales como ecológicas, tienen una calidad sublime. El precio del aceite de oliva sufrió una crisis histórica entre 2022 y principios de 2024, llegando a superar los 15 euros por litro en grandes superficies comerciales debido a las condiciones climáticas adversas así como al encarecimiento de los elementos necesarios para la producción debido a la guerra de Ucrania.
Afortunadamente para los bolsillos de los consumidores, la situación se estabilizó gracias al fin de las condiciones climáticas adversas y a la recuperación de las cosechas en el territorio nacional, lo que provocó un desplome de las cotizaciones en origen y una bajada de los precios para el consumidor final cercana a un 40% respecto al periodo de crisis. Con una nueva crisis internacional sobre la mesa en Irán y ante los episodios climáticos tempranos de altas temperaturas de este año, ¿volverá el aceite de oliva a los precios récord de hace unos años en los próximos meses?
Menos producción, producto más barato en origen pero cada vez más caro de producir
La cuestión cobra especial relevancia después de que la organización agraria COAG denunciara una caída de los precios en origen y acusara a los grandes operadores del sector de presionar el mercado pese a que la producción prevista para la campaña 2025/26 será inferior a la del año anterior y los costes de producción continúan elevados. Por ende la situación global es que hay menos aceite y aunque es más caro de producir está más barato en origen. COAG sostiene que la producción española de aceite de oliva durante la campaña 2025/26 será entre un 3% y un 6% inferior a la registrada en la campaña anterior. Según los datos oficiales del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), el aforo sitúa la producción en 1.371.938 toneladas frente a las 1.415.800 toneladas de la campaña precedente, la más alta de los últimos años. A nivel internacional, el Consejo Oleícola Internacional estima una producción mundial de 3,44 millones de toneladas, un 4% menos que en la campaña anterior.
Preguntado por esta situación, el secretario general de ASAJA Cuenca, Manuel Torrero, ha señalado a Voces de Cuenca que considera que los movimientos actuales responden principalmente a expectativas de mercado ligadas a la próxima cosecha más que a la realidad productiva del momento. «La provincia de Cuenca siempre viene con un retraso debido a las condiciones meteorológicas, la altitud, lo cual retrasa el periodo de floración y cuajado de fruto de nuestro olivar; lo que pasa que al final, evidentemente, el mercado es el mercado y afecta a todas las producciones», explica Torrero. Aunque tanto la primavera como el inicio de la floración han sido buenos en muchas zonas de España y el cuajado del fruto también ha sido favorable según el dirigente conquense de ASAJA, «cuando existe una previsión de buena cosecha, los operadores tienden a sujetar los mercados porque saben que la siguiente campaña puede venir con más producción», señala.
Así funcionan las «contradicciones» del mercado: los productores no se benefician de las especulaciones de las envasadoras
Esta situación genera incertidumbre entre quienes mantienen existencias almacenadas de aceite y favorece movimientos a la baja en las cotizaciones. «Empieza a haber nerviosismo porque se prevé una campaña siguiente buena y eso produce fluctuaciones de mercado», resume. El responsable provincial de ASAJA asegura que este tipo de situaciones no son exclusivas del aceite de oliva y que también se dan en otros sectores como el vitivinícola. «Cuando se prevé una cosecha buena empiezan las fluctuaciones de mercado a la baja, incumplimientos de contratos o retrasos en retiradas de producto», afirma. A su juicio, detrás de estos movimientos existe un importante componente especulativo de las envasadoras pues «utilizan las previsiones de cosecha para intentar beneficiarse de determinados movimientos de mercado», sostiene.
Por ello, considera que la principal debilidad del sector agrario sigue siendo la falta de transparencia en la formación de precios. «No hay una regulación clara ni transparencia en la construcción de los precios. Al final, quien siempre paga es el sector primario. A la industria agroalimentaria le va muy bien, pero muchas veces a costa de que le vaya mal al agricultor», lamenta. Aunque Torrero evita realizar predicciones concretas sobre la evolución futura de los precios, sí considera que existe una contradicción evidente entre los datos de producción y la situación actual del mercado. «Si disminuye la oferta, el mercado debería reflejarlo en una subida de precios. Es una ley esencial de la economía», explica.
Los agricultores no se beneficiaron de la subida histórica de precios de hace tres años
Sin embargo, asegura que en el sector agrario esa lógica no siempre se cumple ya que «no ocurre con el aceite y tampoco ocurre con otros productos como los cereales», apunta. Sobre la fuerte subida que experimentó el aceite hace aproximadamente tres años, Torrero rechaza que los agricultores fueran los principales beneficiados de aquella situación y sostiene que «la serie histórica de precios percibidos por los agricultores tiene muy pocos dientes de sierra. Lo que ocurrió entonces fue una cuestión muy coyuntural por circunstancias específicas del mercado», afirma. A este ha añadido que entonces «el agricultor no se vio beneficiado de esa subida prolongada de precios, al final el dinero se quedó en el mismo sitio» y que el productor queda completamente al margen de la evolución posterior del mercado una vez entrega la aceituna. «La agricultura ya tiene liquidada la aceituna. A partir de ese momento es ajena al beneficio que pueda obtener el resto de la cadena», sostiene.
