Las luces

Ramón C. Rodríguez

Como no podía ser de otra manera, la Navidad llegó antes de tiempo a la ciudad en penumbra, y como primer indicio de tan esperada noticia, la iluminación dispuesta sobre las cuatro calles de su depauperado corazón comercial no hace honor a la tradicional devoción por la luz de sus gentes, una querencia tan antigua que hasta tenemos dedicado un templo a su advocación mariana, allí donde se cruzan los caminos al abrigo del Cerro de la Majestad.

No se trata de que nuestro alcalde emule el desaforado histrionismo del regidor de Vigo ni se pide una profusión de luminarias que nos iguale a Sisante, pero en fin, ¿era necesario el paupérrimo espectáculo que cada noche se despliega sobre nuestras cabezas? ¿Es compatible la austeridad impuesta por el presupuesto de la cosa con la dignidad lumínica asociada a los fastos del solsticio? ¿Se ha convocado acaso un concurso sobre el tramo más hortera de los que hieren la vista cada noche a lo largo de la ciudad? El premio sería para las luces de Fermín Caballero, cuyo inenarrable feísmo hace recomendable ponerse a salvo circulando por recorridos alternativos para evitar su contemplación.

Tampoco son mancas las que remedan las olas del mar en Hurtado de Mendoza, instaladas sin duda para compensar la supresión del tren convencional que antaño permitía al conquense menos pudiente plantarse en Valencia para disfrutar de la playa sin contaminar demasiado. Cuando el atribulado transeúnte supera la cuesta y se le ocurre desviar la mirada hacia Diego Jiménez, se acuerda inevitablemente de las desvaídas luces que alumbraban los recintos feriales de los años setenta, lo cual es un bonito gesto por parte de su diseñador que así pretende acercarnos al recuerdo de nuestra infancia en estas fechas tan entrañables. El desasosiego que producen obliga al peatón a torcer el cuello hacia la calle Cervantes, en donde le espera la sublimación del laicismo en forma de hirientes líneas que se entrecruzan formando equis extrañas que nos remiten a las múltiples incógnitas que atenazan el futuro de nuestra tierra.

Las emociones fuertes llegan si nos atrevemos a pasear por Carretería. En la Plaza de la Hispanidad, la estrella de guardarropía que han colocado para guiar a los Reyes camino del Nacimiento, parece estar a punto de precipitarse cual rayo exterminador sobre el portal en el que depositábamos los deseos de nuestra niñez, como si el tiempo no se hubiera encargado ya por sí solo de aniquilarlos. Al abeto que uno recuerda decorado con gusto, le han tirado encima las luces que sobraron de la última verbena imitando cuatro cintas de apolillado espumillón y ahora parece el arbolito de saldo de un negocio en liquidación, a tono con los comercios que agonizan en su entorno.

Cuando tras cumplimentar al niño Dios levantamos la mirada y divisamos el horizonte de nuestra calle mayor, uno no sabe si las luces que allí se suceden son las uvas de la suerte de un cotillón patético, las notas musicales de una partitura sin gracia o las lágrimas de todos nosotros por el esplendor perdido de lo que un día fue el lugar de encuentro alegre de la ciudad nueva. El odiador de la Navidad que ha perpetrado el espectáculo no ha tenido piedad de nosotros y en Alonso Chirino se ha permitido evocar al coronavirus que sigue amenazando nuestro futuro, ya sin Casa de Socorro a la que acudir.

Aprovechemos el regreso del sinsentido de la mascarilla en exteriores para subirla un poco más y taparnos también los ojos. Feliz Navidad.