Otro de los factores que influyen en la rentabilidad del sector es el incremento de los costes de producción. COAG recordaba que tanto la energía, como los fertilizantes nitrogenados y el gasóleo agrícola han venido acumumlando importantes aumentos desde 2021 y sitúa el umbral de rentabilidad del olivar tradicional por encima de los 4,50 euros por kilogramo de aceite. Torrero coincide en que los costes siguen siendo elevados, aunque considera que el problema es más profundo que las recientes tensiones geopolíticas. «Los fertilizantes subieron hace cuatro años y se han mantenido a ese nivel. Haya más guerra o menos guerra, el problema sigue siendo el mismo», sostiene. Según explica, Europa ha perdido capacidad de producción propia en sectores estratégicos como los fertilizantes y depende cada vez más de las importaciones. «Importamos fertilizantes, energía, semillas, grano, carne y muchos otros insumos. Esa dependencia tiene consecuencias», afirma. Para el dirigente agrario, la solución no pasa únicamente por ayudas coyunturales. «Esto no es una cuestión que pueda resolver únicamente el Ministerio. Es un problema de ámbito europeo», señala.
El olivar conquense, un «complemento» en peligro de extinción
Torrero subraya que la situación del olivar conquense es diferente a la de grandes zonas productoras como Jaén, Córdoba, Toledo o Ciudad Real. Aunque la provincia cuanta con unas condiciones particulares ya señaladas en cuanto a los tiempos de cosecha, que se ven retrasados por las condiciones orográficas y climáticas, las cotizaciones son comunes para todos los productores y por ende «un agricultor de Cuenca va a cobrar prácticamente lo mismo que uno de otras zonas productoras, descontando los costes de transporte», señala. Además, destaca que el olivar tiene un peso económico relativamente limitado dentro de las explotaciones agrarias de la provincia pues «el olivar es fundamentalmente un complemento de renta. No suele ser el elemento principal de ingresos de una explotación», indica.
La mayor parte de la superficie corresponde a olivar tradicional, muy diferente de los modelos intensivos o en seto implantados en otras provincias. Uno de los principales problemas que afronta actualmente el sector en Cuenca es la dificultad para mantener las explotaciones tradicionales ya que «tiene más relevancia por los problemas que genera que por los beneficios que aporta», afirma Torrero. Entre esos problemas cita la escasez de mano de obra, las dificultades meteorológicas durante la recolección y las limitaciones para mecanizar muchas explotaciones. «Cada vez se observan más olivares abandonados», advierte, ya que las pendientes, la orografía y la configuración de numerosas parcelas dificultan la implantación de sistemas mecanizados de recolección.
«La mecanización ha sido clave para reducir costes en cualquier cultivo, pero para mecanizar es necesario adaptar previamente las explotaciones y realizar inversiones importantes», explica. A ello se suma la creciente dificultad para encontrar trabajadores durante la campaña pues añade que «conseguir mano de obra para recoger aceituna es cada vez más complicado». Durante los últimos meses diversas organizaciones agrarias han denunciado la existencia de una posición dominante de los grandes operadores y envasadores en la formación de precios. Sin embargo, Torrero matiza que la realidad de Cuenca es distinta pues «los operadores son pequeños y la producción provincial es poco significativa en el conjunto nacional», señala.
El papel del consumidor: elegir entre el bolsillo o apoyar un producto local «con garantías»
Según explica, la provincia cuenta con un reducido número de operadores y buena parte del aceite producido se destina al consumo interno. No obstante, reconoce que los grandes movimientos del mercado se generan en otras zonas productoras con mucho mayor volumen ya que «los grandes operadores están fundamentalmente en Andalucía, Extremadura y algunas zonas del centro peninsular», indica. Respecto al comportamiento de los consumidores, Torrero considera que el factor determinante continúa siendo el precio, incluso cuando existe una preferencia declarada por los productos nacionales.
«Cuando preguntas a la gente si prefiere un producto español o extranjero, la mayoría responde que español. Pero si el español es más caro, la respuesta cambia», afirma. A su juicio, los consumidores conocen las garantías y controles asociados a la producción nacional, aunque esa valoración suele quedar en segundo plano cuando llega el momento de comprar. «El consumidor sabe que aquí se produce de una manera y que existen unas garantías. Otra cosa es que luego mire el bolsillo», concluye. Mientras el sector sigue pendiente de la evolución de la próxima cosecha, las previsiones de producción, los costes y los movimientos de los operadores seguirán marcando la evolución del precio del mercado con una coyuntura internacional de incertidumbre sobre el estado de la cuestión de los precios del llamado ‘oro líquido’.










